Ladies and gentlemen we are floating in space

Hace unos cuantos días la Organización Europea para la Investigación Nuclear anunció que se habían hallado indicios de que la hipótesis sobre la ruptura de la simetría en la teoría electrodébil desarrollada por el físico Peter Higgs en el ya lejano 1964 parece ser correcta. Los experimentos llevados a cabo en el gran colisionador de hadrones del CERN han constatado la aparición de una esquiva partícula, el bosón de Higgs, que es responsable directa de la conversión en masa de la energía, o por decirlo de otro modo, de la propia existencia material, por lo que también se la conoce, no sin cierta ironía, como “la partícula de Dios”. La importancia de este hallazgo es tal que incluso el estamento eclesiástico lo ha interpretado de forma interesada y casi surrealista como una evidencia de la obra de un ser supremo, aunque su valor real ha sido el de confirmar la validez del Modelo Estándar de la Física con el que los investigadores trabajaban hasta la fecha y en cuya ecuación el bosón de Higgs era una incógnita imprescindible, pero cuya propia existencia sólo se basaba en deducciones que no habían podido ser comprobadas, de ahí la satisfacción derivada de este descubrimiento que confirma que avanzan en la dirección correcta. La cuestión para quienes no estamos familiarizados con la mecánica de la física cuántica es otra. ¿Avanzar hacia dónde? ¿Con qué finalidad? ¿De qué forma nos beneficiará el conocimiento de la verdad? La ciencia es un Dios cruel, como mínimo tanto como cualquier otro de los que se veneran en los cultos religiosos. Cada nuevo descubrimiento no hace más que sepultarnos en nuestra propia insignificancia. Sí, somos pequeños. Tan pequeños que un grano de arena en el fondo de un océano es mucho mayor que nuestro planeta en el firmamento. Y sí, sólo estamos de paso. Los cien años que sólo unas cuantas personas llegan a vivir no se merecerían ni un par de palabras en la historia de los trece mil setecientos millones de años que han pasado desde el Big Bang. Cada interrogante que se logra resolver ofrece como respuesta un abanico de nuevas dudas y sólo contribuye a desmontar nuestros mitos y creencias supersticiosas sin ofrecernos a cambio ninguna explicación de por qué estamos aquí ni ninguna razón por la que seguir existiendo. La ciencia, fría y precisa como un bisturí, incluso nos niega la hermosa mentira de una justicia universal, de un reino post mortem en el que se verían recompensados nuestros sacrificios mundanos. Crece nuestro conocimiento, crece todavía más nuestra ignorancia. Y esto es así hasta el punto de que medimos el saber en función de las preguntas que podemos llegar a plantearnos, pues las respuestas, cuando se obtienen, son poco más que una excepción. No somos más que una anomalía en el universo. Y probablemente una cierta conciencia de esa insustancialidad habite de forma innata dentro de nosotros. ¿Quién no se ha emocionado alguna vez contemplando una puesta de sol? ¿Quién no ha sentido una cierta congoja al confirmar durante una noche de verano que sobre nuestras cabezas gravitan más estrellas de las que seríamos capaces de contar?

No es mi intención, claro está, desacreditar el trabajo de los científicos, pues su labor me parece extraordinariamente loable. Admiro la casi siempre anónima generosidad de su esfuerzo, su dedicación incondicional aun siendo conscientes de que probablemente mueran antes de toparse con la verdad que persiguen, con el fin mismo de sus investigaciones. El científico debe asumir que su función no es otra que la de allanar el camino a sus sucesores, que los destinatarios de sus descubrimientos son aquellos que a día de hoy todavía no han nacido, y no se me ocurre una responsabilidad mayor que la de fijar las bases del conocimiento sobre las que los futuros habitantes del planeta desarrollarán sus creencias, su concepto mismo de la existencia. The Flaming Lips, conocedores de ello, nos contaban en 1999 la historia de dos de esos científicos que compiten frente a frente por la obtención de un premio que consiste en un bien para toda la humanidad, haciéndose eco del sacrificio que para ellos supone esa determinación y recordándonos que después de todo ellos también son simples personas con esposas e hijos. Cuatro años después, recogiendo el testigo de los de Oklahoma, los integrantes de La Costa Brava realizaron una adaptación de “Race for the prize” al castellano, titulada “Dos científicos (Carrera por el premio)”.

