Unhappy birthday

El mundo de los mayores es feo, y no admito discusión al respecto. Tom Waits lo deja más que claro en la lúcida “I don’t wanna grow up”, que supone una magnífica oda a la infancia puesta en voz de alguien que finalmente parece rememorarla como un paraíso perdido. Entre las numerosas razones que esgrime para recelar del modus vivendi de los adultos se encuentran, por ejemplo, desde las más sencillas no querer perder el cabello ni pelearse como se pelean sus padres, hasta otras más elaboradas como sus observaciones en cuanto a las dificultades que debe entrañar vivir en un mundo de niebla siempre cambiante en el que las personas parecen acabar convertidas en algo que nunca quisieron ser, además de apuntar también hacia aspectos más pragmáticos, como su negativa a habitar en una tumba-apartamento de una gran ciudad, a solicitar un préstamo y aprender contabilidad o a tener que trabajar hasta que asomen los huesos de sus dedos. Pero bueno, quienes hemos sido arrojados a esta existencia sin haber dado nuestro consentimiento para ello sabemos que a pesar de que resulte triste dejar de ser un niño resulta inútil lamentarlo, puesto que nada alterará el lógico transcurso de las cosas, así que, cambiando el objetivo de mis tribulaciones, diré que igualmente triste resulta crecer sin obtener el reverso de la moneda de las situaciones descritas por Tom Waits, porque algo positivo debe haber en la vida adulta, aunque yo todavía no lo haya descubierto. Y con respecto a eso he de decir que tal vez peque de impaciente, pero nuestro planeta no deja de efectuar su doble giro, sobre sí mismo y alrededor del sol, y llegado a este punto de la película creo que tanta vuelta empieza a marearme. Tengo la impresión de que comienza a pasárseme el arroz, social y biológicamente hablando, y el recuerdo de las oportunidades perdidas me oprime el corazón, aunque lo peor de todo es que el déficit de alegrías y sonrisas que acumulo a estas alturas me pone más difícil el alejarme de tan funestas sensaciones.

De todos modos, aunque mi carácter me empuje siempre hacia el borde del precipicio, esa mínima parcela de cordura que resiste atrincherada en mi entendimiento me impide perder del todo la perspectiva de la realidad: resulta bastante ridículo quejarse tan agriamente del paso del tiempo cuando todavía está uno prácticamente adentrándose en la mediana edad. Esta actitud mía, por poner un ejemplo, podría decirse que recuerda a un niño que recién iniciado un desplazamiento en automóvil comienza a preguntar si falta mucho para llegar. Y es que la vida pasa rápido y no es necesario ir con prisas, aunque a veces se me olvide.

El gran problema es que la juventud es extremadamente soberbia y egoísta, y no ve (ni quiere ver) más allá de sí misma. Castelao comenzaba una de sus Cousas diciendo “dous vellos que tamén tiveron mocidade”, como para hacernos conscientes a todos quienes no hemos alcanzado las postrimerías de la vida de algo tan evidente y con frecuencia tan olvidado como que todo anciano ha poseído en el pasado el vigor que ahora atesoran nuestros músculos. Pulp, en un inigualable alarde de ironía de Jarvis Cocker, reflejan en “Help the aged” ese primer paso fuera de lo que se podría denominar como estricta juventud, cuando una horda de nuevos individuos comienza a apoderarse de tus lugares de reunión y a comportarse, con ligeros matices, como tú te comportabas antes, y poco a poco te desplazan, arrogantes e insolentes, preguntándote con la mirada qué estás haciendo tú allí. Hasta que llega ese momento uno ve la vida mirando siempre al frente, a partir de él el juego se complica y se impone la necesidad de también echar la vista atrás.

La vida es una carrera extraña, porque no sólo deseas que tu meta se halle lo más lejana posible, sino que además resulta preferible llegar a ella en último lugar, lo cual requiere de un considerable esfuerzo si nos atenemos a esa norma que imposibilita detenerse en todo el trayecto, ya que en cuanto lo haces quedas descalificado. Es una prueba que parece tener su victoria en el simple hecho de disputarla y recoger en cada tramo lo que se supone que te dará bríos para poder continuar. En ese aspecto, cada cambio de año, tanto astronómico como personal, parece un momento apropiado para hacer balance de logros, daños y objetivos, por lo que siempre es una puerta abierta a la decepción. Quizá por eso, como un modo de solidaridad que contrarreste la melancolía de iniciar una nueva etapa de esa carrera, las personas nos deseamos un feliz año o un feliz aniversario. El siempre mordaz Morrissey, sin embargo, rompió con The Smiths esa norma de buenos modales y quizá con la intención de que la mayor sensibilidad del momento propiciase un incremento en el potencial daño de su ataque, deseó a alguien que le había dejado tirado un infeliz cumpleaños, argumentando para ello que la persona en cuestión es malvada y mentirosa y que no se merece ser feliz, llegando a afirmar que si supiese que la susodicha fuera a morir quizá se sentiría ligeramente triste, pero que no lloraría.

Pero bueno, más allá de provocaciones, razones para estar triste en el día de tu cumpleaños hay muchas (y, realmente, cualquier otro día). Yo, por ejemplo, si hoy fuese mi aniversario, que podría serlo, tendría un montón de cosas que lamentar sobre mi vida y nadie debería sentirse ofendido si me paso el día cabizbajo y desanimado. Cada uno sabe sus circunstancias, y éstas no sólo no respetan las onomásticas, sino que se suelen aprovechar de ellas. Así que si hoy fuese ese día que puede que sea y yo no quisiese estar contento, exigiría, aunque mis motivos fuesen muy diferentes a los de ella, como Lesley Gore, mi derecho a llorar si quiero, que para eso es mi fiesta.

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