Be thankful for what you got

Hay algo profundamente grosero en el dinero, en los asuntos que tratan sobre él y en el modo en que rige nuestras vidas. A su sombra se ha desarrollado lo peor del ser humano y se ha relativizado el valor de lo realmente imprescindible para la supervivencia, como los alimentos. La avaricia no tenía lugar en aquellos tiempos pasados en los que el trueque era el método comercial por excelencia, pues la acumulación desmesurada de bienes en su mayoría perecederos sería un sinsentido, pero, en cambio, el dinero sí se presta al acopio de reservas mucho mayores de lo que realmente serían necesarias, pues carece de un valor real y su importancia se descubre únicamente en un contexto potencial. Por supuesto, no me limitaré aquí y ahora a cantar las bondades idealizadas de un procedimiento ya obsoleto, pues soy consciente de que el progreso y el desarrollo que hemos alcanzado es fruto también de este sistema comercial basado en el dinero, pero no por ello debemos dejar de denunciar ciertas actitudes que, no nos dejemos engañar, serían perfectamente subsanables. El dinero, actualmente, es una herramienta con la que crear miedo e inseguridad, además de un instrumento para estratificar la sociedad en cientos de categorías, mediante esa bochornosa asimilación de la valía personal y el prestigio social a los bienes materiales. El dinero, más que una posesión, acaba siendo nuestro poseedor, capaz de comprar almas y voluntades. Con él nace ese dicho humillante de que todo tiene un precio, que nos rebaja al nivel de simple mercancía. Que el esfuerzo de una persona pueda ser cuantificado en cifras que apenas le permitan subsistir o que ciertas necesidades se hallen condicionadas a la disponibilidad de recursos monetarios, no hacen más que mostrarnos cuánto de obsceno hay en el reparto de la riqueza y lo indecente que resulta que habiendo recursos materiales para todos y cada uno de nosotros, algunos todavía carezcan de lo imprescindible. Pero no es fácil salirse de esta rueda sin peligro de que todo el carro nos pase por encima, pues formamos parte del engranaje de esta máquina que nos mantiene sometidos, obligados a rendir culto, o más bien vasallaje, a esos dioses paganos hechos de papel o de aleaciones de cobre y zinc. Y es que ya lo decía Barrett Strong en 1959: The best things in life are free (…)But your lovin’ don’t pay my bills.

La sociedad de consumo en la que estamos inmersos nos crea supuestas necesidades que resultarían difíciles de comprender para las personas de una generación anterior a la nuestra. Se nos ha hecho creer que la riqueza es algo a lo que debemos aspirar, como si fuese una virtud en sí misma, cuando no es así. Pero aclaremos, para eliminar posibles suspicacias demagógicas, que tampoco tiene por qué ser algo intrínsecamente corrompido, sino que depende del modo en que se haya reunido y de su empleo y distribución, aunque no se puede negar que alrededor de las fuentes de riqueza suelen surgir multitud de crápulas e interesados que tiñen de desconfianza todas y cada una de sus acciones. No debe de ser fácil, supongo, para alguien acaudalado, distinguir entre las cohortes de aduladores a aquellos que no están interesados más que en su fortuna. Paul McCartney, al frente de The Beatles en “Can’t buy me love”, ofrece a su amada un anillo de diamantes, o cualquier otra cosa que él le pueda conseguir, aunque lo que ansía escuchar de ella es que lo que desea es otro tipo de cosas que el dinero no puede comprar.

Debemos asumir que la mayoría de nosotros no podremos disfrutar de ciertos bienes que únicamente se encuentran al alcance de una minoría, a menudo sin que ese círculo privilegiado le conceda mayor importancia. Y debemos plantearnos si nosotros sí los valoraríamos en caso de poseerlos, o si, por el contrario, buscaríamos nuevos objetivos con los que alimentar nuestra insatisfacción. El dinero, si bien, como dice el tópico, no da la felicidad, sí otorga una parcela de tranquilidad que te permite abstraerte de preocupaciones más mundanas y centrarte, aunque no garantice el éxito en esa empresa, en la consecución de la realización personal. Lo material es atractivo y alimenta nuestras ambiciones, pero no deberíamos convertirlo en reflejo de nuestra dignidad. En 1974, William DeVaughn ya nos revelaba en su canción “Be thankful for what you got” que aunque no podamos conducir un gran Cadillac, o aunque ni siquiera podamos poseer un coche cualquiera, no tenemos por qué sentirnos inferiores, al tiempo que nos insta a ser agradecidos por lo que hemos conseguido. Unas palabras que pueden parecer conformistas, pero que no lo son. Nada puede ser más atrevido, subversivo y satisfactorio que el aprender a ser felices con lo que somos.

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