Reach out (I’ll be there)

Pocas ocasiones, quizá ninguna, se muestran tan reveladoras de las limitaciones de nuestros recursos como aquéllas en las que nos toca enfrentarnos a lo único que en magnitud puede compararse al dolor propio: el sufrimiento de alguien a quien amamos. En presencia de ciertas penas nuestros argumentos son incapaces de disimular su inutilidad, dejando al descubierto, por tanto, nuestra indefensión. Inermes, no nos queda otra salida que escudarnos en palabras que ya han sido repetidas infinitas veces, sin que ello haya probado que realmente sirvan de algo. Palabras. Sólo palabras. Las mismas que empleamos cada día, gastadas ya de tanto uso. Algunos momentos deberían poseer un lenguaje único y exclusivo, libre de términos que pudieran formar parte de cualquier otra combinación. Algo que advierta a su destinatario de que lo que en ese instante se le está comunicando trasciende lo cotidiano. Algún detalle, en fin, que diferencie lo que nosotros en un momento dado de especial consideración pretendemos transmitir de lo que cualquier otra persona, cuyos afectos disten mucho de los nuestros, podría decir. Las tristezas excepcionales merecerían también consuelos excepcionales. Pero no, sólo las palabras se ofrecen como bálsamo, independientemente de la situación. Incluso cuando el daño es irreparable. Incluso cuando ambicionamos que esos “te quiero”, “lo siento” y “yo estoy contigo” que ya antes habíamos pronunciado mil veces, quizá demasiado a la ligera, y de ahí la merma de su especial importancia, se revelen de pronto en su total y absoluta significación.

2012-12-20 Reach out I'll be there

De todos modos, no puede obviarse el hecho de que la efectividad de las palabras como cura para el dolor es más bien relativa, pues no dejan de ser, a lo sumo, más que simple aire exhalado o trazos de tinta en los que tratamos de contener la realidad, pero cuando esa realidad se presenta ante nosotros en la forma de un vacío indescriptible, entonces no hay palabras que valgan y sólo el tiempo podrá, tal vez, no reparar un daño para el que ya no hay vuelta atrás, pero sí acostumbrarnos a su presencia y reconciliarnos con su recuerdo. Todos nos hemos encontrado, y nos podemos volver a encontrar en cualquier momento, en  semejante situación, porque hay penas de las que sería inútil pretender huir, pues, y lo paradójico es que, en el fondo, quizá sea ésa la única justicia universal, a todos nos alcanzan. Michael Stipe lo tenía claro cuando escribió para el que a la postre habría de ser el mejor disco de R.E.M. la letra de la excelsa “Everybody hurts”. Todo el mundo sufre y todo el mundo llora alguna vez. E incluso aunque todo vaya mal y creas haber tenido suficiente de esta vida, debes aguantar, buscar consuelo en quienes te rodean y no dejarte ir. “You are not alone”.

Quizá, después de todo, las palabras no estén tan mal. Quizá dependa del modo en que se digan y de que luego nuestros actos no las desmientan. Quizá los mensajes más diáfanos y con menor carga de ambigüedad, los más sencillos, sean definitivamente los más válidos y acertados. Porque si nuestra intención es decir a alguien que cuando se sienta triste y necesite de nosotros no tiene más que llamarnos e iremos corriendo a llamar a su puerta y demostrarle que no somos como esas personas frías capaces de abandonar a quien precise de nuestro cariño, lo más apropiado es que recurramos exactamente a esas palabras. Así lo entendió Carole King en 1971 cuando la tierna “You’ve got a friend” fue publicada, y más de cuarenta años después su mensaje permanece inalterable.

Unos años antes del éxito de Carole King, en 1966 exactamente, el excelente trío de compositores del imprescindible sello Motown, Holland-Dozier-Holland, escribió otra maravillosa canción que Four Tops, en su primera y original versión, convertirían en uno de los mejores singles de su década: la apasionada “Reach out (I’ll be there)”. Si yo hoy tuviese que decir a alguna persona que estaré ahí para ella, para ayudarla a combatir el miedo, para que recupere la ilusión, para que no se sienta sola, para apuntalar las grietas del pasado, para hacer de su mundo un lugar algo más cálido, recurriría a esta canción, aunque en el fondo no sean más que unas cuantas palabras y que ni siquiera haya sido yo quien las ha escrito. Cuando algo es perfecto, no hay por qué tocarlo. Porque sólo son palabras, pero… ¡qué palabras! “I’ll be there”.