Salvar a la humanidad… ¿es eso posible? Los hallazgos de la ciencia no siempre se emplean de una forma adecuada y nunca faltarán mentes perversas que orienten los nuevos conocimientos hacia la senda de la aniquilación. Me pregunto, de hecho, si habrá entre las formas de vida conocida alguna otra especie que dedique tanto esfuerzo a su propia autodestrucción. Sería fabuloso que pusiéramos el mismo empeño en mejorar nuestras relaciones, en ayudarnos los unos a los otros. En Homogenic, su disco de 1997, Björk pasa a lo largo de sus diez canciones por todos los estados posibles entre el abandono y la recuperación de la ilusión. En “Alarm call”, el octavo capítulo de esa transición, la islandesa asegura que tras haber recorrido la tierra y haber conocido a sus gentes puede decir con sinceridad que le gustan los seres que se ha encontrado, al tiempo que, radiante, afirma que no se puede rechazar la esperanza y negar la felicidad. Su deseo, quimérico donde los haya, sería alcanzar la cima de una montaña con una radio y unas buenas baterías y poner una alegre melodía que liberase a la raza humana del sufrimiento. ¿No sería fantástico que la ciencia evolucionase bajo esa premisa? Pero no. El pragmatismo está lejos de ser el fin de su existencia. Sólo la verdad importa. Y la verdad no nos hará libres.

¿Qué esperanza nos queda, entonces? Vivimos sumidos en un laberinto de dudas, atenazados por el dolor y el miedo, angustiados por cuestiones cada vez más prosaicas, tan centrados en la ilusión de un equivocado antropocentrismo que parecemos olvidar que nuestro planeta no es más que una mota de polvo a la deriva en el cosmos, cuando sólo debería preocuparnos que nuestro tránsito por esta burbuja que es la vida fuese para nosotros una experiencia lo más agradable y placentera posible. Y no intento con estas palabras promover una búsqueda del placer exclusivamente hedonista, sino más bien una bucólica resignación en la que la asunción de la propia insignificancia transforme la amargura en una felicidad melancólica, pero felicidad al fin y al cabo. La celestial y homónima apertura del Ladies and gentlemen we are floating in space que Spiritualized publicaron en 1997 muestra con claridad el camino a seguir: todo lo necesario en la vida es un poco de amor para acabar con el dolor. Sensibilidad y conciencia de la nada cogidas de la mano hasta el final, flotando en el espacio a través de los tiempos. El infinito y la eternidad perfectamente interiorizados. Sublime. Porque el amor no dejará de estar presente en toda nuestra existencia, de ser nuestra mayor aspiración. Y lo seguirá siendo incluso cuando el bosón de Higgs se convierta para la mayoría de nosotros en únicamente un dato más en los libros de ciencia, como la teoría de la relatividad o la ley de la gravitación universal, limitada su repercusión al ámbito de unos cuantos investigadores que seguirán empeñados en atrapar una verdad que no dejará de escurrirse entre sus dedos, celebrando esos grandes pequeños descubrimientos intermedios que, si bien pueden destruirnos, también se orientan a prolongar nuestra existencia, conscientes de que mientras existan personas para soñar el sueño permanecerá vivo.

