Reach out (I’ll be there)

Pocas ocasiones, quizá ninguna, se muestran tan reveladoras de las limitaciones de nuestros recursos como aquéllas en las que nos toca enfrentarnos a lo único que en magnitud puede compararse al dolor propio: el sufrimiento de alguien a quien amamos. En presencia de ciertas penas nuestros argumentos son incapaces de disimular su inutilidad, dejando al descubierto, por tanto, nuestra indefensión. Inermes, no nos queda otra salida que escudarnos en palabras que ya han sido repetidas infinitas veces, sin que ello haya probado que realmente sirvan de algo. Palabras. Sólo palabras. Las mismas que empleamos cada día, gastadas ya de tanto uso. Algunos momentos deberían poseer un lenguaje único y exclusivo, libre de términos que pudieran formar parte de cualquier otra combinación. Algo que advierta a su destinatario de que lo que en ese instante se le está comunicando trasciende lo cotidiano. Algún detalle, en fin, que diferencie lo que nosotros en un momento dado de especial consideración pretendemos transmitir de lo que cualquier otra persona, cuyos afectos disten mucho de los nuestros, podría decir. Las tristezas excepcionales merecerían también consuelos excepcionales. Pero no, sólo las palabras se ofrecen como bálsamo, independientemente de la situación. Incluso cuando el daño es irreparable. Incluso cuando ambicionamos que esos “te quiero”, “lo siento” y “yo estoy contigo” que ya antes habíamos pronunciado mil veces, quizá demasiado a la ligera, y de ahí la merma de su especial importancia, se revelen de pronto en su total y absoluta significación.

2012-12-20 Reach out I'll be there

De todos modos, no puede obviarse el hecho de que la efectividad de las palabras como cura para el dolor es más bien relativa, pues no dejan de ser, a lo sumo, más que simple aire exhalado o trazos de tinta en los que tratamos de contener la realidad, pero cuando esa realidad se presenta ante nosotros en la forma de un vacío indescriptible, entonces no hay palabras que valgan y sólo el tiempo podrá, tal vez, no reparar un daño para el que ya no hay vuelta atrás, pero sí acostumbrarnos a su presencia y reconciliarnos con su recuerdo. Todos nos hemos encontrado, y nos podemos volver a encontrar en cualquier momento, en  semejante situación, porque hay penas de las que sería inútil pretender huir, pues, y lo paradójico es que, en el fondo, quizá sea ésa la única justicia universal, a todos nos alcanzan. Michael Stipe lo tenía claro cuando escribió para el que a la postre habría de ser el mejor disco de R.E.M. la letra de la excelsa “Everybody hurts”. Todo el mundo sufre y todo el mundo llora alguna vez. E incluso aunque todo vaya mal y creas haber tenido suficiente de esta vida, debes aguantar, buscar consuelo en quienes te rodean y no dejarte ir. “You are not alone”.

Quizá, después de todo, las palabras no estén tan mal. Quizá dependa del modo en que se digan y de que luego nuestros actos no las desmientan. Quizá los mensajes más diáfanos y con menor carga de ambigüedad, los más sencillos, sean definitivamente los más válidos y acertados. Porque si nuestra intención es decir a alguien que cuando se sienta triste y necesite de nosotros no tiene más que llamarnos e iremos corriendo a llamar a su puerta y demostrarle que no somos como esas personas frías capaces de abandonar a quien precise de nuestro cariño, lo más apropiado es que recurramos exactamente a esas palabras. Así lo entendió Carole King en 1971 cuando la tierna “You’ve got a friend” fue publicada, y más de cuarenta años después su mensaje permanece inalterable.

Unos años antes del éxito de Carole King, en 1966 exactamente, el excelente trío de compositores del imprescindible sello Motown, Holland-Dozier-Holland, escribió otra maravillosa canción que Four Tops, en su primera y original versión, convertirían en uno de los mejores singles de su década: la apasionada “Reach out (I’ll be there)”. Si yo hoy tuviese que decir a alguna persona que estaré ahí para ella, para ayudarla a combatir el miedo, para que recupere la ilusión, para que no se sienta sola, para apuntalar las grietas del pasado, para hacer de su mundo un lugar algo más cálido, recurriría a esta canción, aunque en el fondo no sean más que unas cuantas palabras y que ni siquiera haya sido yo quien las ha escrito. Cuando algo es perfecto, no hay por qué tocarlo. Porque sólo son palabras, pero… ¡qué palabras! “I’ll be there”.