Now if you feel that you can’t go on (can’t go on)
Because all of your hope is gone (all your hope is gone)
And your life is filled with much confusion (much confusion)
Until happiness is just an illusion (happiness is just an illusion)
And your world around is crumbling down, darlin’

(Reach out) Come on girl reach on out for me
(Reach out) Reach out for me
Hah, I’ll be there with a love that will shelter you
I’ll be there with a love that will see you through

When you feel lost and about to give up (to give up)
‘Cause your best just ain’t good enough (just ain’t good enough)
And your feel the world has grown cold (has grown cold)
And your drifting out all on your own (drifting out on your own)
And you need a hand to hold, darlin’

(Reach out) Come on girl, reach out for me
(Reach out) Reach out for me
Hah, I’ll be there to love and comfort you
And I’ll be there to cherish and care for you

(I’ll be there to always see you through)
(I’ll be there to love and comfort you)

I can tell the way you hang your head (hang your head)
You’re not in love now, now you’re afraid (you’re afraid)
And through your tears you look around (look around)
But there’s no peace of mind to be found (no peace of mind to be found)
I know what your thinking
You’re a loner, no love of your own, but darling

(Reach out) Come on girl reach out for me
Reach out, just look over your shoulder
I’ll be there to give you all the love you need
And I’ll be there you can always depend on me
I’ll be there

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Summertime blues

Hay una época de la vida durante la cual las horas pasan tan despacio que en sus jornadas incluso cabe lugar para el aburrimiento. Tardes ociosas, semanas interminables, meses de estival hibernación, veranos que, una vez han quedado atrás, nos revelan cuánto hemos crecido y madurado durante su transcurso. Esta visión temporal a largo plazo generalmente se encuentra en nuestra infancia o primera juventud, cuando la perspectiva nos muestra que nuestro tren apenas ha comenzado a recorrer la sinuosa vía de la existencia. Pero el tiempo, en su absoluta relatividad, valga la paradoja, y en su total carencia de una señalización adaptada a nuestra cronología biológica que nos pudiera indicar el preciso instante en el que los cambios que operan en nosotros llegan a su completa realización y que, por tanto, dan inicio con ello a una nueva etapa en la que el juego se desarrolla acorde a un reglamento diferente y en el que se espera por nuestra parte que respondamos de distinta forma de la que acostumbrábamos a hacer, mientras entre suspiros y bostezos analizamos aburridos el reflejo de nuestra imagen en la ventanilla del vagón, progresa con fingida parsimonia hasta que finalmente nos revela, como un desapasionado revisor, que hemos pasado de largo la parada que supuestamente era nuestro destino. El fenómeno no es tan extraño como usual. Cuando un tren abandona una estación avanza dificultosamente y su ritmo igualmente se ralentiza a la hora de afrontar un repecho o una falsa llanura en la que el horizonte se encuentra al final de una casi imperceptible pendiente, pero, del mismo modo, en cuanto las máquinas alcanzan su máxima potencia y la inclinación del terreno favorece la aceleración, los paisajes cambian entonces de forma vertiginosa en una inagotable sucesión ajena con frecuencia a la percepción de los pasajeros, presa todavía del cadencioso vaivén del inicio de la marcha. Las horas muertas, el aburrimiento de antaño, se transforma repentinamente en tiempo desperdiciado cuando el inflexible presente exige de forma inesperada que sean saldadas las deudas contraídas, y en ese contexto el arrepentimiento toma posiciones. El jarro de agua fría de la revelación ha despejado la vieja somnolencia, convertida ahora en una vigilia constante e involuntaria. Casi la mitad de mi vida se ha desvanecido ya sin que apenas haya comenzado a vivir. Uno de los versos más lúcidos escritos por Jim Morrison, incluido en “The Wasp (Texas Radio and the Big Beat)”, de L.A. Woman, y en “Stoned immaculate”, del póstumo An american prayer, abordaba, en absoluta coherencia con su particular modus vivendi, esta cuestión del aprovechamiento del tiempo. “No eternal reward will forgive us now for wasting the dawn”. El mantra perfecto para intentar conciliar el sueño cada noche. O para impedirlo.

