Ladies and gentlemen we are floating in space

Hace unos cuantos días la Organización Europea para la Investigación Nuclear anunció que se habían hallado indicios de que la hipótesis sobre la ruptura de la simetría en la teoría electrodébil desarrollada por el físico Peter Higgs en el ya lejano 1964 parece ser correcta. Los experimentos llevados a cabo en el gran colisionador de hadrones del CERN han constatado la aparición de una esquiva partícula, el bosón de Higgs, que es responsable directa de la conversión en masa de la energía, o por decirlo de otro modo, de la propia existencia material, por lo que también se la conoce, no sin cierta ironía, como “la partícula de Dios”. La importancia de este hallazgo es tal que incluso el estamento eclesiástico lo ha interpretado de forma interesada y casi surrealista como una evidencia de la obra de un ser supremo, aunque su valor real ha sido el de confirmar la validez del Modelo Estándar de la Física con el que los investigadores trabajaban hasta la fecha y en cuya ecuación el bosón de Higgs era una incógnita imprescindible, pero cuya propia existencia sólo se basaba en deducciones que no habían podido ser comprobadas, de ahí la satisfacción derivada de este descubrimiento que confirma que avanzan en la dirección correcta. La cuestión para quienes no estamos familiarizados con la mecánica de la física cuántica es otra. ¿Avanzar hacia dónde? ¿Con qué finalidad? ¿De qué forma nos beneficiará el conocimiento de la verdad? La ciencia es un Dios cruel, como mínimo tanto como cualquier otro de los que se veneran en los cultos religiosos. Cada nuevo descubrimiento no hace más que sepultarnos en nuestra propia insignificancia. Sí, somos pequeños. Tan pequeños que un grano de arena en el fondo de un océano es mucho mayor que nuestro planeta en el firmamento. Y sí, sólo estamos de paso. Los cien años que sólo unas cuantas personas llegan a vivir no se merecerían ni un par de palabras en la historia de los trece mil setecientos millones de años que han pasado desde el Big Bang. Cada interrogante que se logra resolver ofrece como respuesta un abanico de nuevas dudas y sólo contribuye a desmontar nuestros mitos y creencias supersticiosas sin ofrecernos a cambio ninguna explicación de por qué estamos aquí ni ninguna razón por la que seguir existiendo. La ciencia, fría y precisa como un bisturí, incluso nos niega la hermosa mentira de una justicia universal, de un reino post mortem en el que se verían recompensados nuestros sacrificios mundanos. Crece nuestro conocimiento, crece todavía más nuestra ignorancia. Y esto es así hasta el punto de que medimos el saber en función de las preguntas que podemos llegar a plantearnos, pues las respuestas, cuando se obtienen, son poco más que una excepción. No somos más que una anomalía en el universo. Y probablemente una cierta conciencia de esa insustancialidad habite de forma innata dentro de nosotros. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez contemplando una puesta de sol? ¿Quién no ha sentido una cierta congoja al confirmar durante una noche de verano que sobre nuestras cabezas gravitan más estrellas de las que seríamos capaces de contar?

No es mi intención, claro está, desacreditar el trabajo de los científicos, pues su labor me parece extraordinariamente loable. Admiro la casi siempre anónima generosidad de su esfuerzo, su dedicación incondicional aun siendo conscientes de que probablemente mueran antes de toparse con la verdad que persiguen, con el fin mismo de sus investigaciones. El científico debe asumir que su función no es otra que la de allanar el camino a sus sucesores, que los destinatarios de sus descubrimientos son aquellos que a día de hoy todavía no han nacido, y no se me ocurre una responsabilidad mayor que la de fijar las bases del conocimiento sobre las que los futuros habitantes del planeta desarrollarán sus creencias, su concepto mismo de la existencia. The Flaming Lips, conocedores de ello, nos contaban en 1999 la historia de dos de esos científicos que compiten frente a frente por la obtención de un premio que consiste en un bien para toda la humanidad, haciéndose eco del sacrificio que para ellos supone esa determinación y recordándonos que después de todo ellos también son simples personas con esposas e hijos. Cuatro años después, recogiendo el testigo de los de Oklahoma, los integrantes de La Costa Brava realizaron una adaptación de “Race for the prize” al castellano, titulada “Dos científicos (Carrera por el premio)”.

