Working class hero

“Now, what I want is, Facts. Teach these boys and girls nothing but Facts. Facts alone are wanted in life. Plant nothing else, and root out everything else. You can only form the minds of reasoning animals upon Facts: nothing else will ever be of any service to them. This is the principle on which I bring up my own children, and this is the principle on which I bring up these children. Stick to Facts, sir!” Tiempos duros, difíciles. Charles Dickens reclama concreción en el primer párrafo de Hard times: Hechos y no sólo palabras. Es fácil decirlo. Los Hechos precisan acción y la acción requiere esfuerzo, sacrificio. La acción es casi una ofensa a nuestra esperanza de una vida tranquila, en la que además ya nos sobran preocupaciones como para emplearnos en la promoción de los Hechos. Teresa Iturrioz, transmutada en Zerbina en la canción de Le Mans del mismo título, se retrata a sí misma como un ser que no sabe qué pensar cuando otros opinan y que compra un periódico una vez al mes para ver la cartelera. “Todos saben lo que anda mal, yo no”, asegura, al tiempo que no duda en afirmar que le da igual. “Sólo sé si algo me sienta mal o bien”. Esta carencia de espíritu crítico y alejamiento de la realidad actual no resulta, en el fondo, tan caricaturesca como podría parecer, sino que refleja la posición de un muy considerable porcentaje de la población, el cual no se inmuta ante ninguno de los escándalos de gestión que están aflorando, ni reacciona contra los recortes que desde el poder se están imponiendo a las libertades y los servicios sociales, que acarrearán un gran deterioro en la calidad de vida, sobre todo, de los más desfavorecidos. Y cualquiera de nosotros puede llegar a forma parte de ese colectivo.

Las enormes posibilidades comunicativas de que disponemos en el presente distorsionan nuestra idea de lo que supone participar de forma activa en una corriente de protesta. Publicar en las redes sociales enlaces de prensa, insultar en foros escudados en un supuesto anonimato, proclamar eslóganes, incitar a la insumisión, promover concentraciones vía twitter, en fin, prender la mecha de la rebelión desde el sofá, no deja de ser, como poco, algo bastante pueril y, pese a la ingente masa humana a la que da acceso, más inofensivo de lo que creemos. Y más inofensivo, probablemente, de lo que el poder ha querido que creamos. Sí, el poder. Aquello que nos hace libres también le sirve a ese poder sin rostro reconocido para tenernos bajo control. Que no nos quepa duda de que alguien, en algún lugar, conoce todos nuestros movimientos por la red: lo que publicamos, lo que visitamos, las canciones y películas que descargamos, lo que compramos o el tipo de pornografía que más nos excita. Internet y la televisión son herramientas fabulosas, pero su uso dista mucho de ser el más adecuado. El televisor es el aparato que más ha transformado los hábitos del ser humano en el último siglo promoviendo una lamentable homogenización cultural, menospreciándose su inmenso potencial educativo al ser empleado como un mero pasatiempo. El mayor problema de internet, por su parte, es el mal uso generalizado, lastrado por la frivolidad imperante, que hacemos de la red. Pero bueno, no es mi intención hablar aquí como un moralista. Yo mismo me confieso culpable de todos y cada uno de los delitos que he denunciado. Lo que realmente quiero decir es que en los tiempos que corren el entretenimiento parece haberse convertido en nuestra primera necesidad. Y ésa sí es una buena noticia para quienes detentan el poder.

