Working class hero

“Now, what I want is, Facts. Teach these boys and girls nothing but Facts. Facts alone are wanted in life. Plant nothing else, and root out everything else. You can only form the minds of reasoning animals upon Facts: nothing else will ever be of any service to them. This is the principle on which I bring up my own children, and this is the principle on which I bring up these children. Stick to Facts, sir!” Tiempos duros, difíciles. Charles Dickens reclama concreción en el primer párrafo de Hard times: Hechos y no sólo palabras. Es fácil decirlo. Los Hechos precisan acción y la acción requiere esfuerzo, sacrificio. La acción es casi una ofensa a nuestra esperanza de una vida tranquila, en la que además ya nos sobran preocupaciones como para emplearnos en la promoción de los Hechos. Teresa Iturrioz, transmutada en Zerbina en la canción de Le Mans del mismo título, se retrata a sí misma como un ser que no sabe qué pensar cuando otros opinan y que compra un periódico una vez al mes para ver la cartelera. “Todos saben lo que anda mal, yo no”, asegura, al tiempo que no duda en afirmar que le da igual. “Sólo sé si algo me sienta mal o bien”. Esta carencia de espíritu crítico y alejamiento de la realidad actual no resulta, en el fondo, tan caricaturesca como podría parecer, sino que refleja la posición de un muy considerable porcentaje de la población, el cual no se inmuta ante ninguno de los escándalos de gestión que están aflorando, ni reacciona contra los recortes que desde el poder se están imponiendo a las libertades y los servicios sociales, que acarrearán un gran deterioro en la calidad de vida, sobre todo, de los más desfavorecidos. Y cualquiera de nosotros puede llegar a forma parte de ese colectivo.

Las enormes posibilidades comunicativas de que disponemos en el presente distorsionan nuestra idea de lo que supone participar de forma activa en una corriente de protesta. Publicar en las redes sociales enlaces de prensa, insultar en foros escudados en un supuesto anonimato, proclamar eslóganes, incitar a la insumisión, promover concentraciones vía twitter, en fin, prender la mecha de la rebelión desde el sofá, no deja de ser, como poco, algo bastante pueril y, pese a la ingente masa humana a la que da acceso, más inofensivo de lo que creemos. Y más inofensivo, probablemente, de lo que el poder ha querido que creamos. Sí, el poder. Aquello que nos hace libres también le sirve a ese poder sin rostro reconocido para tenernos bajo control. Que no nos quepa duda de que alguien, en algún lugar, conoce todos nuestros movimientos por la red: lo que publicamos, lo que visitamos, las canciones y películas que descargamos, lo que compramos o el tipo de pornografía que más nos excita. Internet y la televisión son herramientas fabulosas, pero su uso dista mucho de ser el más adecuado. El televisor es el aparato que más ha transformado los hábitos del ser humano en el último siglo promoviendo una lamentable homogenización cultural, menospreciándose su inmenso potencial educativo al ser empleado como un mero pasatiempo. El mayor problema de internet, por su parte, es el mal uso generalizado, lastrado por la frivolidad imperante, que hacemos de la red. Pero bueno, no es mi intención hablar aquí como un moralista. Yo mismo me confieso culpable de todos y cada uno de los delitos que he denunciado. Lo que realmente quiero decir es que en los tiempos que corren el entretenimiento parece haberse convertido en nuestra primera necesidad. Y ésa sí es una buena noticia para quienes detentan el poder.