Pero no nos regodeemos en las lamentaciones. El único modo de poder ver el rostro de las dificultades que van por delante de nosotros es sobrepasarlas y luego mirar atrás. No resulta para nada sencillo descifrar en tiempo real las claves de nuestro periplo vital, y aunque la intuición nos llevase a sospechar que tal vez haya algo que estemos haciendo mal no siempre disponemos de la fuerza, sabiduría, argumentos o madurez necesarios para saber hacer frente a dicha realidad. La lírica del joven Dylan Baldi, líder de Cloud Nothings, podría servir como paradigma de tal situación. Su último disco, Attack On Memory, publicado este mismo año, parece a ratos un completo catálogo de angustia juvenil, en el que quedan reflejadas muchas de las problemáticas propias del paso a la edad adulta. La extensa “Wasted days”, por ejemplo, retrata a la perfección la fatalista sensación de que una vez que has torcido tu rumbo ya nunca más podrás retomar el buen camino, ignorante todavía de que en la vida sí existe la posibilidad, no infinita, pero casi, de cambiar de hábitos y pareceres con tanta asiduidad como sea necesaria. Aunque también se entiende que no es exigible tal comprensión a ciertas edades en las que las determinaciones se rigen casi únicamente en términos absolutos. Ese error, en el que muchos hemos caído, y yo tan profundamente como el que más, puede acabar generando un círculo vicioso en el que la mayor pérdida de tiempo se produce a través de la constante revisión del tiempo perdido. “I know / I’m losing all my time / Can’t believe / That it was all mine”.

Si bien lo anterior resulta casi inevitable a según qué edades, una vez que el mal ha sido diagnosticado la reincidencia en el mismo apenas tiene justificación. Malgastar el tiempo, cuando existe ya un amplio historial anterior en el mismo sentido, resulta cada vez más doloroso, al ser también ya más o menos conocidas las consecuencias que de ello pueden derivar. Todo esto surge a colación de que me he dado cuenta de que este verano que acabamos de despedir ha volado sobre mí como un sueño, fugaz e impalpable, sin que haya acontecido durante sus noventa y tres días y quince horas nada que probablemente vaya a anidar en mi memoria de forma permanente, nada que en el futuro me obligue a echar la vista atrás y recordar con agrado el verano del año 2012. Y lo peor de todo no es que crea que no ha sido la primera ocasión en la que eso sucede, sino que me temo que tampoco será la última. Pero bueno, más allá de mis agoreros presentimientos, lo cierto es que, como proclamaban los australianos The Triffids en 1983, ha sido un infierno de verano. Calor. Letargo. Aburrimiento. Pereza. Tristeza. Soledad. No cambian los tiempos, cambiamos las personas. O quizá no. Quizá, al contrario, sí cambiamos, pero no como tendríamos que cambiar. En la misma “Hell of a summer” el desaparecido David McComb también nos aconsejaba sabiamente: “What you have sir, dispose of at your will / What you cannot have sir, you must kill”.

Evidentemente, el concepto de lo que se puede entender como aprovechar el tiempo también difiere de unas personas a otras e incluso para un mismo individuo en función de su edad. ¿Se puede considerar que el trabajo es una forma apropiada de pasar el tiempo? ¿O no es más que una ineludible necesidad? ¿Un verano de esfuerzo puede resultar memorable? Eddie Cochran, desesperado por conseguir verse con su novia, lo tenía claro: “I’m gonna raise a fuss, I’m gonna raise a holler / about a workin’ all summer just to try to earn a dollar”. Claro está que su punto de vista se hallaba condicionado por la efervescencia de la juventud, por lo que no debe ser tomado como un modelo a seguir. De hecho, creo que la respuesta a las anteriores preguntas es bien sencilla y no encierra ninguna dificultad. La justa medida será aquélla, supongo, en la que exista un (no siempre posible) equilibrio entre el placer y el deber. Además, nuestra tendencia natural parece dirigirse siempre e inequívocamente hacia la queja. Quien tiene trabajo desea algo más de tiempo libre, mientras que a quien las horas de forzosa inoperancia se le antojan eternas le gustaría poder sentirse útil en alguna ocupación. Por tanto, llegados a este punto en el que se hace presente nuestra infranqueable insatisfacción, no se puede negar la gran verdad que encierra el gran éxito de este por siempre joven pionero del rock and roll: “Sometimes I wonder what I’m a gonna do / but there ain’t no cure for the summertime blues”.