Now if you feel that you can’t go on (can’t go on)
Because all of your hope is gone (all your hope is gone)
And your life is filled with much confusion (much confusion)
Until happiness is just an illusion (happiness is just an illusion)
And your world around is crumbling down, darlin’

(Reach out) Come on girl reach on out for me
(Reach out) Reach out for me
Hah, I’ll be there with a love that will shelter you
I’ll be there with a love that will see you through

When you feel lost and about to give up (to give up)
‘Cause your best just ain’t good enough (just ain’t good enough)
And your feel the world has grown cold (has grown cold)
And your drifting out all on your own (drifting out on your own)
And you need a hand to hold, darlin’

(Reach out) Come on girl, reach out for me
(Reach out) Reach out for me
Hah, I’ll be there to love and comfort you
And I’ll be there to cherish and care for you

(I’ll be there to always see you through)
(I’ll be there to love and comfort you)

I can tell the way you hang your head (hang your head)
You’re not in love now, now you’re afraid (you’re afraid)
And through your tears you look around (look around)
But there’s no peace of mind to be found (no peace of mind to be found)
I know what your thinking
You’re a loner, no love of your own, but darling

(Reach out) Come on girl reach out for me
Reach out, just look over your shoulder
I’ll be there to give you all the love you need
And I’ll be there you can always depend on me
I’ll be there

Ladies and gentlemen we are floating in space

Hace unos cuantos días la Organización Europea para la Investigación Nuclear anunció que se habían hallado indicios de que la hipótesis sobre la ruptura de la simetría en la teoría electrodébil desarrollada por el físico Peter Higgs en el ya lejano 1964 parece ser correcta. Los experimentos llevados a cabo en el gran colisionador de hadrones del CERN han constatado la aparición de una esquiva partícula, el bosón de Higgs, que es responsable directa de la conversión en masa de la energía, o por decirlo de otro modo, de la propia existencia material, por lo que también se la conoce, no sin cierta ironía, como “la partícula de Dios”. La importancia de este hallazgo es tal que incluso el estamento eclesiástico lo ha interpretado de forma interesada y casi surrealista como una evidencia de la obra de un ser supremo, aunque su valor real ha sido el de confirmar la validez del Modelo Estándar de la Física con el que los investigadores trabajaban hasta la fecha y en cuya ecuación el bosón de Higgs era una incógnita imprescindible, pero cuya propia existencia sólo se basaba en deducciones que no habían podido ser comprobadas, de ahí la satisfacción derivada de este descubrimiento que confirma que avanzan en la dirección correcta. La cuestión para quienes no estamos familiarizados con la mecánica de la física cuántica es otra. ¿Avanzar hacia dónde? ¿Con qué finalidad? ¿De qué forma nos beneficiará el conocimiento de la verdad? La ciencia es un Dios cruel, como mínimo tanto como cualquier otro de los que se veneran en los cultos religiosos. Cada nuevo descubrimiento no hace más que sepultarnos en nuestra propia insignificancia. Sí, somos pequeños. Tan pequeños que un grano de arena en el fondo de un océano es mucho mayor que nuestro planeta en el firmamento. Y sí, sólo estamos de paso. Los cien años que sólo unas cuantas personas llegan a vivir no se merecerían ni un par de palabras en la historia de los trece mil setecientos millones de años que han pasado desde el Big Bang. Cada interrogante que se logra resolver ofrece como respuesta un abanico de nuevas dudas y sólo contribuye a desmontar nuestros mitos y creencias supersticiosas sin ofrecernos a cambio ninguna explicación de por qué estamos aquí ni ninguna razón por la que seguir existiendo. La ciencia, fría y precisa como un bisturí, incluso nos niega la hermosa mentira de una justicia universal, de un reino post mortem en el que se verían recompensados nuestros sacrificios mundanos. Crece nuestro conocimiento, crece todavía más nuestra ignorancia. Y esto es así hasta el punto de que medimos el saber en función de las preguntas que podemos llegar a plantearnos, pues las respuestas, cuando se obtienen, son poco más que una excepción. No somos más que una anomalía en el universo. Y probablemente una cierta conciencia de esa insustancialidad habite de forma innata dentro de nosotros. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez contemplando una puesta de sol? ¿Quién no ha sentido una cierta congoja al confirmar durante una noche de verano que sobre nuestras cabezas gravitan más estrellas de las que seríamos capaces de contar?