Los hombres y mujeres de hoy carecemos de ídolos, de héroes de la lucha social, de personas reales, vivas, a las que tomar como ejemplo. Algunos lo han intentado, pero no se lo han permitido. Julian Assange sacó a la luz una parte infinitesimal de la basura que los órganos del poder esconden bajo las alfombras y no han tardado en mostrárnoslo como un ególatra depravado y un violador. Y puede que lo sea, pero la cuestión no se centra en su presunta inocencia o culpabilidad, sino en el hecho de que de un modo u otro estaba claro que irían a por él escudándose en cualquier subterfugio. El juez Baltasar Garzón cometió el error de desenterrar no esqueletos de represaliados de la Guerra Civil, sino fantasmas de un régimen fascista al que todavía hoy le sobran acólitos entre la clase política española. Airear las confabulaciones de ciertos vampiros pertenecientes o vinculados al poder político para desangrar las arcas públicas acabó por costarle una inhabilitación para ejercer que si bien puede poseer una discutible base legal, se halla claramente en las antípodas de la justicia. La sombra de Vladimir Putin cubre de tinieblas las tumbas de Anna Politkóvskaya y de Aleksandr Litvinenko, quienes osaron advertir al mundo sobre lo que sucedía en Chechenia y sobre los métodos de la dictadura encubierta del mandatario ruso. Más recientemente, el mayordomo del Papa Benedicto XVI, Paolo Gabriele, fue acusado de traición por sacar a la luz unos comprometedores documentos privados que revelaban asuntos oscuros del Vaticano, lo que ha hecho correr más ríos de tinta que las propias corruptelas desveladas, cuya gravedad apenas ha tenido repercusión. Asimismo, el expresidente del Banco Vaticano, Ettore Gotti Tedeschi, ha asegurado haber temido por su vida al descubrir los entresijos de la financiación de la clase eclesiástica. Todos ellos han pagado el atrevimiento de desafiar al poder, unos con su vida, otros con su honor, siendo crucificados, con o sin razón, entre ladrones en el Gólgota de la opinión pública. Aunque lo peor es que su legado no ha calado en una población que nunca se ha sentido parte de sus cruzadas, que no se ha identificado con ellas. Las altas esferas no copan las conversaciones de un pueblo llano alejado de ideales al que nada preocupa más que lo relacionado con su sustento y su calidad de vida. Nuestros héroes, de surgir, tendrán que hacerlo desde nuestras filas y compartir nuestras mismas inquietudes y objetivos. John Lennon escribió en 1970 una fabulosa canción en la que denunciaba las estrategias del poder para anular al individuo, minando su autoestima desde la infancia y manteniéndole sujeto a un orden basado en el miedo, al tiempo que nos animaba a seguirle en su lucha obrera.

Así pues, quizá hoy, en plena era de la información, las soluciones pasen por regresar a la base, a las calles, al sibilino contacto personal, para obtener algún resultado real. Los cambios tendrán que nacer y crecer en la clandestinidad, alejados de la publicidad, o serán abortados al instante. Tom Joad, icónico personaje de esa obra maestra que es The grapes of wrath, nos muestra el espíritu de un auténtico héroe de la clase trabajadora, luchador contra el abuso, el sometimiento y, sobre todo, la resignación. Woody Guthrie, bardo de los desamparados y azote de los opresores, okie como la familia Joad, cantó a esa figura en una pieza que, si no se ha leído el libro y no se cierra a la posibilidad de hacerlo en el futuro, no se debe traducir, porque su letra no es más que una síntesis de la trama. Asimismo, casi sesenta años después de la publicación de la novela, Bruce Springsteen, digno heredero del compromiso con los más necesitados de los antiguos cantautores, también persiguió ese espíritu heroico, humano y solidario en su extraordinaria “The ghost of Tom Joad” de 1995, partiendo para ello de las estremecedoras palabras que John Steinbeck puso en boca de su personaje, acentuando el idealismo de su mensaje: “Mom, wherever there’s a cop beatin’ a guy / Wherever a hungry newborn baby cries / Where there’s a fight against the blood and hatred in the air / Look for me Mom I’ll be there / Wherever there’s somebody fightin’ for a place to stand / Or decent job or a helpin’ hand / Wherever somebody’s strugglin’ to be free / Look in their eyes Mom you’ll see me”.

De todos modos, de poco puede servir el idealismo si luego se carece de la determinación suficiente para luchar. Jimmy Cliff en 1972 ejemplificó mejor que nadie el ánimo y el arrojo con el que cada uno de nosotros tendría que exigir lo que le corresponde en la fabulosa, a la par que desafiante, “The harder they come”, donde asegura preferir ser un hombre libre en su tumba a vivir como un esclavo o una marioneta, advirtiendo a los opresores de que con cuanta más fuerza combatan, con más fuerza caerán. Los pueblos, históricamente, se han mostrado unidos para combatir al agresor extranjero, pero mucho más tolerantes cuando el abuso se realiza dentro de sus propias fronteras, donde las distintas tendencias y simpatías políticas que dividen a sus habitantes lastran la consecución de los objetivos y el sueño de la justicia. Por esa razón opino que las sociedades actuales, enfrascadas en debates partidistas basados únicamente en el fomento del descrédito del adversario, no parecen estar capacitadas para promover las acciones que desembocarían en esos Hechos que Dickens reclama para sostener sobre ellos el aprendizaje de las próximas generaciones. Yo mismo me presento como ejemplo de esa indolente inoperancia: mi mayor preocupación durante este mes de junio no es otra que no perderme ni un solo partido de la Eurocopa. Así de subversivo soy.

