Click, click, click, click

“Si no hay carrete, no hay recuerdos”, cantaba Aroah, nombre artístico de la granadina Irene Rodríguez Tremblay, en su lejano EP de debut, hace ya 12 años. Mucho han cambiado las cosas desde entonces. Las fotografías, en la era analógica, eran algo especial, un recurso limitado que era necesario saber administrar para no dejar de retratar alguna ocasión merecedora de ser recordada. Carretes de 24 ó 36 fotos, generalmente, que estaban presentes en todos los cumpleaños, fiestas, excursiones y fechas señaladas, pero que no solían acompañarnos en el día a día. Las escenas se escogían y se organizaban de un modo particular, con plena conciencia de que el momento que recogerían formaría parte desde entonces de la biografía de quienes en ella apareciesen, quedando como un ancla sujeta a un recuerdo. La revolución digital, pese a ser un enorme avance tecnológico, ha acabado con parte de ese encanto. La fotografía se ha banalizado y su valor como indicadora de un gran momento ha sido enormemente relativizado. Las cámaras digitales compactas y, sobre todo, los teléfonos móviles de última generación, otorgan la posibilidad de recoger casi cada instante de nuestra vida diaria con una capacidad de almacenamiento prácticamente ilimitada, y esa libertad para fotografiarlo todo de forma indiscriminada ha acarreado algunos efectos negativos.

“Lo que no se apunta se olvida”, se escucha en otra parte de “Recuerdos”, y probablemente sea cierto, aunque no lo es menos afirmar que la capacidad discriminatoria de la memoria es necesaria para distinguir entre las innumerables sensaciones que recibimos las que merecen ser almacenadas en forma de recuerdos. El feísmo y la trivialidad se han hecho un hueco en un terreno en el que antes no eran bien recibidos y los grandes momentos se diluyen entre la insustancialidad de la mayoría de las tomas. Como en casi todo, el abuso produce una disminución de la media de calidad, aunque es probable que el número de obras válidas también haya aumentado considerablemente al margen de lo prescindible. Pero no sólo ha cambiado el modo de realizar fotografías, sino que quizá lo más sorprendente del aspecto sociológico de la era digital sea el uso que hacemos de ellas. Hasta no hace demasiado tiempo las imágenes de nuestra vida pertenecían al ámbito privado y no solían estar al alcance más que de un reducido número de personas, las cuales integraban lo que se podría considerar nuestro círculo íntimo. Las capturas digitales, con la nada inocente complicidad de las redes sociales, han consolidado una creciente tendencia al exhibicionismo, sea éste narcisista, sentimental o simplemente excesivo o inadecuado, que fácilmente puede producir pudor entre quienes asisten a ello exentos de cualquier vinculación emocional con lo compartido.

En el extremo opuesto a la actual incontinencia fotográfica, temporal y culturalmente hablando, se encuentran las fotos antiguas. Personalmente, adoro esas pequeñas imágenes en sepia o blanco y negro, a menudo con los bordes troquelados, realizadas con sumo cuidado, perfectamente encuadradas, entre las que abundan jóvenes que visten uniformes militares, parejas el día de su boda, retratos de familia, bandas de música, escenas colectivas, días de fiesta… antepasados, en muchos casos, a los que mi generación no ha llegado a conocer y que disparan la imaginación de quienes a partir de esos testimonios gráficos pretenden desentrañar las vicisitudes de sus vidas. Natalie Merchant acompañó con su voz a Michael Stipe en una canción de R.E.M. titulada “Photograph”, en la que a partir del hallazgo casual de una vieja fotografía de una mujer, a la cual sitúan en el periodo de entre guerras basándose en sus ropas y su peinado, ambos se preguntan por las circunstancias de su existencia: “Was her childhood filled with rhymes, / Stolen hooks, impassioned crimes? / Was she innocent or blind / To the cruelty of her time? / Was she fearful in her day, / Was she hopeful, did she pray? / Were there skeletons inside, / Family secrets, sworn to hide? / Did she feel the beat that stirs, / The fall from grace of wayward girls? / Was she tempted to pretend, / The love and laughter, ‘til the end?

El paso del tiempo transforma el rol desempeñado por las fotografías que vamos acumulando. Cuando una persona deja de estar en nuestra vida, sea porque hemos tomado en ella diferentes caminos, sea porque sus días han llegado a su fin, sus retratos parecen convertirse automáticamente en una extensión de su ser. Los instantes capturados por la cámara parecen detenerse en el tiempo y su contemplación posee la capacidad de emocionarnos mediante la revitalización de los sentimientos que un día tuvimos. Este poder evocador Robert Smith lo reflejó en un corte de Disintegration, el disco más inspirado de The Cure, donde canta al inicio de “Pictures of you”: “I’ve been looking so long at these pictures of you / That I almost believe that they’re real / I’ve been living so long with my pictures of you / That I almost believe that the pictures are / All I can feel”. Con respecto a esto, yo únicamente puedo reconocer, no sin pena ni remordimientos, que hay fotos que han recibido más besos míos que las personas que en ellas aparecen retratadas, perpetuadas en un único gesto, en una única mirada, que para nosotros ya nunca podrá pertenecer a nadie más. Imágenes que adquieren un valor icónico, como estampas de una religión, a las que uno acude a confesarse o a suplicar una ayuda extraterrena, a las que nos dirigimos con la honestidad que nos hubiera gustado haber empleado en los tiempos en los que la escena fue para siempre atrapada en un rollo de película o una tarjeta de memoria, pero que sólo ahora somos capaces de mostrar, sabedores, en el fondo, de que una fotografía jamás nos censurará.

En otro orden de cosas, quisiera saber también cuántas fotos en las que aparezco existen sin que yo sepa de ellas. Y dónde se encuentran. Me refiero a esos instantes en los que la casualidad ha querido que se accionase el disparador en el preciso momento en el que yo me encontraba al lado, detrás o simplemente no lo suficientemente alejado del objeto de la fotografía como para no salir retratado. Solo en Japón, por ejemplo, creo que debe haber imágenes mías como para llenar un álbum. Aunque por supuesto que, aunque ésa no sea mi habitual forma de proceder, también hay quienes disfrutan, con mayor o menor gracia, colándose a propósito en las fotos de los demás. Bishop Allen publicaron en 2007 una divertidísima canción en la que su protagonista nos cuenta cómo refugiándose de la lluvia acabó entre los invitados de una boda, posando incluso en medio de los familiares y se imaginaba unos  años más tarde en los retratos enmarcados de unas personas que ni siquiera sabrían quién era él. Esto último viene a demostrar, en conclusión, que aunque las fotografías supongan un gran apoyo para los recuerdos, tampoco podemos confiar en ellas al cien por cien. Sin ir más lejos, y en esto probablemente la mayoría estemos de acuerdo, todos nosotros hemos sido, somos y seremos mucho más guapos de lo que ninguna cámara podrá registrar jamás. Y por eso no hay foto que nos haga justicia.

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