Superstition

Desde el nacimiento de la civilización el ser humano se ha empeñado en interpretar determinadas particularidades de la realidad y atribuirles significados o poderes que exceden lo racional y lo sensorial, ubicándose en el terreno de lo meramente especulativo, casi siempre bajo la lente de lo esotérico. La transmisión oral de esas creencias, cuyos remotos orígenes supongo que generalmente se hallarán perdidos en los oscuros confines de un pasado mucho más crédulo e ingenuo, ha permitido la pervivencia de muchas de ellas hasta estos tiempos nuestros, tan científicos y racionales, tan empíricos y escépticos, en los que sorprendentemente siguen gozando de una enorme aceptación y difusión entre gran parte de la población. La búsqueda de señales que nos indiquen si un momento es propicio o no para la realización de una determinada labor, o si una empresa es susceptible de fracasar por motivos ante los que cualquier precaución humana hubiera resultado inútil, pues sus poderes no corresponden a nuestro mismo orden, ha sido una obsesión para el hombre. Los augures de la Antigüedad leían en el vuelo de las aves presagios de la voluntad de los dioses, lo mismo que en la evisceración de los animales recién degollados; los encuentros inesperados, las caídas, los sueños y los signos físicos eran, igualmente, fuente de supuestas indicaciones, de orden divino, natural o social, acerca de lo que podría acontecer. Frente a algunas de esas arcaicas creencias, nuestras modernas supersticiones resultan, desguarnecidas de todo ornamento místico o metafísico, mucho más prosaicas en comparación, más allá de lo poético que pueda subsistir en el reflejo multidireccional de un espejo roto o en el elegante porte felino de un gato negro.

La imaginería popular asegura que las herraduras, cruzar los dedos, las patas de conejo, los tréboles de cuatro hojas y los elefantes con la trompa hacia arriba dan buena suerte, mientras que derramar la sal, pasar por debajo de una escalera, abrir un paraguas dentro de casa, levantarse con el pie izquierdo y el color amarillo se hallan comúnmente vinculados a la mala fortuna. No sé en qué porcentaje las situaciones anteriores (u otras análogas) pueden darse de forma cotidiana en la vida de cada uno de nosotros, pero, aun a riesgo de dejarme arrastrar también yo por la inverosímil infalibilidad de estas leyes del azar de carácter totalmente acientífico, sí creo que podría reconocer entre las personas que me rodean a algunas que se diría que parecen estar tocadas por la varita mágica de la providencia y a otras que, en el otro extremo, podrían ser calificadas, más que como desafortunadas,  con el castizo apelativo de gafes, individuos que no sólo caminan con un oscuro nubarrón sobre ellos, sino que poseen la ciertamente prescindible capacidad de extender su borrasca a su alrededor. Claro está que estas apreciaciones mías, al igual que las de cualquier otro, son puramente subjetivas y están realizadas desde el profundo desconocimiento de los detalles más íntimos de la vida de esas personas, las cuales supongo yo que en su mayoría no se sentirían identificadas ni con el rol de bienaventuradas ni con el de infaustas desdichadas. A la hora de reconocer la influencia del azar (o de los designios) en nuestras vidas apenas hallaremos a quien alardee de su buena suerte. Cuando algo positivo e inesperado nos sucede tendemos a recibirlo como un justo premio con el que el destino reconoce los méritos que hemos acumulado en cualquier otro menester. El infortunio, sin embargo, es una opción recurrente para mostrar nuestro resentimiento contra un orden de acontecimientos que solemos considerar injusto o desmedido. Dinah Washington, consciente de lo que realmente ha de ser considerado como desventura, cantó a la soledad y al maltrato con hastiada resignación. Acostumbrada a pruebas y dificultades, a estar sola, triste y en la ruina, a ser tomada por loca y utilizada como una herramienta, ha llegado a un punto en el que la mala suerte ya le resulta indiferente.

Pero bueno, toda esta disertación, en el fondo, no ha sido más que un rodeo para decir que este blog mío que surgió de la nada una tarde de aburrimiento del pasado mes de febrero ha alcanzado, con la presente, la cifra de trece publicaciones. No son muchas, lo sé. Pero permítaseme la licencia de que a título personal considere que estos más de seis meses supongan para el firmante una victoria frente a su habitual inconstancia, por lo que esta decimotercera publicación merece ser celebrada por él como un nuevo argumento con el que hacer frente a un temor más real que cualquier mal augurio que la superstición pueda presagiar: el abandono. Trece posts. Trece. Lo digo con orgullo, aunque no llegue a tatuarme tal cifra en el pecho, algo que sí luce la chica latina a la que que Frank Black, cuando todavía se hacía llamar Black Francis, cantaba en la canción de Pixies titulada “Number 13 baby”. Trece actualizaciones. Sería fantástico que llegase a haber trece más. O trece veces trece. Sí, es posible que ya esté cayendo en una gratuita recreación en torno a esa icónica conjunción de vecinos del dos, pero que nadie tema por mí, pues lo hago desde el más profundo descreimiento. Mi agnóstica opinión personal en lo referente a las supersticiones concuerda total y absolutamente con la expresada en 1972 por el todavía joven, pero ya entonces veterano, Stevie Wonder, cuando afirmaba en el estribillo de “Superstition” que cuando crees en cosas que no llegas a comprender estás abocado al sufrimiento, y que la superstición no es el camino, lo cual resulta perfectamente aplicable tanto para las creencias de origen tradicional como para esas otras supercherías que se hacen llamar religiones.