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Click, click, click, click

“Si no hay carrete, no hay recuerdos”, cantaba Aroah, nombre artístico de la granadina Irene Rodríguez Tremblay, en su lejano EP de debut, hace ya 12 años. Mucho han cambiado las cosas desde entonces. Las fotografías, en la era analógica, eran algo especial, un recurso limitado que era necesario saber administrar para no dejar de retratar alguna ocasión merecedora de ser recordada. Carretes de 24 ó 36 fotos, generalmente, que estaban presentes en todos los cumpleaños, fiestas, excursiones y fechas señaladas, pero que no solían acompañarnos en el día a día. Las escenas se escogían y se organizaban de un modo particular, con plena conciencia de que el momento que recogerían formaría parte desde entonces de la biografía de quienes en ella apareciesen, quedando como un ancla sujeta a un recuerdo. La revolución digital, pese a ser un enorme avance tecnológico, ha acabado con parte de ese encanto. La fotografía se ha banalizado y su valor como indicadora de un gran momento ha sido enormemente relativizado. Las cámaras digitales compactas y, sobre todo, los teléfonos móviles de última generación, otorgan la posibilidad de recoger casi cada instante de nuestra vida diaria con una capacidad de almacenamiento prácticamente ilimitada, y esa libertad para fotografiarlo todo de forma indiscriminada ha acarreado algunos efectos negativos.

“Lo que no se apunta se olvida”, se escucha en otra parte de “Recuerdos”, y probablemente sea cierto, aunque no lo es menos afirmar que la capacidad discriminatoria de la memoria es necesaria para distinguir entre las innumerables sensaciones que recibimos las que merecen ser almacenadas en forma de recuerdos. El feísmo y la trivialidad se han hecho un hueco en un terreno en el que antes no eran bien recibidos y los grandes momentos se diluyen entre la insustancialidad de la mayoría de las tomas. Como en casi todo, el abuso produce una disminución de la media de calidad, aunque es probable que el número de obras válidas también haya aumentado considerablemente al margen de lo prescindible. Pero no sólo ha cambiado el modo de realizar fotografías, sino que quizá lo más sorprendente del aspecto sociológico de la era digital sea el uso que hacemos de ellas. Hasta no hace demasiado tiempo las imágenes de nuestra vida pertenecían al ámbito privado y no solían estar al alcance más que de un reducido número de personas, las cuales integraban lo que se podría considerar nuestro círculo íntimo. Las capturas digitales, con la nada inocente complicidad de las redes sociales, han consolidado una creciente tendencia al exhibicionismo, sea éste narcisista, sentimental o simplemente excesivo o inadecuado, que fácilmente puede producir pudor entre quienes asisten a ello exentos de cualquier vinculación emocional con lo compartido.

En el extremo opuesto a la actual incontinencia fotográfica, temporal y culturalmente hablando, se encuentran las fotos antiguas. Personalmente, adoro esas pequeñas imágenes en sepia o blanco y negro, a menudo con los bordes troquelados, realizadas con sumo cuidado, perfectamente encuadradas, entre las que abundan jóvenes que visten uniformes militares, parejas el día de su boda, retratos de familia, bandas de música, escenas colectivas, días de fiesta… antepasados, en muchos casos, a los que mi generación no ha llegado a conocer y que disparan la imaginación de quienes a partir de esos testimonios gráficos pretenden desentrañar las vicisitudes de sus vidas. Natalie Merchant acompañó con su voz a Michael Stipe en una canción de R.E.M. titulada “Photograph”, en la que a partir del hallazgo casual de una vieja fotografía de una mujer, a la cual sitúan en el periodo de entre guerras basándose en sus ropas y su peinado, ambos se preguntan por las circunstancias de su existencia: “Was her childhood filled with rhymes, / Stolen hooks, impassioned crimes? / Was she innocent or blind / To the cruelty of her time? / Was she fearful in her day, / Was she hopeful, did she pray? / Were there skeletons inside, / Family secrets, sworn to hide? / Did she feel the beat that stirs, / The fall from grace of wayward girls? / Was she tempted to pretend, / The love and laughter, ‘til the end?