Ghost town

Siendo muy jóvenes, y por razones con frecuencia arbitrarias, tomamos decisiones que indefectiblemente conducirán nuestras vidas en dirección a las personas con las que compartiremos nuestro futuro. Sí, ya sé que lo que he dicho es una obviedad, por lo que permítaseme matizar que me refiero a ciertas elecciones en las que de forma voluntaria entre varias opciones disponibles nos decantamos por una en concreto, sin pensar en que a partir de ahí se comenzará a construir nuestro porvenir y que sólo podremos luego especular en torno a qué hubiera sido de nosotros si en lugar de habernos inclinado por esa posibilidad lo hubiéramos hecho por otra. Yo, personalmente, considero un momento clave en mi vida aquel en el que al finalizar la extinta E.G.B. decidí continuar mis estudios en el lugar en el que así lo hice. Tenía entonces varias posibilidades, tres concretamente, y opté por la menos habitual entre los jóvenes de mi localidad, si bien ese curso fuimos varios los que tomamos esa dirección. ¿Mis razones? Pues no las recuerdo con claridad, pero supongo que influyó el hecho de que un amigo de entonces estudiase desde pequeño en ese mismo pueblo, aunque no en el mismo centro. Ese lugar, aunque yo en ese momento no me lo plantease, estaba llamado a convertirse en un punto cardinal de mi vida desde ese preciso instante. En el instituto conocí a muchas de las personas que a día de hoy siguen conformando mi círculo de amistades, y el hecho de que ese mismo pueblo en esa época se convirtiese en un centro neurálgico de vida social, referente de toda la comarca, lo convertía en el lugar de encuentro también fuera de las aulas. Luego, ya se sabe, las típicas historias de una etapa, entre la adolescencia y el despertar a la vida adulta, en las que las emociones se disfrutan y se sufren de un modo muy pasional, siempre entre el drama y la euforia. El número de pubs y discotecas crecía año tras año y la afluencia al pueblo lo hacía en la misma proporción. Recuerdo tardes de domingo hace ya veinte años en los que las aceras eran hervideros de gente y unos cuantos años después locales que echaban el cierre a las siete de la madrugada todavía abarrotados. Recuerdo horas que parecían eternas recostado con algunos amigos a la sombra de los sauces, zambullidas en la cascada, conciertos entre los árboles, aguas termales, chaparrones al abrigo del paraguas, partidas de billar, incursiones fallidas en el lado salvaje, calles inundadas cada invierno, conversaciones teñidas de idealismo y decepción. Y recuerdo, sobre todo, infinidad de rostros, de amigos que ya no lo son y de amigos que lo siguen siendo, de personas que se han ido para no volver y de otras a las que no he vuelto a ver, de locos auténticos y locos de mentira, de amores que fueron y amores que no llegaron a ser. Pequeñas victorias, enormes derrotas. Mentiría si dijese que para mí fueron años felices, porque no lo fueron. Muy al contrario incluso me atrevería a afirmar que fue en esa época cuando una cierta tristeza arraigó en el fondo de mi ser decidida a no abandonarme jamás. Pero esa es otra historia que ahora no viene al caso. Por tanto, aunque mis recuerdos de esos años, mi evocación de ellos, quizá se encuentre contaminada por la sensación de que podrían haber sido, para mí, mejores de lo que fueron, no resta un ápice a la conciencia de que esa década probablemente haya sido, de largo, la mejor que haya vivido ese pueblo.

