The greatest thing you’ll ever learn

Algunas personas son iconoclastas por naturaleza. Nada les satisface en su orden establecido y necesitan derribar todo aquello a lo que otros se aferran con ilusión, considerando que para ellos no resulta válido ni útil. Creencias, ritos y hábitos que en sus mentes se encuentran estrechamente vinculados a una mediocridad que ellos rechazan para sí, por considerarlas propias del vulgar ciudadano de a pie, tan alejado de sus altos ideales, suelen ser el objetivo de sus dardos. Y da lo mismo que este feroz inconformismo se atenúe casi siempre con el paso del tiempo, o que ese supuesto espíritu crítico acabe resultando finalmente muy previsible, al limitarse por norma general a negar lo comúnmente aceptado por la sociedad, porque no es de esto de lo que pretendía escribir hoy, sino de cómo en algunas ocasiones el resultado de una cierta dejadez puede ser confundido con las ambiciones de una vieja iconoclasia.

Hace apenas un par de días, por si alguien no se ha enterado, se celebró San Valentín, el día de los enamorados, como se le suele llamar. Por mi parte, ni envié flores, ni cené en compañía a la luz de las velas. Es más, creo que ni siquiera un “te quiero” se escapó entre mis labios durante esas veinticuatro horas. Pero bueno, no creo que quien debiera recibir mis obsequios se haya visto sorprendida por mi falta de atención, aunque en eso tal vez esté equivocado. La cuestión es que mi desidia en cuanto a la demostración de mis sentimientos el 14 de febrero no se debe a que desprecie el mercantilismo que tal fecha lleva asociado, por mucho que así sea, sino, simplemente, a que soy un desastre. Podría aferrarme, de forma iconoclasta, a que, como canta Chet Baker en la, para mí, versión definitiva de ese himno al amor llamado “My Funny Valentine”, en su compañía, cada día es San Valentín. Pero diciendo eso no estaría más que cayendo en mi propia trampa, pues si cada día del año es San Valentín, el 14 de febrero también lo es, por lo que mi excusa perdería su validez. Así, llegado a este punto, no me queda más remedio que reconocer mi culpa e intentar desfacer el entuerto que podría haber causado. Por tanto, y ahora me dirijo sólo a ti, mi amada, te pido desde aquí que no cambies nunca y que sigas cuidando de mí.

Porque aunque el cariño que se siente no pueda quedar fielmente registrado en sólo unas cuantas líneas, eso no es disculpa para no decirlo de todos modos, no vaya a ser que un día se cruce en tu camino una persona que haya recorrido el mundo, alguien sabio, aunque algo tímido y de triste mirar, para revelarte, en medio de historias de reyes y de locos, que, en tu vida, lo más importante que aprenderás es a amar y ser amado. Y si por ello hay que celebrar San Valentín, pues habrá que aceptarlo. Porque a veces, en el fondo, no hay mayor iconoclasta que aquel que decide actuar conforme a las reglas establecidas.

There was a boy
A very strange enchanted boy
They say he wandered very far, very far
Over land and sea
A little shy and sad of eye
But very wise was he

And then one day
A magic day he passed my way
And while we spoke of many things
Fools and kings
This he said to me:
“The greatest thing you’ll ever learn
Is just to love and be loved in return”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s