El paso del tiempo transforma el rol desempeñado por las fotografías que vamos acumulando. Cuando una persona deja de estar en nuestra vida, sea porque hemos tomado en ella diferentes caminos, sea porque sus días han llegado a su fin, sus retratos parecen convertirse automáticamente en una extensión de su ser. Los instantes capturados por la cámara parecen detenerse en el tiempo y su contemplación posee la capacidad de emocionarnos mediante la revitalización de los sentimientos que un día tuvimos. Este poder evocador Robert Smith lo reflejó en un corte de Disintegration, el disco más inspirado de The Cure, donde canta al inicio de “Pictures of you”: “I’ve been looking so long at these pictures of you / That I almost believe that they’re real / I’ve been living so long with my pictures of you / That I almost believe that the pictures are / All I can feel”. Con respecto a esto, yo únicamente puedo reconocer, no sin pena ni remordimientos, que hay fotos que han recibido más besos míos que las personas que en ellas aparecen retratadas, perpetuadas en un único gesto, en una única mirada, que para nosotros ya nunca podrá pertenecer a nadie más. Imágenes que adquieren un valor icónico, como estampas de una religión, a las que uno acude a confesarse o a suplicar una ayuda extraterrena, a las que nos dirigimos con la honestidad que nos hubiera gustado haber empleado en los tiempos en los que la escena fue para siempre atrapada en un rollo de película o una tarjeta de memoria, pero que sólo ahora somos capaces de mostrar, sabedores, en el fondo, de que una fotografía jamás nos censurará.

En otro orden de cosas, quisiera saber también cuántas fotos en las que aparezco existen sin que yo sepa de ellas. Y dónde se encuentran. Me refiero a esos instantes en los que la casualidad ha querido que se accionase el disparador en el preciso momento en el que yo me encontraba al lado, detrás o simplemente no lo suficientemente alejado del objeto de la fotografía como para no salir retratado. Solo en Japón, por ejemplo, creo que debe haber imágenes mías como para llenar un álbum. Aunque por supuesto que, aunque ésa no sea mi habitual forma de proceder, también hay quienes disfrutan, con mayor o menor gracia, colándose a propósito en las fotos de los demás. Bishop Allen publicaron en 2007 una divertidísima canción en la que su protagonista nos cuenta cómo refugiándose de la lluvia acabó entre los invitados de una boda, posando incluso en medio de los familiares y se imaginaba unos  años más tarde en los retratos enmarcados de unas personas que ni siquiera sabrían quién era él. Esto último viene a demostrar, en conclusión, que aunque las fotografías supongan un gran apoyo para los recuerdos, tampoco podemos confiar en ellas al cien por cien. Sin ir más lejos, y en esto probablemente la mayoría estemos de acuerdo, todos nosotros hemos sido, somos y seremos mucho más guapos de lo que ninguna cámara podrá registrar jamás. Y por eso no hay foto que nos haga justicia.

Unhappy birthday

El mundo de los mayores es feo, y no admito discusión al respecto. Tom Waits lo deja más que claro en la lúcida “I don’t wanna grow up”, que supone una magnífica oda a la infancia puesta en voz de alguien que finalmente parece rememorarla como un paraíso perdido. Entre las numerosas razones que esgrime para recelar del modus vivendi de los adultos se encuentran, por ejemplo, desde las más sencillas no querer perder el cabello ni pelearse como se pelean sus padres, hasta otras más elaboradas como sus observaciones en cuanto a las dificultades que debe entrañar vivir en un mundo de niebla siempre cambiante en el que las personas parecen acabar convertidas en algo que nunca quisieron ser, además de apuntar también hacia aspectos más pragmáticos, como su negativa a habitar en una tumba-apartamento de una gran ciudad, a solicitar un préstamo y aprender contabilidad o a tener que trabajar hasta que asomen los huesos de sus dedos. Pero bueno, quienes hemos sido arrojados a esta existencia sin haber dado nuestro consentimiento para ello sabemos que a pesar de que resulte triste dejar de ser un niño resulta inútil lamentarlo, puesto que nada alterará el lógico transcurso de las cosas, así que, cambiando el objetivo de mis tribulaciones, diré que igualmente triste resulta crecer sin obtener el reverso de la moneda de las situaciones descritas por Tom Waits, porque algo positivo debe haber en la vida adulta, aunque yo todavía no lo haya descubierto. Y con respecto a eso he de decir que tal vez peque de impaciente, pero nuestro planeta no deja de efectuar su doble giro, sobre sí mismo y alrededor del sol, y llegado a este punto de la película creo que tanta vuelta empieza a marearme. Tengo la impresión de que comienza a pasárseme el arroz, social y biológicamente hablando, y el recuerdo de las oportunidades perdidas me oprime el corazón, aunque lo peor de todo es que el déficit de alegrías y sonrisas que acumulo a estas alturas me pone más difícil el alejarme de tan funestas sensaciones.