Salvar a la humanidad… ¿es eso posible? Los hallazgos de la ciencia no siempre se emplean de una forma adecuada y nunca faltarán mentes perversas que orienten los nuevos conocimientos hacia la senda de la aniquilación. Me pregunto, de hecho, si habrá entre las formas de vida conocida alguna otra especie que dedique tanto esfuerzo a su propia autodestrucción. Sería fabuloso que pusiéramos el mismo empeño en mejorar nuestras relaciones, en ayudarnos los unos a los otros. En Homogenic, su disco de 1997, Björk pasa a lo largo de sus diez canciones por todos los estados posibles entre el abandono y la recuperación de la ilusión. En “Alarm call”, el octavo capítulo de esa transición, la islandesa asegura que tras haber recorrido la tierra y haber conocido a sus gentes puede decir con sinceridad que le gustan los seres que se ha encontrado, al tiempo que, radiante, afirma que no se puede rechazar la esperanza y negar la felicidad. Su deseo, quimérico donde los haya, sería alcanzar la cima de una montaña con una radio y unas buenas baterías y poner una alegre melodía que liberase a la raza humana del sufrimiento. ¿No sería fantástico que la ciencia evolucionase bajo esa premisa? Pero no. El pragmatismo está lejos de ser el fin de su existencia. Sólo la verdad importa. Y la verdad no nos hará libres.

¿Qué esperanza nos queda, entonces? Vivimos sumidos en un laberinto de dudas, atenazados por el dolor y el miedo, angustiados por cuestiones cada vez más prosaicas, tan centrados en la ilusión de un equivocado antropocentrismo que parecemos olvidar que nuestro planeta no es más que una mota de polvo a la deriva en el cosmos, cuando sólo debería preocuparnos que nuestro tránsito por esta burbuja que es la vida fuese para nosotros una experiencia lo más agradable y placentera posible. Y no intento con estas palabras promover una búsqueda del placer exclusivamente hedonista, sino más bien una bucólica resignación en la que la asunción de la propia insignificancia transforme la amargura en una felicidad melancólica, pero felicidad al fin y al cabo. La celestial y homónima apertura del Ladies and gentlemen we are floating in space que Spiritualized publicaron en 1997 muestra con claridad el camino a seguir: todo lo necesario en la vida es un poco de amor para acabar con el dolor. Sensibilidad y conciencia de la nada cogidas de la mano hasta el final, flotando en el espacio a través de los tiempos. El infinito y la eternidad perfectamente interiorizados. Sublime. Porque el amor no dejará de estar presente en toda nuestra existencia, de ser nuestra mayor aspiración. Y lo seguirá siendo incluso cuando el bosón de Higgs se convierta para la mayoría de nosotros en únicamente un dato más en los libros de ciencia, como la teoría de la relatividad o la ley de la gravitación universal, limitada su repercusión al ámbito de unos cuantos investigadores que seguirán empeñados en atrapar una verdad que no dejará de escurrirse entre sus dedos, celebrando esos grandes pequeños descubrimientos intermedios que, si bien pueden destruirnos, también se orientan a prolongar nuestra existencia, conscientes de que mientras existan personas para soñar el sueño permanecerá vivo.

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Be thankful for what you got