Porque el pueblo, ese pueblo, el lugar en el que se enmarcan todas esas emociones que han quedado señaladas a fuego en mi memoria, que han perfilado mi sensibilidad hasta convertirme en la persona que soy en el presente, no es, a día de hoy, ni la sombra de lo que fue en un pasado no tan lejano. Bien, supongo que ante tamaña afirmación lo correcto será que justifique de algún modo mi forma de pensar. Comenzaré liberando al pueblo de parte de la responsabilidad, admitiendo que también yo he cambiado, que ya no me afectan situaciones que antaño sí lo hacían, ya que la acumulación de desengaños me ha vuelto quizá más distante y no me involucro emocionalmente como entonces. Habrá quien pueda considerar que este estado de desafectación guarda relación con la tan cacareada madurez. No lo sé, pero está claro que es algo que se acentúa con el tiempo y la ausencia de nuevos retos. En cuanto al pueblo, en sí, es de ley reconocer que está mejor de lo que estaba, no demasiado, pues todavía queda mucho por hacer, pero sí algo mejor. Sus encantos naturales siguen existiendo, las inundaciones no son ya tan habituales y se han urbanizado con relativo criterio zonas que antes eran ocupadas por fincas. Pero hay algo de lo que antes el pueblo rebosaba y de lo que ahora, en mi humilde opinión, carece. Vida. Más allá de la retrospectiva nostálgica, más allá de que apenas comulgue con los gustos y modas de las nuevas generaciones que ahora ocupan y profanan los lugares que son santuarios de mi juventud, está el hecho, comprobado y comprobable, de que ya casi nada queda de los tiempos en los que me movía entre el gentío buscando algo sin saber el qué. ¿Cómo explicarle a quienes ahora comienzan a salir que los cuatro locales a los que pueden ir antes eran muchos más? ¿Se creerían que en los años en los que muchos de ellos nacieron era casi necesario salir de vez en cuando a la calle para refrescarse porque los interiores estaban tan llenos que resultaban agobiantes? ¿Por qué la juventud de los alrededores ha dejado de acudir al pueblo y sale en otros lugares, aunque para ello tenga que irse más lejos? El pueblo está muerto. He escuchado esa frase cientos de veces en la última década. Tantas que al decirlo en la actualidad se recuerda el momento en el que comenzó a decirse como todavía una buena época. The Specials publicaron en 1981 un single grandioso titulado “Ghost town”, y ese pueblo fantasma al que ellos cantan guarda alguna similitud con el pueblo del que yo hablo. Clubes que han sido cerrados como consecuencia de una exigente e incomprensible política municipal, común a la de otros ayuntamientos colindantes, aunque en este pueblo mucho más estricta en su ejecución, con el subsiguiente perjuicio de quienes regentan los locales; menor actividad cultural, sobre todo a partir de este año, ya que la crisis económica se ha llevado por delante el festival que cada verano llenaba la famosa carballeira durante un fin de semana en el que este lugar al que me refiero se convertía en el epicentro musical de toda la comunidad autónoma. Situaciones parecidas, realmente, hoy más que nunca: government leaving the youth on the shelf / this place, is coming like a ghost town / no job to be found in this country”. Evidentemente, no sólo han influido en el proceso de abandono vital del pueblo estos factores, sino que también ha habido otros para los que no se puede hallar ningún responsable. Las modas cambian y con ellas los hábitos. Las personas que durante los noventa acudían al pueblo antes iban a otros lugares, ahora la situación es la contraria. De todos modos, por más que existan ciclos en la concentración de la vida social, nada parece indicar que este lugar en el que a mí me tocó crecer vaya a recobrar jamás ni la mitad de lo que ya ha perdido. El pueblo está muerto. Nos queda la coletilla. Y si la nostalgia nos acecha siempre podremos hablar de algo: “Do you remember the good old days before the ghost town?”

No puedo dejar de admitir mi parte de responsabilidad en el decaimiento del pueblo, pues el granito de arena que supondría mi presencia hace ya casi tres años que ha cambiado de costal. Sólo la costumbre me empujaba a él cada fin de semana, a sus contados pubs casi vacíos, aburridos, donde el exceso de confianza entre clientes y propietarios producía la sensación de estar en una fiesta privada en la que los elementos discordantes nos encontrábamos con frecuencia un tanto fuera de lugar. El pueblo había perdido no sólo afluencia, sino también la personalidad. El ambiente me parecía cada vez más vulgar y chabacano. Ya no me encontraba a casi nadie de la gente de mi época, y de los que había una gran parte parecía haber quedado atrapada en la ilusión de un pasado que ya no volverá, comportándose como quince años atrás. Por tanto, lo lógico para mí era no volver, abandonarlo antes de que el respeto desapareciese como desapareció el encanto. El cariño, sin embargo, y a pesar de los sinsabores, siempre perdurará. Como dicen The Beatles en “In my life”, sé que de vez en cuando me detendré a pensar en el pasado, en las personas que de alguna forma han jugado algún papel en mi vida, y cuando lo haga este pueblo en cuyo instituto decidí matricularme sin suponer que en él encontraría la amistad y el amor nunca faltará en mis recuerdos.

There are places I’ll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places had their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I’ve loved them all

But of all these friends and lovers
There is no one compares with you
And these memories lose their meaning
When I think of love as something new
Though I know I’ll never lose affection
For people and things that went before
I know I’ll often stop and think about them
In my life I love you more

Though I know I’ll never lose affection
For people and things that went before
I know I’ll often stop and think about them
In my life I love you more
In my life I love you more