De todos modos, aunque mi carácter me empuje siempre hacia el borde del precipicio, esa mínima parcela de cordura que resiste atrincherada en mi entendimiento me impide perder del todo la perspectiva de la realidad: resulta bastante ridículo quejarse tan agriamente del paso del tiempo cuando todavía está uno prácticamente adentrándose en la mediana edad. Esta actitud mía, por poner un ejemplo, podría decirse que recuerda a un niño que recién iniciado un desplazamiento en automóvil comienza a preguntar si falta mucho para llegar. Y es que la vida pasa rápido y no es necesario ir con prisas, aunque a veces se me olvide.

El gran problema es que la juventud es extremadamente soberbia y egoísta, y no ve (ni quiere ver) más allá de sí misma. Castelao comenzaba una de sus Cousas diciendo “dous vellos que tamén tiveron mocidade”, como para hacernos conscientes a todos quienes no hemos alcanzado las postrimerías de la vida de algo tan evidente y con frecuencia tan olvidado como que todo anciano ha poseído en el pasado el vigor que ahora atesoran nuestros músculos. Pulp, en un inigualable alarde de ironía de Jarvis Cocker, reflejan en “Help the aged” ese primer paso fuera de lo que se podría denominar como estricta juventud, cuando una horda de nuevos individuos comienza a apoderarse de tus lugares de reunión y a comportarse, con ligeros matices, como tú te comportabas antes, y poco a poco te desplazan, arrogantes e insolentes, preguntándote con la mirada qué estás haciendo tú allí. Hasta que llega ese momento uno ve la vida mirando siempre al frente, a partir de él el juego se complica y se impone la necesidad de también echar la vista atrás.

La vida es una carrera extraña, porque no sólo deseas que tu meta se halle lo más lejana posible, sino que además resulta preferible llegar a ella en último lugar, lo cual requiere de un considerable esfuerzo si nos atenemos a esa norma que imposibilita detenerse en todo el trayecto, ya que en cuanto lo haces quedas descalificado. Es una prueba que parece tener su victoria en el simple hecho de disputarla y recoger en cada tramo lo que se supone que te dará bríos para poder continuar. En ese aspecto, cada cambio de año, tanto astronómico como personal, parece un momento apropiado para hacer balance de logros, daños y objetivos, por lo que siempre es una puerta abierta a la decepción. Quizá por eso, como un modo de solidaridad que contrarreste la melancolía de iniciar una nueva etapa de esa carrera, las personas nos deseamos un feliz año o un feliz aniversario. El siempre mordaz Morrissey, sin embargo, rompió con The Smiths esa norma de buenos modales y quizá con la intención de que la mayor sensibilidad del momento propiciase un incremento en el potencial daño de su ataque, deseó a alguien que le había dejado tirado un infeliz cumpleaños, argumentando para ello que la persona en cuestión es malvada y mentirosa y que no se merece ser feliz, llegando a afirmar que si supiese que la susodicha fuera a morir quizá se sentiría ligeramente triste, pero que no lloraría.

Pero bueno, más allá de provocaciones, razones para estar triste en el día de tu cumpleaños hay muchas (y, realmente, cualquier otro día). Yo, por ejemplo, si hoy fuese mi aniversario, que podría serlo, tendría un montón de cosas que lamentar sobre mi vida y nadie debería sentirse ofendido si me paso el día cabizbajo y desanimado. Cada uno sabe sus circunstancias, y éstas no sólo no respetan las onomásticas, sino que se suelen aprovechar de ellas. Así que si hoy fuese ese día que puede que sea y yo no quisiese estar contento, exigiría, aunque mis motivos fuesen muy diferentes a los de ella, como Lesley Gore, mi derecho a llorar si quiero, que para eso es mi fiesta.