Por supuesto, el hecho de que mi impío y pragmático raciocinio me impida conceder margen de maniobra a oscuras fuerzas de carácter sobrenatural no implica que no respete y tolere a quienes sí lo hacen. Es más, incluso diría que si el temor a la acción retributiva de un karma que devolvería el mismo daño que se pudiera causar frena o aminora los malos instintos de algunos de nosotros, bienvenido sea. El acto de creer o no creer, además, no responde a una voluntad, sino que es la consecuencia de la particular asimilación del mundo por parte del individuo. Yo no he decidido ser escéptico y receloso, simplemente he llegado a ello, y, del mismo modo, las sensaciones de quien en su interior intuye la certidumbre de la existencia de dioses, espíritus y augurios son igualmente lícitas y equiparables en dignidad. Toda posición es válida siempre y cuando no afecte a la libertad de elección o acción de los demás, y sana mientras no fuerce al individuo a actuar en contra de su propia integridad física o moral. En ese aspecto, a aquéllos que se sientan perseguidos por el mal fario con mayor frecuencia de la que la probabilidad y la estadística indican que le correspondería y que no encuentren una salida para su desgracia, solamente se me ocurre decirles que no desesperen, que la vida, regida o no por entes superiores, puede cambiar en cualquier momento. PJ Harvey en “Good fortune” arrojó su mala fortuna desde lo alto de un edificio tras enamorarse, al tiempo que asegura que muchas cosas que en su vida ella consideraba irrealizables finalmente habían tenido lugar. Sintiéndose como un ave del Paraíso, inocente como un niño, de pronto todo el mundo a su alrededor tiene algo agradable que decir. Y esto es así porque la actitud positiva es, posiblemente, un aliado necesario para atreverse a comenzar a referirse al número trece por su nombre y dejar de hacerlo como doce más uno.

Ladies and gentlemen we are floating in space

Hace unos cuantos días la Organización Europea para la Investigación Nuclear anunció que se habían hallado indicios de que la hipótesis sobre la ruptura de la simetría en la teoría electrodébil desarrollada por el físico Peter Higgs en el ya lejano 1964 parece ser correcta. Los experimentos llevados a cabo en el gran colisionador de hadrones del CERN han constatado la aparición de una esquiva partícula, el bosón de Higgs, que es responsable directa de la conversión en masa de la energía, o por decirlo de otro modo, de la propia existencia material, por lo que también se la conoce, no sin cierta ironía, como “la partícula de Dios”. La importancia de este hallazgo es tal que incluso el estamento eclesiástico lo ha interpretado de forma interesada y casi surrealista como una evidencia de la obra de un ser supremo, aunque su valor real ha sido el de confirmar la validez del Modelo Estándar de la Física con el que los investigadores trabajaban hasta la fecha y en cuya ecuación el bosón de Higgs era una incógnita imprescindible, pero cuya propia existencia sólo se basaba en deducciones que no habían podido ser comprobadas, de ahí la satisfacción derivada de este descubrimiento que confirma que avanzan en la dirección correcta. La cuestión para quienes no estamos familiarizados con la mecánica de la física cuántica es otra. ¿Avanzar hacia dónde? ¿Con qué finalidad? ¿De qué forma nos beneficiará el conocimiento de la verdad? La ciencia es un Dios cruel, como mínimo tanto como cualquier otro de los que se veneran en los cultos religiosos. Cada nuevo descubrimiento no hace más que sepultarnos en nuestra propia insignificancia. Sí, somos pequeños. Tan pequeños que un grano de arena en el fondo de un océano es mucho mayor que nuestro planeta en el firmamento. Y sí, sólo estamos de paso. Los cien años que sólo unas cuantas personas llegan a vivir no se merecerían ni un par de palabras en la historia de los trece mil setecientos millones de años que han pasado desde el Big Bang. Cada interrogante que se logra resolver ofrece como respuesta un abanico de nuevas dudas y sólo contribuye a desmontar nuestros mitos y creencias supersticiosas sin ofrecernos a cambio ninguna explicación de por qué estamos aquí ni ninguna razón por la que seguir existiendo. La ciencia, fría y precisa como un bisturí, incluso nos niega la hermosa mentira de una justicia universal, de un reino post mortem en el que se verían recompensados nuestros sacrificios mundanos. Crece nuestro conocimiento, crece todavía más nuestra ignorancia. Y esto es así hasta el punto de que medimos el saber en función de las preguntas que podemos llegar a plantearnos, pues las respuestas, cuando se obtienen, son poco más que una excepción. No somos más que una anomalía en el universo. Y probablemente una cierta conciencia de esa insustancialidad habite de forma innata dentro de nosotros. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez contemplando una puesta de sol? ¿Quién no ha sentido una cierta congoja al confirmar durante una noche de verano que sobre nuestras cabezas gravitan más estrellas de las que seríamos capaces de contar?