Spanish bombs

Ronda por mi cabeza desde hace unos meses, bastante reacia a dejarse atrapar, una idea sobre una historia ambientada en tiempos próximos a la Guerra Civil, que tanto podría encajar en sus preliminares, como en el propio momento de la contienda o en la posterior represión ejercida por el bando vencedor. Otra historia sobre la Guerra Civil… qué pesadez… parece que en este país no se pueda echar la vista atrás sin detenerse en nuestro más reciente conflicto armado. Cada año surgen nuevos títulos que utilizan el trasfondo bélico como reclamo para que acudamos a los cines o nos detengamos ante los escaparates de las librerías. Son muchas las razones que se pueden argumentar para justificar tal fijación: se podría decir, en lo que ya parece una frase hecha, que las heridas no han cicatrizado; que quienes gobernaron al margen de la democracia durante casi cuatro décadas no han pedido perdón por sus desmanes (democráticamente hablando, es igual de indigno que el nombre de una calle honre la memoria de un general golpista que la de un terrorista); que la injusticia de haber atentado contra la capacidad del pueblo para elegir a sus representantes no ha sido en España suficientemente estigmatizada (por no decir nada), al contrario de lo que sucede, por ejemplo, en Alemania con respecto al nazismo; el empeño por parte de quienes todavía creen que el Alzamiento no fue un golpe de estado en considerar que pretender desenterrar los cuerpos de los represaliados es una provocación y no un acto de justicia; la resistencia de muchos a creer que el pueblo es lo suficientemente maduro como para saber corregir sus decisiones en las urnas, cuando le parezca que quienes hayan gobernado no han estado a la altura; y que el pueblo es soberano y no necesita que ningún ejército con pretensiones paternalistas acuda a salvarlo en nombre de Dios y de la patria. El golpe militar fue en España casi un anacronismo histórico, pues en la vieja Europa, cuna de la civilización, hacía ya mucho tiempo que las revoluciones, como en Francia o Rusia, eran llevadas a cabo por el pueblo para derrocar a sus gobernantes cuando su despotismo acababa por afectar al sustento de la ciudadanía; pero no aquí, en nuestro país, donde con un comportamiento más propio de democracias jóvenes e inmaduras, como fueron en su día las independizadas colonias de Sudamérica o África, que de una nación en cuyo imperio hubo una época en la que no llegaba a ponerse el sol, se optó por la intimidación a través de las armas para forzar a un gobierno legítimo a renunciar a sus poderes, otorgados por el pueblo, y ante el fracaso en primera instancia de la sublevación, comenzar una guerra contra un enemigo no profesional, compuesto por milicias de distinto signo cuyo único punto de confluencia era la defensa del derecho a decidir. Ni siquiera Hitler, elegido democráticamente, ni Mussolini, que obtuvo el apoyo del parlamento italiano, cometieron tal atrocidad para auparse al poder.

Pero bueno, realmente no era de esto de lo que quería hablar, sino de otro aspecto de la guerra, menos historicista y truculento, innegablemente más romántico y sugerente, como es el mundo de las ideas. ¿Por qué mi historia, si no trata de ningún hecho real, si no depende de un contexto histórico, si no existen en ella personajes inspirados en personas que hayan existido, se instala en esos años determinados? La respuesta no se halla en el añejo resentimiento que en mí pueda existir como simpatizante del bando derrotado, sino en otro aspecto mucho más idealista: no abundan en tiempos recientes los enfrentamientos con una base puramente ideológica. Ni la Segunda Guerra Mundial la tuvo, pues Hitler fue combatido por resultar una amenaza, no por sus convicciones, ni mucho menos por su responsabilidad en el Holocausto. Los intereses económicos, los conflictos étnicos, la soberanía territorial… qué denigrantes excusas para aniquilarnos. Si el devenir de los tiempos llega a involucrarme en una guerra, lo cual espero que no suceda, preferiría ser fusilado en una cuneta, orgulloso de mis ideas, que alzarme victorioso en defensa del poder del capital.

Pero no nos dejemos arrastrar por un entusiasmo caduco y ya sobrepasado, la Guerra Civil española es un icono de la lucha por las libertades y como tal arrastró a su causa a intelectuales y voluntarios de múltiples nacionalidades, pero también un ejemplo de cómo la barbarie acaba por aproximar a los distintos contendientes más allá de sus presupuestos ideológicos: en el campo de batalla todos los bandos cometen crímenes de guerra porque la guerra es un crimen en sí misma y no hay en ella nada positivo, sólo muerte, dolor y desgracia, seguidas de humillación, marginación y exilio.