The greatest

La fecha de hoy, cuando era pequeño, era para mí una de las más especiales del año. La esperaba como sólo los niños saben esperar. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces y con él mi ilusión se ha ido desvaneciendo sin que con frecuencia yo me haya dado cuenta de que lo hacía. Porque quien ahora está escribiendo, el que medio encogido por un frío que no considera normal a día 1 de mayo permanece ante la pantalla del ordenador vistiendo un chándal mientras espera a que llegue la familia para que pueda dar comienzo el almuerzo, hubo un tiempo en que corría imparable en la carrera de la vida, antes de que ésta comenzara a disponer obstáculos a lo largo de su trayecto. Esas primeras dificultades, que fueron fácilmente sorteadas o superadas, nunca han dejado de aparecer, hasta que un día descubrí que no era necesario evitarlas todas para seguir avanzando. Regocijado, decidí no apartarme de mi camino y comencé a llevarme las vallas por delante, a empujarlas en lugar de saltarlas o rodearlas. Entonces supongo que pensaba que mi actitud era valiente y desafiante. Años después, cuando las vallas acumuladas ante mí ya eran tantas que mis fuerzas no eran suficientes para desplazar tanto peso, me di cuenta de la estupidez que había cometido. Y aunque en alguna ocasión haya intentado remontar la cumbre en la que se han convertido todas mis colinas, sé que ya nunca podré recuperar mi posición de privilegio, aquélla desde la que acometer el asalto a mis sueños infantiles. Sé que ya nunca podré ser el más grande. Como en esos tres minutos y medio para la eternidad de la canción de Cat Power, también para mí las estrellas de la noche se han convertido en polvo.

¿Pero qué se esconde tras la idea del éxito? La cuestión resulta más compleja de lo que a primera vista pudiera parecer. ¿El ego nace del triunfo o se alimenta de él? Es posible que la posesión de un alto concepto de la propia persona active un inconformismo que lleve a su poseedor a la lucha por lograr siempre lo máximo y que la consecución de ese mismo objetivo funcione igualmente como estímulo para abordar nuevos retos. Es decir, un círculo de ego y éxito impulsado por la ambición, en el cual el fin y el medio no dejan de intercambiar sus papeles. Aunque también existe un tipo de persona que mediante la asimilación del éxito particular a la notoriedad pública anhela el triunfo como justificación de la propia valía. La idea del éxito es extremadamente atractiva para las personas inseguras, que siempre parecen estar pendientes del reconocimiento de sus méritos por parte de los demás. Individuos que para poder sentirse totalmente realizados necesitan ser un indiscutido centro de atención y percibir la admiración de la multitud hacia su ser. Es éste un caso realmente miserable, el de quien reluce de cara al exterior pero que se descubre ante el espejo como un Dorian Gray corrupto y envejecido. Existe además otra motivación, mucho más mundana y superficial, que tanto puede actuar como principio en sí misma o como subsidiaria de cualquiera de las dos anteriores, y no es otra que la de aquel que persigue el éxito como un medio de vida, pensando en los lujos y beneficios que comúnmente se asocian a ese concepto de celebridad que identificamos como fama. Pero ninguna de estas vías es sencilla. Hal David pregunta sobre una partitura de Burt Bacharach cuál es el camino de vuelta a San Jose, y Dionne Warwick lo ha cantado como nadie. Tras descubrir que Hollywood no es la tierra prometida y que las dos semanas que se tardaría en convertirse en una estrella se transforman en años y que todos aquellos que no lo han logrado se ganan el pan aparcando coches o repartiendo gas, San Jose se presenta como el lugar adecuado para llevar una vida tranquila, en compañía de los viejos amigos.

Porque, realmente, ¿qué es el éxito? ¿En qué se basa? ¿En la felicidad? ¿En la paz, calma y sosiego? ¿En la riqueza? ¿En despertar admiración? ¿En ser envidiado? No hallo para esta cuestión ninguna respuesta convincente, a pesar incluso de haber expresado ya que también yo en el pasado soñaba con ser el más grande, el mejor… aun sin tener claro en qué. El fracaso, sin embargo, resulta mucho más reconocible. La falta de ilusiones, la inactividad, el hastío, la rutina, la soledad, el insomnio, el desperdicio del tiempo, todo ello es indicativo del fracaso. ¿Qué le queda, pues, a quien se ve anclado en este bucle de tiempo muerto? El remordimiento, el recuerdo de la primera valla que se decidió no saltar. Y la imaginación, la hermana pobre de la ilusión, ésa en la que se sueña sin dejar de ser consciente de que lo soñado nunca será realidad. Y poco más. Ese chico que no deja de equivocarse que Belle And Sebastian nos dio a conocer en 1996 también se pregunta qué podría hacer para corregir todos sus errores, al tiempo que de forma conmovedora asegura que él sólo quería cantar la más triste de las canciones y que si tú la cantases con él se sentiría algo más feliz.