No es mi intención, claro está, desacreditar el trabajo de los científicos, pues su labor me parece extraordinariamente loable. Admiro la casi siempre anónima generosidad de su esfuerzo, su dedicación incondicional aun siendo conscientes de que probablemente mueran antes de toparse con la verdad que persiguen, con el fin mismo de sus investigaciones. El científico debe asumir que su función no es otra que la de allanar el camino a sus sucesores, que los destinatarios de sus descubrimientos son aquellos que a día de hoy todavía no han nacido, y no se me ocurre una responsabilidad mayor que la de fijar las bases del conocimiento sobre las que los futuros habitantes del planeta desarrollarán sus creencias, su concepto mismo de la existencia. The Flaming Lips, conocedores de ello, nos contaban en 1999 la historia de dos de esos científicos que compiten frente a frente por la obtención de un premio que consiste en un bien para toda la humanidad, haciéndose eco del sacrificio que para ellos supone esa determinación y recordándonos que después de todo ellos también son simples personas con esposas e hijos. Cuatro años después, recogiendo el testigo de los de Oklahoma, los integrantes de La Costa Brava realizaron una adaptación de “Race for the prize” al castellano, titulada “Dos científicos (Carrera por el premio)”.

Salvar a la humanidad… ¿es eso posible? Los hallazgos de la ciencia no siempre se emplean de una forma adecuada y nunca faltarán mentes perversas que orienten los nuevos conocimientos hacia la senda de la aniquilación. Me pregunto, de hecho, si habrá entre las formas de vida conocida alguna otra especie que dedique tanto esfuerzo a su propia autodestrucción. Sería fabuloso que pusiéramos el mismo empeño en mejorar nuestras relaciones, en ayudarnos los unos a los otros. En Homogenic, su disco de 1997, Björk pasa a lo largo de sus diez canciones por todos los estados posibles entre el abandono y la recuperación de la ilusión. En “Alarm call”, el octavo capítulo de esa transición, la islandesa asegura que tras haber recorrido la tierra y haber conocido a sus gentes puede decir con sinceridad que le gustan los seres que se ha encontrado, al tiempo que, radiante, afirma que no se puede rechazar la esperanza y negar la felicidad. Su deseo, quimérico donde los haya, sería alcanzar la cima de una montaña con una radio y unas buenas baterías y poner una alegre melodía que liberase a la raza humana del sufrimiento. ¿No sería fantástico que la ciencia evolucionase bajo esa premisa? Pero no. El pragmatismo está lejos de ser el fin de su existencia. Sólo la verdad importa. Y la verdad no nos hará libres.

¿Qué esperanza nos queda, entonces? Vivimos sumidos en un laberinto de dudas, atenazados por el dolor y el miedo, angustiados por cuestiones cada vez más prosaicas, tan centrados en la ilusión de un equivocado antropocentrismo que parecemos olvidar que nuestro planeta no es más que una mota de polvo a la deriva en el cosmos, cuando sólo debería preocuparnos que nuestro tránsito por esta burbuja que es la vida fuese para nosotros una experiencia lo más agradable y placentera posible. Y no intento con estas palabras promover una búsqueda del placer exclusivamente hedonista, sino más bien una bucólica resignación en la que la asunción de la propia insignificancia transforme la amargura en una felicidad melancólica, pero felicidad al fin y al cabo. La celestial y homónima apertura del Ladies and gentlemen we are floating in space que Spiritualized publicaron en 1997 muestra con claridad el camino a seguir: todo lo necesario en la vida es un poco de amor para acabar con el dolor. Sensibilidad y conciencia de la nada cogidas de la mano hasta el final, flotando en el espacio a través de los tiempos. El infinito y la eternidad perfectamente interiorizados. Sublime. Porque el amor no dejará de estar presente en toda nuestra existencia, de ser nuestra mayor aspiración. Y lo seguirá siendo incluso cuando el bosón de Higgs se convierta para la mayoría de nosotros en únicamente un dato más en los libros de ciencia, como la teoría de la relatividad o la ley de la gravitación universal, limitada su repercusión al ámbito de unos cuantos investigadores que seguirán empeñados en atrapar una verdad que no dejará de escurrirse entre sus dedos, celebrando esos grandes pequeños descubrimientos intermedios que, si bien pueden destruirnos, también se orientan a prolongar nuestra existencia, conscientes de que mientras existan personas para soñar el sueño permanecerá vivo.