En la segunda mitad de los años setenta, cuando el punk era todavía algo más que una moda (creo recordar que se atribuye a Malcolm McLaren esa sentencia que dice que “el punk murió la primera vez que alguien puso en su ropa un imperdible sólo por imitación”); cuando Sex Pistols  reclamaban anarquía para el Reino Unido y atacaban a la monarquía desde una embarcación en medio del Támesis; cuando una juventud decepcionada, escéptica y sin expectativas de futuro decidió transgredir las normas y combatir las convenciones tradicionales; en ese momento, los adalides de ese nuevo movimiento necesitaban nuevos iconos paradigmáticos de sus nuevas ideas, porque ya nada de lo viejo resultaba válido. El nunca suficientemente reconocido, pese a ser uno de los guitarristas más sutiles y precisos del mundo (según reconocen sus compañeros de profesión), Viny Reilly, decidió en 1978 nombrar a su banda, rara avis del post punk donde las haya, como The Durutti Column, tras haber visto ese nombre en un cartel que homenajeaba a la figura del anarquismo español Buenaventura Durruti, quien condujo una columna (agrupación de militares y civiles) desde Barcelona a Zaragoza con intención de liberar la ciudad, en manos de los sublevados, para luego dirigirse a Madrid para colaborar en la defensa de la capital, donde fue muerto en extrañas circunstancias. Joe Strummer, por su parte, al frente de The Clash, tal vez la mejor banda surgida en esos años, la más plural y cosmopolita, la de mayor raigambre ideológica, también recordó nuestro conflicto (aunque persista en ella la sombra de una cierta connivencia con el terrorismo etarra) en una pieza de su imprescindible London Calling, “Spanish bombs”, donde no escasean imágenes que ya han pasado a formar parte de nuestra particular memoria histórica, como los fusilamientos en los muros de los cementerios, la turbia presencia de la Guardia Civil, los milicianos muertos en las colinas, los cánticos por la libertad o el infausto recuerdo de la muerte de un Federico García Lorca que, descontextualizando su poema “Vuelta de paseo”, con el que abre Poeta en Nueva York, recuperado luego por el tristemente desaparecido Enrique Morente en Omega, su encuentro con Lagartija Nick, fue “asesinado por el cielo”.

Luchas fratricidas, proclamas incendiarias, ideologías e injusticias, crímenes sin castigo, el bien y el mal, tierra bañada en sangre, lágrimas, amores separados y familias rotas, éxodos, miedo y heroísmo, verdades e interpretaciones, mentiras y propaganda, la vida y la muerte… pura literatura. Mientras nuestra capacidad para emocionarnos no sea inmune a los conflictos del ser humano, la creación artística seguirá inspirándose en lo más traumático de nuestro pasado. Y será algo totalmente lícito. Al fin y al cabo la guerra sólo es el contexto; y en el ámbito de la fabulación lo único importante e imprescindible es que la historia sea buena.

Be thankful for what you got

Hay algo profundamente grosero en el dinero, en los asuntos que tratan sobre él y en el modo en que rige nuestras vidas. A su sombra se ha desarrollado lo peor del ser humano y se ha relativizado el valor de lo realmente imprescindible para la supervivencia, como los alimentos. La avaricia no tenía lugar en aquellos tiempos pasados en los que el trueque era el método comercial por excelencia, pues la acumulación desmesurada de bienes en su mayoría perecederos sería un sinsentido, pero, en cambio, el dinero sí se presta al acopio de reservas mucho mayores de lo que realmente serían necesarias, pues carece de un valor real y su importancia se descubre únicamente en un contexto potencial. Por supuesto, no me limitaré aquí y ahora a cantar las bondades idealizadas de un procedimiento ya obsoleto, pues soy consciente de que el progreso y el desarrollo que hemos alcanzado es fruto también de este sistema comercial basado en el dinero, pero no por ello debemos dejar de denunciar ciertas actitudes que, no nos dejemos engañar, serían perfectamente subsanables. El dinero, actualmente, es una herramienta con la que crear miedo e inseguridad, además de un instrumento para estratificar la sociedad en cientos de categorías, mediante esa bochornosa asimilación de la valía personal y el prestigio social a los bienes materiales. El dinero, más que una posesión, acaba siendo nuestro poseedor, capaz de comprar almas y voluntades. Con él nace ese dicho humillante de que todo tiene un precio, que nos rebaja al nivel de simple mercancía. Que el esfuerzo de una persona pueda ser cuantificado en cifras que apenas le permitan subsistir o que ciertas necesidades se hallen condicionadas a la disponibilidad de recursos monetarios, no hacen más que mostrarnos cuánto de obsceno hay en el reparto de la riqueza y lo indecente que resulta que habiendo recursos materiales para todos y cada uno de nosotros, algunos todavía carezcan de lo imprescindible. Pero no es fácil salirse de esta rueda sin peligro de que todo el carro nos pase por encima, pues formamos parte del engranaje de esta máquina que nos mantiene sometidos, obligados a rendir culto, o más bien vasallaje, a esos dioses paganos hechos de papel o de aleaciones de cobre y zinc. Y es que ya lo decía Barrett Strong en 1959: The best things in life are free (…)But your lovin’ don’t pay my bills.