No es mi intención, claro está, desacreditar el trabajo de los científicos, pues su labor me parece extraordinariamente loable. Admiro la casi siempre anónima generosidad de su esfuerzo, su dedicación incondicional aun siendo conscientes de que probablemente mueran antes de toparse con la verdad que persiguen, con el fin mismo de sus investigaciones. El científico debe asumir que su función no es otra que la de allanar el camino a sus sucesores, que los destinatarios de sus descubrimientos son aquellos que a día de hoy todavía no han nacido, y no se me ocurre una responsabilidad mayor que la de fijar las bases del conocimiento sobre las que los futuros habitantes del planeta desarrollarán sus creencias, su concepto mismo de la existencia. The Flaming Lips, conocedores de ello, nos contaban en 1999 la historia de dos de esos científicos que compiten frente a frente por la obtención de un premio que consiste en un bien para toda la humanidad, haciéndose eco del sacrificio que para ellos supone esa determinación y recordándonos que después de todo ellos también son simples personas con esposas e hijos. Cuatro años después, recogiendo el testigo de los de Oklahoma, los integrantes de La Costa Brava realizaron una adaptación de “Race for the prize” al castellano, titulada “Dos científicos (Carrera por el premio)”.

Salvar a la humanidad… ¿es eso posible? Los hallazgos de la ciencia no siempre se emplean de una forma adecuada y nunca faltarán mentes perversas que orienten los nuevos conocimientos hacia la senda de la aniquilación. Me pregunto, de hecho, si habrá entre las formas de vida conocida alguna otra especie que dedique tanto esfuerzo a su propia autodestrucción. Sería fabuloso que pusiéramos el mismo empeño en mejorar nuestras relaciones, en ayudarnos los unos a los otros. En Homogenic, su disco de 1997, Björk pasa a lo largo de sus diez canciones por todos los estados posibles entre el abandono y la recuperación de la ilusión. En “Alarm call”, el octavo capítulo de esa transición, la islandesa asegura que tras haber recorrido la tierra y haber conocido a sus gentes puede decir con sinceridad que le gustan los seres que se ha encontrado, al tiempo que, radiante, afirma que no se puede rechazar la esperanza y negar la felicidad. Su deseo, quimérico donde los haya, sería alcanzar la cima de una montaña con una radio y unas buenas baterías y poner una alegre melodía que liberase a la raza humana del sufrimiento. ¿No sería fantástico que la ciencia evolucionase bajo esa premisa? Pero no. El pragmatismo está lejos de ser el fin de su existencia. Sólo la verdad importa. Y la verdad no nos hará libres.

¿Qué esperanza nos queda, entonces? Vivimos sumidos en un laberinto de dudas, atenazados por el dolor y el miedo, angustiados por cuestiones cada vez más prosaicas, tan centrados en la ilusión de un equivocado antropocentrismo que parecemos olvidar que nuestro planeta no es más que una mota de polvo a la deriva en el cosmos, cuando sólo debería preocuparnos que nuestro tránsito por esta burbuja que es la vida fuese para nosotros una experiencia lo más agradable y placentera posible. Y no intento con estas palabras promover una búsqueda del placer exclusivamente hedonista, sino más bien una bucólica resignación en la que la asunción de la propia insignificancia transforme la amargura en una felicidad melancólica, pero felicidad al fin y al cabo. La celestial y homónima apertura del Ladies and gentlemen we are floating in space que Spiritualized publicaron en 1997 muestra con claridad el camino a seguir: todo lo necesario en la vida es un poco de amor para acabar con el dolor. Sensibilidad y conciencia de la nada cogidas de la mano hasta el final, flotando en el espacio a través de los tiempos. El infinito y la eternidad perfectamente interiorizados. Sublime. Porque el amor no dejará de estar presente en toda nuestra existencia, de ser nuestra mayor aspiración. Y lo seguirá siendo incluso cuando el bosón de Higgs se convierta para la mayoría de nosotros en únicamente un dato más en los libros de ciencia, como la teoría de la relatividad o la ley de la gravitación universal, limitada su repercusión al ámbito de unos cuantos investigadores que seguirán empeñados en atrapar una verdad que no dejará de escurrirse entre sus dedos, celebrando esos grandes pequeños descubrimientos intermedios que, si bien pueden destruirnos, también se orientan a prolongar nuestra existencia, conscientes de que mientras existan personas para soñar el sueño permanecerá vivo.