Ghost town

Siendo muy jóvenes, y por razones con frecuencia arbitrarias, tomamos decisiones que indefectiblemente conducirán nuestras vidas en dirección a las personas con las que compartiremos nuestro futuro. Sí, ya sé que lo que he dicho es una obviedad, por lo que permítaseme matizar que me refiero a ciertas elecciones en las que de forma voluntaria entre varias opciones disponibles nos decantamos por una en concreto, sin pensar en que a partir de ahí se comenzará a construir nuestro porvenir y que sólo podremos luego especular en torno a qué hubiera sido de nosotros si en lugar de habernos inclinado por esa posibilidad lo hubiéramos hecho por otra. Yo, personalmente, considero un momento clave en mi vida aquel en el que al finalizar la extinta E.G.B. decidí continuar mis estudios en el lugar en el que así lo hice. Tenía entonces varias posibilidades, tres concretamente, y opté por la menos habitual entre los jóvenes de mi localidad, si bien ese curso fuimos varios los que tomamos esa dirección. ¿Mis razones? Pues no las recuerdo con claridad, pero supongo que influyó el hecho de que un amigo de entonces estudiase desde pequeño en ese mismo pueblo, aunque no en el mismo centro. Ese lugar, aunque yo en ese momento no me lo plantease, estaba llamado a convertirse en un punto cardinal de mi vida desde ese preciso instante. En el instituto conocí a muchas de las personas que a día de hoy siguen conformando mi círculo de amistades, y el hecho de que ese mismo pueblo en esa época se convirtiese en un centro neurálgico de vida social, referente de toda la comarca, lo convertía en el lugar de encuentro también fuera de las aulas. Luego, ya se sabe, las típicas historias de una etapa, entre la adolescencia y el despertar a la vida adulta, en las que las emociones se disfrutan y se sufren de un modo muy pasional, siempre entre el drama y la euforia. El número de pubs y discotecas crecía año tras año y la afluencia al pueblo lo hacía en la misma proporción. Recuerdo tardes de domingo hace ya veinte años en los que las aceras eran hervideros de gente y unos cuantos años después locales que echaban el cierre a las siete de la madrugada todavía abarrotados. Recuerdo horas que parecían eternas recostado con algunos amigos a la sombra de los sauces, zambullidas en la cascada, conciertos entre los árboles, aguas termales, chaparrones al abrigo del paraguas, partidas de billar, incursiones fallidas en el lado salvaje, calles inundadas cada invierno, conversaciones teñidas de idealismo y decepción. Y recuerdo, sobre todo, infinidad de rostros, de amigos que ya no lo son y de amigos que lo siguen siendo, de personas que se han ido para no volver y de otras a las que no he vuelto a ver, de locos auténticos y locos de mentira, de amores que fueron y amores que no llegaron a ser. Pequeñas victorias, enormes derrotas. Mentiría si dijese que para mí fueron años felices, porque no lo fueron. Muy al contrario incluso me atrevería a afirmar que fue en esa época cuando una cierta tristeza arraigó en el fondo de mi ser decidida a no abandonarme jamás. Pero esa es otra historia que ahora no viene al caso. Por tanto, aunque mis recuerdos de esos años, mi evocación de ellos, quizá se encuentre contaminada por la sensación de que podrían haber sido, para mí, mejores de lo que fueron, no resta un ápice a la conciencia de que esa década probablemente haya sido, de largo, la mejor que haya vivido ese pueblo.