La sociedad de consumo en la que estamos inmersos nos crea supuestas necesidades que resultarían difíciles de comprender para las personas de una generación anterior a la nuestra. Se nos ha hecho creer que la riqueza es algo a lo que debemos aspirar, como si fuese una virtud en sí misma, cuando no es así. Pero aclaremos, para eliminar posibles suspicacias demagógicas, que tampoco tiene por qué ser algo intrínsecamente corrompido, sino que depende del modo en que se haya reunido y de su empleo y distribución, aunque no se puede negar que alrededor de las fuentes de riqueza suelen surgir multitud de crápulas e interesados que tiñen de desconfianza todas y cada una de sus acciones. No debe de ser fácil, supongo, para alguien acaudalado, distinguir entre las cohortes de aduladores a aquellos que no están interesados más que en su fortuna. Paul McCartney, al frente de The Beatles en “Can’t buy me love”, ofrece a su amada un anillo de diamantes, o cualquier otra cosa que él le pueda conseguir, aunque lo que ansía escuchar de ella es que lo que desea es otro tipo de cosas que el dinero no puede comprar.

Debemos asumir que la mayoría de nosotros no podremos disfrutar de ciertos bienes que únicamente se encuentran al alcance de una minoría, a menudo sin que ese círculo privilegiado le conceda mayor importancia. Y debemos plantearnos si nosotros sí los valoraríamos en caso de poseerlos, o si, por el contrario, buscaríamos nuevos objetivos con los que alimentar nuestra insatisfacción. El dinero, si bien, como dice el tópico, no da la felicidad, sí otorga una parcela de tranquilidad que te permite abstraerte de preocupaciones más mundanas y centrarte, aunque no garantice el éxito en esa empresa, en la consecución de la realización personal. Lo material es atractivo y alimenta nuestras ambiciones, pero no deberíamos convertirlo en reflejo de nuestra dignidad. En 1974, William DeVaughn ya nos revelaba en su canción “Be thankful for what you got” que aunque no podamos conducir un gran Cadillac, o aunque ni siquiera podamos poseer un coche cualquiera, no tenemos por qué sentirnos inferiores, al tiempo que nos insta a ser agradecidos por lo que hemos conseguido. Unas palabras que pueden parecer conformistas, pero que no lo son. Nada puede ser más atrevido, subversivo y satisfactorio que el aprender a ser felices con lo que somos.

To know him is to love him

“Hay coincidencias y casualidades con las que te mueres de risa y hay coincidencias y casualidades con las que te mueres”. Estas palabras, atribuidas a Justo Navarro en El mal de Montano, de Enrique Vila-Matas, me parece que resumen a la perfección todo lo inesperado del azar. En cualquier momento, del modo más insospechado, nuestras vidas pueden virar su rumbo y cambiar totalmente de dirección, sin posibilidad de detenerse, dejándonos únicamente el consuelo de poder volver el cuello para observar cómo se aleja aquello que dejamos atrás y que ya nunca podremos recuperar. Aunque no sólo se trata de lo que perdemos. También nosotros nos transformamos. Cambian repentinamente nuestras prioridades y nos esforzamos, al menos durante un breve intervalo, en hacer las cosas bien para poder prever los giros del destino, aun siendo conscientes de lo absurdo de esa pretensión. Por otra parte, la adaptación al nuevo orden no suele ser fácil, sobre todo mientras el peso del antiguo régimen sigue operando en nuestros recuerdos, donde las comparaciones son inevitables, así como esa odiosa sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Póstumamente idealizamos el pasado de forma romántica y buscamos en él los valores y referentes que intuimos son los correctos para dirigir la nave cuando es nuestro turno de llevar el timón. Pero nuestros esfuerzos no siempre son recompensados con una agradable travesía, pues son las circunstancias, esas coincidencias y casualidades a las que me refiero, las que determinarán si la nave llega a buen puerto, en caso de que haya puerto bueno y que nuestro peregrinar por el tiempo y el espacio no sea simplemente un éxodo sin final.