The greatest thing you’ll ever learn

Algunas personas son iconoclastas por naturaleza. Nada les satisface en su orden establecido y necesitan derribar todo aquello a lo que otros se aferran con ilusión, considerando que para ellos no resulta válido ni útil. Creencias, ritos y hábitos que en sus mentes se encuentran estrechamente vinculados a una mediocridad que ellos rechazan para sí, por considerarlas propias del vulgar ciudadano de a pie, tan alejado de sus altos ideales, suelen ser el objetivo de sus dardos. Y da lo mismo que este feroz inconformismo se atenúe casi siempre con el paso del tiempo, o que ese supuesto espíritu crítico acabe resultando finalmente muy previsible, al limitarse por norma general a negar lo comúnmente aceptado por la sociedad, porque no es de esto de lo que pretendía escribir hoy, sino de cómo en algunas ocasiones el resultado de una cierta dejadez puede ser confundido con las ambiciones de una vieja iconoclasia.

Hace apenas un par de días, por si alguien no se ha enterado, se celebró San Valentín, el día de los enamorados, como se le suele llamar. Por mi parte, ni envié flores, ni cené en compañía a la luz de las velas. Es más, creo que ni siquiera un “te quiero” se escapó entre mis labios durante esas veinticuatro horas. Pero bueno, no creo que quien debiera recibir mis obsequios se haya visto sorprendida por mi falta de atención, aunque en eso tal vez esté equivocado. La cuestión es que mi desidia en cuanto a la demostración de mis sentimientos el 14 de febrero no se debe a que desprecie el mercantilismo que tal fecha lleva asociado, por mucho que así sea, sino, simplemente, a que soy un desastre. Podría aferrarme, de forma iconoclasta, a que, como canta Chet Baker en la, para mí, versión definitiva de ese himno al amor llamado “My Funny Valentine”, en su compañía, cada día es San Valentín. Pero diciendo eso no estaría más que cayendo en mi propia trampa, pues si cada día del año es San Valentín, el 14 de febrero también lo es, por lo que mi excusa perdería su validez. Así, llegado a este punto, no me queda más remedio que reconocer mi culpa e intentar desfacer el entuerto que podría haber causado. Por tanto, y ahora me dirijo sólo a ti, mi amada, te pido desde aquí que no cambies nunca y que sigas cuidando de mí.

Porque aunque el cariño que se siente no pueda quedar fielmente registrado en sólo unas cuantas líneas, eso no es disculpa para no decirlo de todos modos, no vaya a ser que un día se cruce en tu camino una persona que haya recorrido el mundo, alguien sabio, aunque algo tímido y de triste mirar, para revelarte, en medio de historias de reyes y de locos, que, en tu vida, lo más importante que aprenderás es a amar y ser amado. Y si por ello hay que celebrar San Valentín, pues habrá que aceptarlo. Porque a veces, en el fondo, no hay mayor iconoclasta que aquel que decide actuar conforme a las reglas establecidas.

There was a boy
A very strange enchanted boy
They say he wandered very far, very far
Over land and sea
A little shy and sad of eye
But very wise was he

And then one day
A magic day he passed my way
And while we spoke of many things
Fools and kings
This he said to me:
“The greatest thing you’ll ever learn
Is just to love and be loved in return”

Pegado a ti

No sabría decir cuándo, dónde, cómo, ni en cuántas ocasiones, pero puedo asegurar que la música me ha salvado la vida. Como un faro que ilumina mi camino, señalando aquellas rocas en las que podría encallar, o como un madero al compás de la corriente al que poderme aferrar cuando el naufragio ha sido inevitable, ella siempre ha estado conmigo.