Los hombres y mujeres de hoy carecemos de ídolos, de héroes de la lucha social, de personas reales, vivas, a las que tomar como ejemplo. Algunos lo han intentado, pero no se lo han permitido. Julian Assange sacó a la luz una parte infinitesimal de la basura que los órganos del poder esconden bajo las alfombras y no han tardado en mostrárnoslo como un ególatra depravado y un violador. Y puede que lo sea, pero la cuestión no se centra en su presunta inocencia o culpabilidad, sino en el hecho de que de un modo u otro estaba claro que irían a por él escudándose en cualquier subterfugio. El juez Baltasar Garzón cometió el error de desenterrar no esqueletos de represaliados de la Guerra Civil, sino fantasmas de un régimen fascista al que todavía hoy le sobran acólitos entre la clase política española. Airear las confabulaciones de ciertos vampiros pertenecientes o vinculados al poder político para desangrar las arcas públicas acabó por costarle una inhabilitación para ejercer que si bien puede poseer una discutible base legal, se halla claramente en las antípodas de la justicia. La sombra de Vladimir Putin cubre de tinieblas las tumbas de Anna Politkóvskaya y de Aleksandr Litvinenko, quienes osaron advertir al mundo sobre lo que sucedía en Chechenia y sobre los métodos de la dictadura encubierta del mandatario ruso. Más recientemente, el mayordomo del Papa Benedicto XVI, Paolo Gabriele, fue acusado de traición por sacar a la luz unos comprometedores documentos privados que revelaban asuntos oscuros del Vaticano, lo que ha hecho correr más ríos de tinta que las propias corruptelas desveladas, cuya gravedad apenas ha tenido repercusión. Asimismo, el expresidente del Banco Vaticano, Ettore Gotti Tedeschi, ha asegurado haber temido por su vida al descubrir los entresijos de la financiación de la clase eclesiástica. Todos ellos han pagado el atrevimiento de desafiar al poder, unos con su vida, otros con su honor, siendo crucificados, con o sin razón, entre ladrones en el Gólgota de la opinión pública. Aunque lo peor es que su legado no ha calado en una población que nunca se ha sentido parte de sus cruzadas, que no se ha identificado con ellas. Las altas esferas no copan las conversaciones de un pueblo llano alejado de ideales al que nada preocupa más que lo relacionado con su sustento y su calidad de vida. Nuestros héroes, de surgir, tendrán que hacerlo desde nuestras filas y compartir nuestras mismas inquietudes y objetivos. John Lennon escribió en 1970 una fabulosa canción en la que denunciaba las estrategias del poder para anular al individuo, minando su autoestima desde la infancia y manteniéndole sujeto a un orden basado en el miedo, al tiempo que nos animaba a seguirle en su lucha obrera.

Así pues, quizá hoy, en plena era de la información, las soluciones pasen por regresar a la base, a las calles, al sibilino contacto personal, para obtener algún resultado real. Los cambios tendrán que nacer y crecer en la clandestinidad, alejados de la publicidad, o serán abortados al instante. Tom Joad, icónico personaje de esa obra maestra que es The grapes of wrath, nos muestra el espíritu de un auténtico héroe de la clase trabajadora, luchador contra el abuso, el sometimiento y, sobre todo, la resignación. Woody Guthrie, bardo de los desamparados y azote de los opresores, okie como la familia Joad, cantó a esa figura en una pieza que, si no se ha leído el libro y no se cierra a la posibilidad de hacerlo en el futuro, no se debe traducir, porque su letra no es más que una síntesis de la trama. Asimismo, casi sesenta años después de la publicación de la novela, Bruce Springsteen, digno heredero del compromiso con los más necesitados de los antiguos cantautores, también persiguió ese espíritu heroico, humano y solidario en su extraordinaria “The ghost of Tom Joad” de 1995, partiendo para ello de las estremecedoras palabras que John Steinbeck puso en boca de su personaje, acentuando el idealismo de su mensaje: “Mom, wherever there’s a cop beatin’ a guy / Wherever a hungry newborn baby cries / Where there’s a fight against the blood and hatred in the air / Look for me Mom I’ll be there / Wherever there’s somebody fightin’ for a place to stand / Or decent job or a helpin’ hand / Wherever somebody’s strugglin’ to be free / Look in their eyes Mom you’ll see me”.

De todos modos, de poco puede servir el idealismo si luego se carece de la determinación suficiente para luchar. Jimmy Cliff en 1972 ejemplificó mejor que nadie el ánimo y el arrojo con el que cada uno de nosotros tendría que exigir lo que le corresponde en la fabulosa, a la par que desafiante, “The harder they come”, donde asegura preferir ser un hombre libre en su tumba a vivir como un esclavo o una marioneta, advirtiendo a los opresores de que con cuanta más fuerza combatan, con más fuerza caerán. Los pueblos, históricamente, se han mostrado unidos para combatir al agresor extranjero, pero mucho más tolerantes cuando el abuso se realiza dentro de sus propias fronteras, donde las distintas tendencias y simpatías políticas que dividen a sus habitantes lastran la consecución de los objetivos y el sueño de la justicia. Por esa razón opino que las sociedades actuales, enfrascadas en debates partidistas basados únicamente en el fomento del descrédito del adversario, no parecen estar capacitadas para promover las acciones que desembocarían en esos Hechos que Dickens reclama para sostener sobre ellos el aprendizaje de las próximas generaciones. Yo mismo me presento como ejemplo de esa indolente inoperancia: mi mayor preocupación durante este mes de junio no es otra que no perderme ni un solo partido de la Eurocopa. Así de subversivo soy.

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