Pegado a ti

No sabría decir cuándo, dónde, cómo, ni en cuántas ocasiones, pero puedo asegurar que la música me ha salvado la vida. Como un faro que ilumina mi camino, señalando aquellas rocas en las que podría encallar, o como un madero al compás de la corriente al que poderme aferrar cuando el naufragio ha sido inevitable, ella siempre ha estado conmigo.

Recuerdo, de niño, poner la radio al acostarme y escuchar Plásticos y decibelios (nunca un programa de radio ha tenido un nombre igual de bueno) en Los 40 Principales, al tiempo que mis primeras musicasetes sonaban incansables en aquel magnetófono que no tardaría en dejar paso a un radiocasete de doble pletina, cambio que fomentó entre los amigos un creciente mercado de ida y vuelta de cintas que quedaba fielmente registrado en aquellas ya lejanas TDK de 90 minutos, proceso en el que se reservaban las cintas de cromo para los mejores álbumes. Era la segunda mitad de los años 80, y en televisión, en lugar de masacrarnos con publicidad, a menudo emitían unos minutos de vídeos musicales entre programa y programa. Eran, asimismo, los años de Tocata y, luego, de Rockopop. El cambio de década trajo consigo un nuevo formato y, de la mano de la flamante minicadena que llegó a mis manos en las navidades de 1990 (sin duda, el mejor regalo que he recibido), el disco de vinilo entró en mi vida. Por aquel entonces aguardaba el catálogo de Discoplay (y sus subsiguientes pedidos) con ansiedad. Poco después el disco compacto comenzó a adueñarse de mis estanterías con la presunción de verse como el formato definitivo, con un tamaño que lo hacía cómodo y manejable y amparado en la insuperable limpieza del sonido digital, aunque no tardarían en aparecer aquellos que añoraban el sonido de la aguja en el surco del vinilo. Y a partir de ahí, el efecto 2000: el mp3 y su inevitable relación amor/odio con el apasionado amante de la música. Todos los discos del mundo se hallaban de pronto al alcance de un click, mientras que todos los discos que a lo largo de tu vida se habían hecho un hueco en tu corazón se veían repentinamente relegados, condenados al ostracismo al encontrarse a la insalvable distancia de dos pasos de la silla del ordenador. Mi denodado fetichismo me mantiene, aún a día de hoy, sujeto al formato físico. Sigo necesitando transformar esa algarabía de ceros y unos en algo concreto, que pueda ver y tocar, que pueda llevar conmigo como un escudo frente a las adversidades, si bien, a pesar de todo, soy consciente de estar enfrascado en una batalla cuya única justificación es el romanticismo.

No toda la música que he escuchado en el pasado me sigue gustando a día de hoy. Cada etapa de mi vida ha tenido sus propios protagonistas, siendo estos en ocasiones antagonistas entre sí, y a los que yo con frecuencia convertía en extrañas parejas de alcoba, aunque esa no sea una cuestión relevante en realidad, sino la constatación de que siempre, en cualquier circunstancia, la música ha estado presente en mi día a día, aunque a veces la relación entre los distintos géneros pudiera resultar difícil de definir.

Son incontables las horas que he dedicado a cambiar impresiones sobre canciones, discos, músicos y géneros, en una continua permuta de información, algunas veces acertada y otras no. Y no me puedo olvidar, de ningún modo, de las amistades surgidas o fortalecidas al amparo de tales conversaciones. Palabras al servicio de una pasión, no siempre expresadas oralmente: las revistas musicales también han jugado un importante papel en esta educación sentimental; desde El Gran Musical hasta la virtual Pitchfork, pasando por Metal Hammer, la efímera Spiral, Factory y, cómo no, la ineludible Rockdelux, entre otras publicaciones y suplementos.

No deja de ser curioso, por cierto, que nunca haya tenido una guitarra, ni ningún otro instrumento, salvo una vieja trompeta de, para mí, incalculable valor, pese a tener rota la vara de acorde y, consecuentemente, no poder emitir ningún sonido. Aunque ese tema no es el que me ocupa en estos momentos.

Ha sido tal mi devoción, que en ocasiones me he planteado si yo tengo una colección de discos, o si, por el contrario, yo soy prisionero de ella. Y todo ello a expensas de que estos últimos años ha operado un cambio profundo, casi diría que de raíz, en el modo en que me aproximo a la música, pasando de hacerlo como un melómano a hacerlo ahora con un afán más propio de un investigador o (salvando las distancias) un antropólogo, aunque la realidad sea que después de tanto tiempo sigo siendo un aprendiz.

Por tanto, si, como parece, la música y yo vamos a pasar juntos el resto de mi vida, he llegado a la conclusión de que lo mejor será que la ame. Que la siga amando.

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