Hay algo profundamente grosero en el dinero, en los asuntos que tratan sobre él y en el modo en que rige nuestras vidas. A su sombra se ha desarrollado lo peor del ser humano y se ha relativizado el valor de lo realmente imprescindible para la supervivencia, como los alimentos. La avaricia no tenía lugar en aquellos tiempos pasados en los que el trueque era el método comercial por excelencia, pues la acumulación desmesurada de bienes en su mayoría perecederos sería un sinsentido, pero, en cambio, el dinero sí se presta al acopio de reservas mucho mayores de lo que realmente serían necesarias, pues carece de un valor real y su importancia se descubre únicamente en un contexto potencial. Por supuesto, no me limitaré aquí y ahora a cantar las bondades idealizadas de un procedimiento ya obsoleto, pues soy consciente de que el progreso y el desarrollo que hemos alcanzado es fruto también de este sistema comercial basado en el dinero, pero no por ello debemos dejar de denunciar ciertas actitudes que, no nos dejemos engañar, serían perfectamente subsanables. El dinero, actualmente, es una herramienta con la que crear miedo e inseguridad, además de un instrumento para estratificar la sociedad en cientos de categorías, mediante esa bochornosa asimilación de la valía personal y el prestigio social a los bienes materiales. El dinero, más que una posesión, acaba siendo nuestro poseedor, capaz de comprar almas y voluntades. Con él nace ese dicho humillante de que todo tiene un precio, que nos rebaja al nivel de simple mercancía. Que el esfuerzo de una persona pueda ser cuantificado en cifras que apenas le permitan subsistir o que ciertas necesidades se hallen condicionadas a la disponibilidad de recursos monetarios, no hacen más que mostrarnos cuánto de obsceno hay en el reparto de la riqueza y lo indecente que resulta que habiendo recursos materiales para todos y cada uno de nosotros, algunos todavía carezcan de lo imprescindible. Pero no es fácil salirse de esta rueda sin peligro de que todo el carro nos pase por encima, pues formamos parte del engranaje de esta máquina que nos mantiene sometidos, obligados a rendir culto, o más bien vasallaje, a esos dioses paganos hechos de papel o de aleaciones de cobre y zinc. Y es que ya lo decía Barrett Strong en 1959: The best things in life are free (…)But your lovin’ don’t pay my bills.

La sociedad de consumo en la que estamos inmersos nos crea supuestas necesidades que resultarían difíciles de comprender para las personas de una generación anterior a la nuestra. Se nos ha hecho creer que la riqueza es algo a lo que debemos aspirar, como si fuese una virtud en sí misma, cuando no es así. Pero aclaremos, para eliminar posibles suspicacias demagógicas, que tampoco tiene por qué ser algo intrínsecamente corrompido, sino que depende del modo en que se haya reunido y de su empleo y distribución, aunque no se puede negar que alrededor de las fuentes de riqueza suelen surgir multitud de crápulas e interesados que tiñen de desconfianza todas y cada una de sus acciones. No debe de ser fácil, supongo, para alguien acaudalado, distinguir entre las cohortes de aduladores a aquellos que no están interesados más que en su fortuna. Paul McCartney, al frente de The Beatles en “Can’t buy me love”, ofrece a su amada un anillo de diamantes, o cualquier otra cosa que él le pueda conseguir, aunque lo que ansía escuchar de ella es que lo que desea es otro tipo de cosas que el dinero no puede comprar.

Debemos asumir que la mayoría de nosotros no podremos disfrutar de ciertos bienes que únicamente se encuentran al alcance de una minoría, a menudo sin que ese círculo privilegiado le conceda mayor importancia. Y debemos plantearnos si nosotros sí los valoraríamos en caso de poseerlos, o si, por el contrario, buscaríamos nuevos objetivos con los que alimentar nuestra insatisfacción. El dinero, si bien, como dice el tópico, no da la felicidad, sí otorga una parcela de tranquilidad que te permite abstraerte de preocupaciones más mundanas y centrarte, aunque no garantice el éxito en esa empresa, en la consecución de la realización personal. Lo material es atractivo y alimenta nuestras ambiciones, pero no deberíamos convertirlo en reflejo de nuestra dignidad. En 1974, William DeVaughn ya nos revelaba en su canción “Be thankful for what you got” que aunque no podamos conducir un gran Cadillac, o aunque ni siquiera podamos poseer un coche cualquiera, no tenemos por qué sentirnos inferiores, al tiempo que nos insta a ser agradecidos por lo que hemos conseguido. Unas palabras que pueden parecer conformistas, pero que no lo son. Nada puede ser más atrevido, subversivo y satisfactorio que el aprender a ser felices con lo que somos.