The greatest

La fecha de hoy, cuando era pequeño, era para mí una de las más especiales del año. La esperaba como sólo los niños saben esperar. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces y con él mi ilusión se ha ido desvaneciendo sin que con frecuencia yo me haya dado cuenta de que lo hacía. Porque quien ahora está escribiendo, el que medio encogido por un frío que no considera normal a día 1 de mayo permanece ante la pantalla del ordenador vistiendo un chándal mientras espera a que llegue la familia para que pueda dar comienzo el almuerzo, hubo un tiempo en que corría imparable en la carrera de la vida, antes de que ésta comenzara a disponer obstáculos a lo largo de su trayecto. Esas primeras dificultades, que fueron fácilmente sorteadas o superadas, nunca han dejado de aparecer, hasta que un día descubrí que no era necesario evitarlas todas para seguir avanzando. Regocijado, decidí no apartarme de mi camino y comencé a llevarme las vallas por delante, a empujarlas en lugar de saltarlas o rodearlas. Entonces supongo que pensaba que mi actitud era valiente y desafiante. Años después, cuando las vallas acumuladas ante mí ya eran tantas que mis fuerzas no eran suficientes para desplazar tanto peso, me di cuenta de la estupidez que había cometido. Y aunque en alguna ocasión haya intentado remontar la cumbre en la que se han convertido todas mis colinas, sé que ya nunca podré recuperar mi posición de privilegio, aquélla desde la que acometer el asalto a mis sueños infantiles. Sé que ya nunca podré ser el más grande. Como en esos tres minutos y medio para la eternidad de la canción de Cat Power, también para mí las estrellas de la noche se han convertido en polvo.

¿Pero qué se esconde tras la idea del éxito? La cuestión resulta más compleja de lo que a primera vista pudiera parecer. ¿El ego nace del triunfo o se alimenta de él? Es posible que la posesión de un alto concepto de la propia persona active un inconformismo que lleve a su poseedor a la lucha por lograr siempre lo máximo y que la consecución de ese mismo objetivo funcione igualmente como estímulo para abordar nuevos retos. Es decir, un círculo de ego y éxito impulsado por la ambición, en el cual el fin y el medio no dejan de intercambiar sus papeles. Aunque también existe un tipo de persona que mediante la asimilación del éxito particular a la notoriedad pública anhela el triunfo como justificación de la propia valía. La idea del éxito es extremadamente atractiva para las personas inseguras, que siempre parecen estar pendientes del reconocimiento de sus méritos por parte de los demás. Individuos que para poder sentirse totalmente realizados necesitan ser un indiscutido centro de atención y percibir la admiración de la multitud hacia su ser. Es éste un caso realmente miserable, el de quien reluce de cara al exterior pero que se descubre ante el espejo como un Dorian Gray corrupto y envejecido. Existe además otra motivación, mucho más mundana y superficial, que tanto puede actuar como principio en sí misma o como subsidiaria de cualquiera de las dos anteriores, y no es otra que la de aquel que persigue el éxito como un medio de vida, pensando en los lujos y beneficios que comúnmente se asocian a ese concepto de celebridad que identificamos como fama. Pero ninguna de estas vías es sencilla. Hal David pregunta sobre una partitura de Burt Bacharach cuál es el camino de vuelta a San Jose, y Dionne Warwick lo ha cantado como nadie. Tras descubrir que Hollywood no es la tierra prometida y que las dos semanas que se tardaría en convertirse en una estrella se transforman en años y que todos aquellos que no lo han logrado se ganan el pan aparcando coches o repartiendo gas, San Jose se presenta como el lugar adecuado para llevar una vida tranquila, en compañía de los viejos amigos.

Porque, realmente, ¿qué es el éxito? ¿En qué se basa? ¿En la felicidad? ¿En la paz, calma y sosiego? ¿En la riqueza? ¿En despertar admiración? ¿En ser envidiado? No hallo para esta cuestión ninguna respuesta convincente, a pesar incluso de haber expresado ya que también yo en el pasado soñaba con ser el más grande, el mejor… aun sin tener claro en qué. El fracaso, sin embargo, resulta mucho más reconocible. La falta de ilusiones, la inactividad, el hastío, la rutina, la soledad, el insomnio, el desperdicio del tiempo, todo ello es indicativo del fracaso. ¿Qué le queda, pues, a quien se ve anclado en este bucle de tiempo muerto? El remordimiento, el recuerdo de la primera valla que se decidió no saltar. Y la imaginación, la hermana pobre de la ilusión, ésa en la que se sueña sin dejar de ser consciente de que lo soñado nunca será realidad. Y poco más. Ese chico que no deja de equivocarse que Belle And Sebastian nos dio a conocer en 1996 también se pregunta qué podría hacer para corregir todos sus errores, al tiempo que de forma conmovedora asegura que él sólo quería cantar la más triste de las canciones y que si tú la cantases con él se sentiría algo más feliz.

No es fácil dar con la actitud adecuada para plantarse ante los obstáculos acumulados durante tanto tiempo y sería toda una proeza llevar a buen término ese enfrentamiento, por lo que, aunque resulte duro decirlo, es probable que lo más acertado sea intentar encontrar refugio en algún punto a medio camino entre la resignación y el conformismo, donde la humildad no se sienta humillada por los sueños desvanecidos. Alejarse de los focos para establecerse en un lugar en el que no falten las velas. Distanciarse de la gran victoria final y gozar de los minúsculos triunfos cotidianos, como el ver amanecer. Olvidarse del oro y centrarse en la carne. Y si a pesar de todo en algún momento la existencia se pone muy cuesta arriba, siempre se podrá actuar conforme a las enseñanzas del irrepetible Sergio Algora al frente de El niño gusano, quien poseía la clave para recuperar el sueño y dejar, de una vez para siempre, de comer en el plato del perro: “Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero”.

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