Superstition

Desde el nacimiento de la civilización el ser humano se ha empeñado en interpretar determinadas particularidades de la realidad y atribuirles significados o poderes que exceden lo racional y lo sensorial, ubicándose en el terreno de lo meramente especulativo, casi siempre bajo la lente de lo esotérico. La transmisión oral de esas creencias, cuyos remotos orígenes supongo que generalmente se hallarán perdidos en los oscuros confines de un pasado mucho más crédulo e ingenuo, ha permitido la pervivencia de muchas de ellas hasta estos tiempos nuestros, tan científicos y racionales, tan empíricos y escépticos, en los que sorprendentemente siguen gozando de una enorme aceptación y difusión entre gran parte de la población. La búsqueda de señales que nos indiquen si un momento es propicio o no para la realización de una determinada labor, o si una empresa es susceptible de fracasar por motivos ante los que cualquier precaución humana hubiera resultado inútil, pues sus poderes no corresponden a nuestro mismo orden, ha sido una obsesión para el hombre. Los augures de la Antigüedad leían en el vuelo de las aves presagios de la voluntad de los dioses, lo mismo que en la evisceración de los animales recién degollados; los encuentros inesperados, las caídas, los sueños y los signos físicos eran, igualmente, fuente de supuestas indicaciones, de orden divino, natural o social, acerca de lo que podría acontecer. Frente a algunas de esas arcaicas creencias, nuestras modernas supersticiones resultan, desguarnecidas de todo ornamento místico o metafísico, mucho más prosaicas en comparación, más allá de lo poético que pueda subsistir en el reflejo multidireccional de un espejo roto o en el elegante porte felino de un gato negro.

La imaginería popular asegura que las herraduras, cruzar los dedos, las patas de conejo, los tréboles de cuatro hojas y los elefantes con la trompa hacia arriba dan buena suerte, mientras que derramar la sal, pasar por debajo de una escalera, abrir un paraguas dentro de casa, levantarse con el pie izquierdo y el color amarillo se hallan comúnmente vinculados a la mala fortuna. No sé en qué porcentaje las situaciones anteriores (u otras análogas) pueden darse de forma cotidiana en la vida de cada uno de nosotros, pero, aun a riesgo de dejarme arrastrar también yo por la inverosímil infalibilidad de estas leyes del azar de carácter totalmente acientífico, sí creo que podría reconocer entre las personas que me rodean a algunas que se diría que parecen estar tocadas por la varita mágica de la providencia y a otras que, en el otro extremo, podrían ser calificadas, más que como desafortunadas,  con el castizo apelativo de gafes, individuos que no sólo caminan con un oscuro nubarrón sobre ellos, sino que poseen la ciertamente prescindible capacidad de extender su borrasca a su alrededor. Claro está que estas apreciaciones mías, al igual que las de cualquier otro, son puramente subjetivas y están realizadas desde el profundo desconocimiento de los detalles más íntimos de la vida de esas personas, las cuales supongo yo que en su mayoría no se sentirían identificadas ni con el rol de bienaventuradas ni con el de infaustas desdichadas. A la hora de reconocer la influencia del azar (o de los designios) en nuestras vidas apenas hallaremos a quien alardee de su buena suerte. Cuando algo positivo e inesperado nos sucede tendemos a recibirlo como un justo premio con el que el destino reconoce los méritos que hemos acumulado en cualquier otro menester. El infortunio, sin embargo, es una opción recurrente para mostrar nuestro resentimiento contra un orden de acontecimientos que solemos considerar injusto o desmedido. Dinah Washington, consciente de lo que realmente ha de ser considerado como desventura, cantó a la soledad y al maltrato con hastiada resignación. Acostumbrada a pruebas y dificultades, a estar sola, triste y en la ruina, a ser tomada por loca y utilizada como una herramienta, ha llegado a un punto en el que la mala suerte ya le resulta indiferente.

Pero bueno, toda esta disertación, en el fondo, no ha sido más que un rodeo para decir que este blog mío que surgió de la nada una tarde de aburrimiento del pasado mes de febrero ha alcanzado, con la presente, la cifra de trece publicaciones. No son muchas, lo sé. Pero permítaseme la licencia de que a título personal considere que estos más de seis meses supongan para el firmante una victoria frente a su habitual inconstancia, por lo que esta decimotercera publicación merece ser celebrada por él como un nuevo argumento con el que hacer frente a un temor más real que cualquier mal augurio que la superstición pueda presagiar: el abandono. Trece posts. Trece. Lo digo con orgullo, aunque no llegue a tatuarme tal cifra en el pecho, algo que sí luce la chica latina a la que que Frank Black, cuando todavía se hacía llamar Black Francis, cantaba en la canción de Pixies titulada “Number 13 baby”. Trece actualizaciones. Sería fantástico que llegase a haber trece más. O trece veces trece. Sí, es posible que ya esté cayendo en una gratuita recreación en torno a esa icónica conjunción de vecinos del dos, pero que nadie tema por mí, pues lo hago desde el más profundo descreimiento. Mi agnóstica opinión personal en lo referente a las supersticiones concuerda total y absolutamente con la expresada en 1972 por el todavía joven, pero ya entonces veterano, Stevie Wonder, cuando afirmaba en el estribillo de “Superstition” que cuando crees en cosas que no llegas a comprender estás abocado al sufrimiento, y que la superstición no es el camino, lo cual resulta perfectamente aplicable tanto para las creencias de origen tradicional como para esas otras supercherías que se hacen llamar religiones.

Por supuesto, el hecho de que mi impío y pragmático raciocinio me impida conceder margen de maniobra a oscuras fuerzas de carácter sobrenatural no implica que no respete y tolere a quienes sí lo hacen. Es más, incluso diría que si el temor a la acción retributiva de un karma que devolvería el mismo daño que se pudiera causar frena o aminora los malos instintos de algunos de nosotros, bienvenido sea. El acto de creer o no creer, además, no responde a una voluntad, sino que es la consecuencia de la particular asimilación del mundo por parte del individuo. Yo no he decidido ser escéptico y receloso, simplemente he llegado a ello, y, del mismo modo, las sensaciones de quien en su interior intuye la certidumbre de la existencia de dioses, espíritus y augurios son igualmente lícitas y equiparables en dignidad. Toda posición es válida siempre y cuando no afecte a la libertad de elección o acción de los demás, y sana mientras no fuerce al individuo a actuar en contra de su propia integridad física o moral. En ese aspecto, a aquéllos que se sientan perseguidos por el mal fario con mayor frecuencia de la que la probabilidad y la estadística indican que le correspondería y que no encuentren una salida para su desgracia, solamente se me ocurre decirles que no desesperen, que la vida, regida o no por entes superiores, puede cambiar en cualquier momento. PJ Harvey en “Good fortune” arrojó su mala fortuna desde lo alto de un edificio tras enamorarse, al tiempo que asegura que muchas cosas que en su vida ella consideraba irrealizables finalmente habían tenido lugar. Sintiéndose como un ave del Paraíso, inocente como un niño, de pronto todo el mundo a su alrededor tiene algo agradable que decir. Y esto es así porque la actitud positiva es, posiblemente, un aliado necesario para atreverse a comenzar a referirse al número trece por su nombre y dejar de hacerlo como doce más uno.

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