Spanish bombs

Ronda por mi cabeza desde hace unos meses, bastante reacia a dejarse atrapar, una idea sobre una historia ambientada en tiempos próximos a la Guerra Civil, que tanto podría encajar en sus preliminares, como en el propio momento de la contienda o en la posterior represión ejercida por el bando vencedor. Otra historia sobre la Guerra Civil… qué pesadez… parece que en este país no se pueda echar la vista atrás sin detenerse en nuestro más reciente conflicto armado. Cada año surgen nuevos títulos que utilizan el trasfondo bélico como reclamo para que acudamos a los cines o nos detengamos ante los escaparates de las librerías. Son muchas las razones que se pueden argumentar para justificar tal fijación: se podría decir, en lo que ya parece una frase hecha, que las heridas no han cicatrizado; que quienes gobernaron al margen de la democracia durante casi cuatro décadas no han pedido perdón por sus desmanes (democráticamente hablando, es igual de indigno que el nombre de una calle honre la memoria de un general golpista que la de un terrorista); que la injusticia de haber atentado contra la capacidad del pueblo para elegir a sus representantes no ha sido en España suficientemente estigmatizada (por no decir nada), al contrario de lo que sucede, por ejemplo, en Alemania con respecto al nazismo; el empeño por parte de quienes todavía creen que el Alzamiento no fue un golpe de estado en considerar que pretender desenterrar los cuerpos de los represaliados es una provocación y no un acto de justicia; la resistencia de muchos a creer que el pueblo es lo suficientemente maduro como para saber corregir sus decisiones en las urnas, cuando le parezca que quienes hayan gobernado no han estado a la altura; y que el pueblo es soberano y no necesita que ningún ejército con pretensiones paternalistas acuda a salvarlo en nombre de Dios y de la patria. El golpe militar fue en España casi un anacronismo histórico, pues en la vieja Europa, cuna de la civilización, hacía ya mucho tiempo que las revoluciones, como en Francia o Rusia, eran llevadas a cabo por el pueblo para derrocar a sus gobernantes cuando su despotismo acababa por afectar al sustento de la ciudadanía; pero no aquí, en nuestro país, donde con un comportamiento más propio de democracias jóvenes e inmaduras, como fueron en su día las independizadas colonias de Sudamérica o África, que de una nación en cuyo imperio hubo una época en la que no llegaba a ponerse el sol, se optó por la intimidación a través de las armas para forzar a un gobierno legítimo a renunciar a sus poderes, otorgados por el pueblo, y ante el fracaso en primera instancia de la sublevación, comenzar una guerra contra un enemigo no profesional, compuesto por milicias de distinto signo cuyo único punto de confluencia era la defensa del derecho a decidir. Ni siquiera Hitler, elegido democráticamente, ni Mussolini, que obtuvo el apoyo del parlamento italiano, cometieron tal atrocidad para auparse al poder.

Pero bueno, realmente no era de esto de lo que quería hablar, sino de otro aspecto de la guerra, menos historicista y truculento, innegablemente más romántico y sugerente, como es el mundo de las ideas. ¿Por qué mi historia, si no trata de ningún hecho real, si no depende de un contexto histórico, si no existen en ella personajes inspirados en personas que hayan existido, se instala en esos años determinados? La respuesta no se halla en el añejo resentimiento que en mí pueda existir como simpatizante del bando derrotado, sino en otro aspecto mucho más idealista: no abundan en tiempos recientes los enfrentamientos con una base puramente ideológica. Ni la Segunda Guerra Mundial la tuvo, pues Hitler fue combatido por resultar una amenaza, no por sus convicciones, ni mucho menos por su responsabilidad en el Holocausto. Los intereses económicos, los conflictos étnicos, la soberanía territorial… qué denigrantes excusas para aniquilarnos. Si el devenir de los tiempos llega a involucrarme en una guerra, lo cual espero que no suceda, preferiría ser fusilado en una cuneta, orgulloso de mis ideas, que alzarme victorioso en defensa del poder del capital.

Pero no nos dejemos arrastrar por un entusiasmo caduco y ya sobrepasado, la Guerra Civil española es un icono de la lucha por las libertades y como tal arrastró a su causa a intelectuales y voluntarios de múltiples nacionalidades, pero también un ejemplo de cómo la barbarie acaba por aproximar a los distintos contendientes más allá de sus presupuestos ideológicos: en el campo de batalla todos los bandos cometen crímenes de guerra porque la guerra es un crimen en sí misma y no hay en ella nada positivo, sólo muerte, dolor y desgracia, seguidas de humillación, marginación y exilio.

En la segunda mitad de los años setenta, cuando el punk era todavía algo más que una moda (creo recordar que se atribuye a Malcolm McLaren esa sentencia que dice que “el punk murió la primera vez que alguien puso en su ropa un imperdible sólo por imitación”); cuando Sex Pistols  reclamaban anarquía para el Reino Unido y atacaban a la monarquía desde una embarcación en medio del Támesis; cuando una juventud decepcionada, escéptica y sin expectativas de futuro decidió transgredir las normas y combatir las convenciones tradicionales; en ese momento, los adalides de ese nuevo movimiento necesitaban nuevos iconos paradigmáticos de sus nuevas ideas, porque ya nada de lo viejo resultaba válido. El nunca suficientemente reconocido, pese a ser uno de los guitarristas más sutiles y precisos del mundo (según reconocen sus compañeros de profesión), Viny Reilly, decidió en 1978 nombrar a su banda, rara avis del post punk donde las haya, como The Durutti Column, tras haber visto ese nombre en un cartel que homenajeaba a la figura del anarquismo español Buenaventura Durruti, quien condujo una columna (agrupación de militares y civiles) desde Barcelona a Zaragoza con intención de liberar la ciudad, en manos de los sublevados, para luego dirigirse a Madrid para colaborar en la defensa de la capital, donde fue muerto en extrañas circunstancias. Joe Strummer, por su parte, al frente de The Clash, tal vez la mejor banda surgida en esos años, la más plural y cosmopolita, la de mayor raigambre ideológica, también recordó nuestro conflicto (aunque persista en ella la sombra de una cierta connivencia con el terrorismo etarra) en una pieza de su imprescindible London Calling, “Spanish bombs”, donde no escasean imágenes que ya han pasado a formar parte de nuestra particular memoria histórica, como los fusilamientos en los muros de los cementerios, la turbia presencia de la Guardia Civil, los milicianos muertos en las colinas, los cánticos por la libertad o el infausto recuerdo de la muerte de un Federico García Lorca que, descontextualizando su poema “Vuelta de paseo”, con el que abre Poeta en Nueva York, recuperado luego por el tristemente desaparecido Enrique Morente en Omega, su encuentro con Lagartija Nick, fue “asesinado por el cielo”.

Luchas fratricidas, proclamas incendiarias, ideologías e injusticias, crímenes sin castigo, el bien y el mal, tierra bañada en sangre, lágrimas, amores separados y familias rotas, éxodos, miedo y heroísmo, verdades e interpretaciones, mentiras y propaganda, la vida y la muerte… pura literatura. Mientras nuestra capacidad para emocionarnos no sea inmune a los conflictos del ser humano, la creación artística seguirá inspirándose en lo más traumático de nuestro pasado. Y será algo totalmente lícito. Al fin y al cabo la guerra sólo es el contexto; y en el ámbito de la fabulación lo único importante e imprescindible es que la historia sea buena.

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