Recuerdo, de niño, poner la radio al acostarme y escuchar Plásticos y decibelios (nunca un programa de radio ha tenido un nombre igual de bueno) en Los 40 Principales, al tiempo que mis primeras musicasetes sonaban incansables en aquel magnetófono que no tardaría en dejar paso a un radiocasete de doble pletina, cambio que fomentó entre los amigos un creciente mercado de ida y vuelta de cintas que quedaba fielmente registrado en aquellas ya lejanas TDK de 90 minutos, proceso en el que se reservaban las cintas de cromo para los mejores álbumes. Era la segunda mitad de los años 80, y en televisión, en lugar de masacrarnos con publicidad, a menudo emitían unos minutos de vídeos musicales entre programa y programa. Eran, asimismo, los años de Tocata y, luego, de Rockopop. El cambio de década trajo consigo un nuevo formato y, de la mano de la flamante minicadena que llegó a mis manos en las navidades de 1990 (sin duda, el mejor regalo que he recibido), el disco de vinilo entró en mi vida. Por aquel entonces aguardaba el catálogo de Discoplay (y sus subsiguientes pedidos) con ansiedad. Poco después el disco compacto comenzó a adueñarse de mis estanterías con la presunción de verse como el formato definitivo, con un tamaño que lo hacía cómodo y manejable y amparado en la insuperable limpieza del sonido digital, aunque no tardarían en aparecer aquellos que añoraban el sonido de la aguja en el surco del vinilo. Y a partir de ahí, el efecto 2000: el mp3 y su inevitable relación amor/odio con el apasionado amante de la música. Todos los discos del mundo se hallaban de pronto al alcance de un click, mientras que todos los discos que a lo largo de tu vida se habían hecho un hueco en tu corazón se veían repentinamente relegados, condenados al ostracismo al encontrarse a la insalvable distancia de dos pasos de la silla del ordenador. Mi denodado fetichismo me mantiene, aún a día de hoy, sujeto al formato físico. Sigo necesitando transformar esa algarabía de ceros y unos en algo concreto, que pueda ver y tocar, que pueda llevar conmigo como un escudo frente a las adversidades, si bien, a pesar de todo, soy consciente de estar enfrascado en una batalla cuya única justificación es el romanticismo.

No toda la música que he escuchado en el pasado me sigue gustando a día de hoy. Cada etapa de mi vida ha tenido sus propios protagonistas, siendo estos en ocasiones antagonistas entre sí, y a los que yo con frecuencia convertía en extrañas parejas de alcoba, aunque esa no sea una cuestión relevante en realidad, sino la constatación de que siempre, en cualquier circunstancia, la música ha estado presente en mi día a día, aunque a veces la relación entre los distintos géneros pudiera resultar difícil de definir.

Son incontables las horas que he dedicado a cambiar impresiones sobre canciones, discos, músicos y géneros, en una continua permuta de información, algunas veces acertada y otras no. Y no me puedo olvidar, de ningún modo, de las amistades surgidas o fortalecidas al amparo de tales conversaciones. Palabras al servicio de una pasión, no siempre expresadas oralmente: las revistas musicales también han jugado un importante papel en esta educación sentimental; desde El Gran Musical hasta la virtual Pitchfork, pasando por Metal Hammer, la efímera Spiral, Factory y, cómo no, la ineludible Rockdelux, entre otras publicaciones y suplementos.

No deja de ser curioso, por cierto, que nunca haya tenido una guitarra, ni ningún otro instrumento, salvo una vieja trompeta de, para mí, incalculable valor, pese a tener rota la vara de acorde y, consecuentemente, no poder emitir ningún sonido. Aunque ese tema no es el que me ocupa en estos momentos.

Ha sido tal mi devoción, que en ocasiones me he planteado si yo tengo una colección de discos, o si, por el contrario, yo soy prisionero de ella. Y todo ello a expensas de que estos últimos años ha operado un cambio profundo, casi diría que de raíz, en el modo en que me aproximo a la música, pasando de hacerlo como un melómano a hacerlo ahora con un afán más propio de un investigador o (salvando las distancias) un antropólogo, aunque la realidad sea que después de tanto tiempo sigo siendo un aprendiz.

Por tanto, si, como parece, la música y yo vamos a pasar juntos el resto de mi vida, he llegado a la conclusión de que lo mejor será que la ame. Que la siga amando.