En 1958, con sólo 18 años, Phil Spector compuso “To Know Him Is To Love Him”, tras haber hallado la inspiración en el epitafio de la tumba de su padre, que se había suicidado nueve años antes, y que rezaba lo siguiente: “to have known him was to have loved him”. La canción llegó a ser número 1 en las listas de éxitos norteamericanas, pese a lo cual el joven Phil Spector no volvería a mostrarse de cara al público, dedicándose desde entonces únicamente a sus labores como productor. Su revolucionaria técnica de grabación, el wall of sound, fue la clave de los sucesivos hits surgidos de su factoría Philles Records, a la cual se hallaban vinculados intérpretes como The Crystals, The Ronettes, The Righteous Brothers, Darlene Love o Ike and Tina Turner. Pero a finales de los años sesenta, todo cambió para el entonces exitoso productor, que ya comenzaba a dar muestras de ciertos desequilibrios emocionales. Las innovaciones técnicas que le habían hecho grande palidecían de pronto ante el advenimiento del sonido estereofónico, al que no supo (o no quiso) adaptarse, lo que derivó en su alejamiento de los estudios de grabación, a los que durante la siguiente década sólo regresaría de forma esporádica para hacerse cargo de unas sesiones, con The Beatles, Leonard Cohen o Ramones, que son más recordadas por las excentricidades y enfrentamientos del personaje con los artistas que por las obras alumbradas en tales encuentros. En 2003, tras una reclusión de dos décadas, un neurótico Phil Spector, convertido casi en una caricatura de sí mismo, fue acusado del asesinato de Lana Clarkson, una actriz de serie B que fue hallada muerta en su mansión con un disparo en la boca, crimen por el que fue condenado en 2009 a diecinueve años de prisión. No sé si queda hoy algo del joven que sentía que su vida valía la pena cuando veía a su padre sonreír, ni qué ha sido de la ambición de llegar a alcanzar la altura del ídolo original, aquel que uno se impone como referencia cuando se convierte en capitán de su propia existencia. Es fácil, desde la distancia, realizar juicios de valor sobre las demás personas, desconociendo las circunstancias, las coincidencias y casualidades que han ejercido su poder en sus decisiones y resignaciones. Que el azar es la mayor de las fuerzas es, a mi entender, incuestionable, así como que sus actuaciones son tan arbitrarias como caprichosas, pero, huyendo de su tiranía, también de vez en cuando ese mismo azar nos permite actuar conforme a nuestra voluntad. Sin ir más lejos, que yo hoy haya elegido ilustrar esta publicación con “To Know Him Is To Love Him” puede ser considerado cualquier cosa, menos una coincidencia o una casualidad.

To know, know, know him is to love, love, love him

Just to see him smile, makes my life worthwhile

To know, know, know him is to love, love, love him

And I do

I’ll be good to him, I’ll bring love to him

Everyone says there’ll come a day when I’ll walk alongside of him

Yes, just to know him is to love, love, love him

And I do

Why can’t he see, how blind can he be

Someday he’ll see that he was meant for me

To know, know, know him is to love, love, love him

Just to see him smile, makes my life worthwhile

To know, know, know him is to love, love, love him

And I do

Why can’t he see, how blind can he be

Someday he’ll see that he was meant for me

To know, know, know him is to love, love, love him

Just to see him smile, makes my life worthwhile

To know, know, know him is to love, love, love him

And I do

To know, know, know him is to love, love, love him

Just to see him smile, makes my life worthwhile

To know, know, know him is to love, love, love him

And I do