Porque el pueblo, ese pueblo, el lugar en el que se enmarcan todas esas emociones que han quedado señaladas a fuego en mi memoria, que han perfilado mi sensibilidad hasta convertirme en la persona que soy en el presente, no es, a día de hoy, ni la sombra de lo que fue en un pasado no tan lejano. Bien, supongo que ante tamaña afirmación lo correcto será que justifique de algún modo mi forma de pensar. Comenzaré liberando al pueblo de parte de la responsabilidad, admitiendo que también yo he cambiado, que ya no me afectan situaciones que antaño sí lo hacían, ya que la acumulación de desengaños me ha vuelto quizá más distante y no me involucro emocionalmente como entonces. Habrá quien pueda considerar que este estado de desafectación guarda relación con la tan cacareada madurez. No lo sé, pero está claro que es algo que se acentúa con el tiempo y la ausencia de nuevos retos. En cuanto al pueblo, en sí, es de ley reconocer que está mejor de lo que estaba, no demasiado, pues todavía queda mucho por hacer, pero sí algo mejor. Sus encantos naturales siguen existiendo, las inundaciones no son ya tan habituales y se han urbanizado con relativo criterio zonas que antes eran ocupadas por fincas. Pero hay algo de lo que antes el pueblo rebosaba y de lo que ahora, en mi humilde opinión, carece. Vida. Más allá de la retrospectiva nostálgica, más allá de que apenas comulgue con los gustos y modas de las nuevas generaciones que ahora ocupan y profanan los lugares que son santuarios de mi juventud, está el hecho, comprobado y comprobable, de que ya casi nada queda de los tiempos en los que me movía entre el gentío buscando algo sin saber el qué. ¿Cómo explicarle a quienes ahora comienzan a salir que los cuatro locales a los que pueden ir antes eran muchos más? ¿Se creerían que en los años en los que muchos de ellos nacieron era casi necesario salir de vez en cuando a la calle para refrescarse porque los interiores estaban tan llenos que resultaban agobiantes? ¿Por qué la juventud de los alrededores ha dejado de acudir al pueblo y sale en otros lugares, aunque para ello tenga que irse más lejos? El pueblo está muerto. He escuchado esa frase cientos de veces en la última década. Tantas que al decirlo en la actualidad se recuerda el momento en el que comenzó a decirse como todavía una buena época. The Specials publicaron en 1981 un single grandioso titulado “Ghost town”, y ese pueblo fantasma al que ellos cantan guarda alguna similitud con el pueblo del que yo hablo. Clubes que han sido cerrados como consecuencia de una exigente e incomprensible política municipal, común a la de otros ayuntamientos colindantes, aunque en este pueblo mucho más estricta en su ejecución, con el subsiguiente perjuicio de quienes regentan los locales; menor actividad cultural, sobre todo a partir de este año, ya que la crisis económica se ha llevado por delante el festival que cada verano llenaba la famosa carballeira durante un fin de semana en el que este lugar al que me refiero se convertía en el epicentro musical de toda la comunidad autónoma. Situaciones parecidas, realmente, hoy más que nunca: government leaving the youth on the shelf / this place, is coming like a ghost town / no job to be found in this country”. Evidentemente, no sólo han influido en el proceso de abandono vital del pueblo estos factores, sino que también ha habido otros para los que no se puede hallar ningún responsable. Las modas cambian y con ellas los hábitos. Las personas que durante los noventa acudían al pueblo antes iban a otros lugares, ahora la situación es la contraria. De todos modos, por más que existan ciclos en la concentración de la vida social, nada parece indicar que este lugar en el que a mí me tocó crecer vaya a recobrar jamás ni la mitad de lo que ya ha perdido. El pueblo está muerto. Nos queda la coletilla. Y si la nostalgia nos acecha siempre podremos hablar de algo: “Do you remember the good old days before the ghost town?”

No puedo dejar de admitir mi parte de responsabilidad en el decaimiento del pueblo, pues el granito de arena que supondría mi presencia hace ya casi tres años que ha cambiado de costal. Sólo la costumbre me empujaba a él cada fin de semana, a sus contados pubs casi vacíos, aburridos, donde el exceso de confianza entre clientes y propietarios producía la sensación de estar en una fiesta privada en la que los elementos discordantes nos encontrábamos con frecuencia un tanto fuera de lugar. El pueblo había perdido no sólo afluencia, sino también la personalidad. El ambiente me parecía cada vez más vulgar y chabacano. Ya no me encontraba a casi nadie de la gente de mi época, y de los que había una gran parte parecía haber quedado atrapada en la ilusión de un pasado que ya no volverá, comportándose como quince años atrás. Por tanto, lo lógico para mí era no volver, abandonarlo antes de que el respeto desapareciese como desapareció el encanto. El cariño, sin embargo, y a pesar de los sinsabores, siempre perdurará. Como dicen The Beatles en “In my life”, sé que de vez en cuando me detendré a pensar en el pasado, en las personas que de alguna forma han jugado algún papel en mi vida, y cuando lo haga este pueblo en cuyo instituto decidí matricularme sin suponer que en él encontraría la amistad y el amor nunca faltará en mis recuerdos.

There are places I’ll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places had their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I’ve loved them all

But of all these friends and lovers
There is no one compares with you
And these memories lose their meaning
When I think of love as something new
Though I know I’ll never lose affection
For people and things that went before
I know I’ll often stop and think about them
In my life I love you more

Though I know I’ll never lose affection
For people and things that went before
I know I’ll often stop and think about them
In my life I love you more
In my life I love you more