No es fácil dar con la actitud adecuada para plantarse ante los obstáculos acumulados durante tanto tiempo y sería toda una proeza llevar a buen término ese enfrentamiento, por lo que, aunque resulte duro decirlo, es probable que lo más acertado sea intentar encontrar refugio en algún punto a medio camino entre la resignación y el conformismo, donde la humildad no se sienta humillada por los sueños desvanecidos. Alejarse de los focos para establecerse en un lugar en el que no falten las velas. Distanciarse de la gran victoria final y gozar de los minúsculos triunfos cotidianos, como el ver amanecer. Olvidarse del oro y centrarse en la carne. Y si a pesar de todo en algún momento la existencia se pone muy cuesta arriba, siempre se podrá actuar conforme a las enseñanzas del irrepetible Sergio Algora al frente de El niño gusano, quien poseía la clave para recuperar el sueño y dejar, de una vez para siempre, de comer en el plato del perro: “Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero”.

Spanish bombs

Ronda por mi cabeza desde hace unos meses, bastante reacia a dejarse atrapar, una idea sobre una historia ambientada en tiempos próximos a la Guerra Civil, que tanto podría encajar en sus preliminares, como en el propio momento de la contienda o en la posterior represión ejercida por el bando vencedor. Otra historia sobre la Guerra Civil… qué pesadez… parece que en este país no se pueda echar la vista atrás sin detenerse en nuestro más reciente conflicto armado. Cada año surgen nuevos títulos que utilizan el trasfondo bélico como reclamo para que acudamos a los cines o nos detengamos ante los escaparates de las librerías. Son muchas las razones que se pueden argumentar para justificar tal fijación: se podría decir, en lo que ya parece una frase hecha, que las heridas no han cicatrizado; que quienes gobernaron al margen de la democracia durante casi cuatro décadas no han pedido perdón por sus desmanes (democráticamente hablando, es igual de indigno que el nombre de una calle honre la memoria de un general golpista que la de un terrorista); que la injusticia de haber atentado contra la capacidad del pueblo para elegir a sus representantes no ha sido en España suficientemente estigmatizada (por no decir nada), al contrario de lo que sucede, por ejemplo, en Alemania con respecto al nazismo; el empeño por parte de quienes todavía creen que el Alzamiento no fue un golpe de estado en considerar que pretender desenterrar los cuerpos de los represaliados es una provocación y no un acto de justicia; la resistencia de muchos a creer que el pueblo es lo suficientemente maduro como para saber corregir sus decisiones en las urnas, cuando le parezca que quienes hayan gobernado no han estado a la altura; y que el pueblo es soberano y no necesita que ningún ejército con pretensiones paternalistas acuda a salvarlo en nombre de Dios y de la patria. El golpe militar fue en España casi un anacronismo histórico, pues en la vieja Europa, cuna de la civilización, hacía ya mucho tiempo que las revoluciones, como en Francia o Rusia, eran llevadas a cabo por el pueblo para derrocar a sus gobernantes cuando su despotismo acababa por afectar al sustento de la ciudadanía; pero no aquí, en nuestro país, donde con un comportamiento más propio de democracias jóvenes e inmaduras, como fueron en su día las independizadas colonias de Sudamérica o África, que de una nación en cuyo imperio hubo una época en la que no llegaba a ponerse el sol, se optó por la intimidación a través de las armas para forzar a un gobierno legítimo a renunciar a sus poderes, otorgados por el pueblo, y ante el fracaso en primera instancia de la sublevación, comenzar una guerra contra un enemigo no profesional, compuesto por milicias de distinto signo cuyo único punto de confluencia era la defensa del derecho a decidir. Ni siquiera Hitler, elegido democráticamente, ni Mussolini, que obtuvo el apoyo del parlamento italiano, cometieron tal atrocidad para auparse al poder.

Pero bueno, realmente no era de esto de lo que quería hablar, sino de otro aspecto de la guerra, menos historicista y truculento, innegablemente más romántico y sugerente, como es el mundo de las ideas. ¿Por qué mi historia, si no trata de ningún hecho real, si no depende de un contexto histórico, si no existen en ella personajes inspirados en personas que hayan existido, se instala en esos años determinados? La respuesta no se halla en el añejo resentimiento que en mí pueda existir como simpatizante del bando derrotado, sino en otro aspecto mucho más idealista: no abundan en tiempos recientes los enfrentamientos con una base puramente ideológica. Ni la Segunda Guerra Mundial la tuvo, pues Hitler fue combatido por resultar una amenaza, no por sus convicciones, ni mucho menos por su responsabilidad en el Holocausto. Los intereses económicos, los conflictos étnicos, la soberanía territorial… qué denigrantes excusas para aniquilarnos. Si el devenir de los tiempos llega a involucrarme en una guerra, lo cual espero que no suceda, preferiría ser fusilado en una cuneta, orgulloso de mis ideas, que alzarme victorioso en defensa del poder del capital.

Pero no nos dejemos arrastrar por un entusiasmo caduco y ya sobrepasado, la Guerra Civil española es un icono de la lucha por las libertades y como tal arrastró a su causa a intelectuales y voluntarios de múltiples nacionalidades, pero también un ejemplo de cómo la barbarie acaba por aproximar a los distintos contendientes más allá de sus presupuestos ideológicos: en el campo de batalla todos los bandos cometen crímenes de guerra porque la guerra es un crimen en sí misma y no hay en ella nada positivo, sólo muerte, dolor y desgracia, seguidas de humillación, marginación y exilio.

En la segunda mitad de los años setenta, cuando el punk era todavía algo más que una moda (creo recordar que se atribuye a Malcolm McLaren esa sentencia que dice que “el punk murió la primera vez que alguien puso en su ropa un imperdible sólo por imitación”); cuando Sex Pistols  reclamaban anarquía para el Reino Unido y atacaban a la monarquía desde una embarcación en medio del Támesis; cuando una juventud decepcionada, escéptica y sin expectativas de futuro decidió transgredir las normas y combatir las convenciones tradicionales; en ese momento, los adalides de ese nuevo movimiento necesitaban nuevos iconos paradigmáticos de sus nuevas ideas, porque ya nada de lo viejo resultaba válido. El nunca suficientemente reconocido, pese a ser uno de los guitarristas más sutiles y precisos del mundo (según reconocen sus compañeros de profesión), Viny Reilly, decidió en 1978 nombrar a su banda, rara avis del post punk donde las haya, como The Durutti Column, tras haber visto ese nombre en un cartel que homenajeaba a la figura del anarquismo español Buenaventura Durruti, quien condujo una columna (agrupación de militares y civiles) desde Barcelona a Zaragoza con intención de liberar la ciudad, en manos de los sublevados, para luego dirigirse a Madrid para colaborar en la defensa de la capital, donde fue muerto en extrañas circunstancias. Joe Strummer, por su parte, al frente de The Clash, tal vez la mejor banda surgida en esos años, la más plural y cosmopolita, la de mayor raigambre ideológica, también recordó nuestro conflicto (aunque persista en ella la sombra de una cierta connivencia con el terrorismo etarra) en una pieza de su imprescindible London Calling, “Spanish bombs”, donde no escasean imágenes que ya han pasado a formar parte de nuestra particular memoria histórica, como los fusilamientos en los muros de los cementerios, la turbia presencia de la Guardia Civil, los milicianos muertos en las colinas, los cánticos por la libertad o el infausto recuerdo de la muerte de un Federico García Lorca que, descontextualizando su poema “Vuelta de paseo”, con el que abre Poeta en Nueva York, recuperado luego por el tristemente desaparecido Enrique Morente en Omega, su encuentro con Lagartija Nick, fue “asesinado por el cielo”.

Luchas fratricidas, proclamas incendiarias, ideologías e injusticias, crímenes sin castigo, el bien y el mal, tierra bañada en sangre, lágrimas, amores separados y familias rotas, éxodos, miedo y heroísmo, verdades e interpretaciones, mentiras y propaganda, la vida y la muerte… pura literatura. Mientras nuestra capacidad para emocionarnos no sea inmune a los conflictos del ser humano, la creación artística seguirá inspirándose en lo más traumático de nuestro pasado. Y será algo totalmente lícito. Al fin y al cabo la guerra sólo es el contexto; y en el ámbito de la fabulación lo único importante e imprescindible es que la historia sea buena.