Ghost town

Siendo muy jóvenes, y por razones con frecuencia arbitrarias, tomamos decisiones que indefectiblemente conducirán nuestras vidas en dirección a las personas con las que compartiremos nuestro futuro. Sí, ya sé que lo que he dicho es una obviedad, por lo que permítaseme matizar que me refiero a ciertas elecciones en las que de forma voluntaria entre varias opciones disponibles nos decantamos por una en concreto, sin pensar en que a partir de ahí se comenzará a construir nuestro porvenir y que sólo podremos luego especular en torno a qué hubiera sido de nosotros si en lugar de habernos inclinado por esa posibilidad lo hubiéramos hecho por otra. Yo, personalmente, considero un momento clave en mi vida aquel en el que al finalizar la extinta E.G.B. decidí continuar mis estudios en el lugar en el que así lo hice. Tenía entonces varias posibilidades, tres concretamente, y opté por la menos habitual entre los jóvenes de mi localidad, si bien ese curso fuimos varios los que tomamos esa dirección. ¿Mis razones? Pues no las recuerdo con claridad, pero supongo que influyó el hecho de que un amigo de entonces estudiase desde pequeño en ese mismo pueblo, aunque no en el mismo centro. Ese lugar, aunque yo en ese momento no me lo plantease, estaba llamado a convertirse en un punto cardinal de mi vida desde ese preciso instante. En el instituto conocí a muchas de las personas que a día de hoy siguen conformando mi círculo de amistades, y el hecho de que ese mismo pueblo en esa época se convirtiese en un centro neurálgico de vida social, referente de toda la comarca, lo convertía en el lugar de encuentro también fuera de las aulas. Luego, ya se sabe, las típicas historias de una etapa, entre la adolescencia y el despertar a la vida adulta, en las que las emociones se disfrutan y se sufren de un modo muy pasional, siempre entre el drama y la euforia. El número de pubs y discotecas crecía año tras año y la afluencia al pueblo lo hacía en la misma proporción. Recuerdo tardes de domingo hace ya veinte años en los que las aceras eran hervideros de gente y unos cuantos años después locales que echaban el cierre a las siete de la madrugada todavía abarrotados. Recuerdo horas que parecían eternas recostado con algunos amigos a la sombra de los sauces, zambullidas en la cascada, conciertos entre los árboles, aguas termales, chaparrones al abrigo del paraguas, partidas de billar, incursiones fallidas en el lado salvaje, calles inundadas cada invierno, conversaciones teñidas de idealismo y decepción. Y recuerdo, sobre todo, infinidad de rostros, de amigos que ya no lo son y de amigos que lo siguen siendo, de personas que se han ido para no volver y de otras a las que no he vuelto a ver, de locos auténticos y locos de mentira, de amores que fueron y amores que no llegaron a ser. Pequeñas victorias, enormes derrotas. Mentiría si dijese que para mí fueron años felices, porque no lo fueron. Muy al contrario incluso me atrevería a afirmar que fue en esa época cuando una cierta tristeza arraigó en el fondo de mi ser decidida a no abandonarme jamás. Pero esa es otra historia que ahora no viene al caso. Por tanto, aunque mis recuerdos de esos años, mi evocación de ellos, quizá se encuentre contaminada por la sensación de que podrían haber sido, para mí, mejores de lo que fueron, no resta un ápice a la conciencia de que esa década probablemente haya sido, de largo, la mejor que haya vivido ese pueblo.

Porque el pueblo, ese pueblo, el lugar en el que se enmarcan todas esas emociones que han quedado señaladas a fuego en mi memoria, que han perfilado mi sensibilidad hasta convertirme en la persona que soy en el presente, no es, a día de hoy, ni la sombra de lo que fue en un pasado no tan lejano. Bien, supongo que ante tamaña afirmación lo correcto será que justifique de algún modo mi forma de pensar. Comenzaré liberando al pueblo de parte de la responsabilidad, admitiendo que también yo he cambiado, que ya no me afectan situaciones que antaño sí lo hacían, ya que la acumulación de desengaños me ha vuelto quizá más distante y no me involucro emocionalmente como entonces. Habrá quien pueda considerar que este estado de desafectación guarda relación con la tan cacareada madurez. No lo sé, pero está claro que es algo que se acentúa con el tiempo y la ausencia de nuevos retos. En cuanto al pueblo, en sí, es de ley reconocer que está mejor de lo que estaba, no demasiado, pues todavía queda mucho por hacer, pero sí algo mejor. Sus encantos naturales siguen existiendo, las inundaciones no son ya tan habituales y se han urbanizado con relativo criterio zonas que antes eran ocupadas por fincas. Pero hay algo de lo que antes el pueblo rebosaba y de lo que ahora, en mi humilde opinión, carece. Vida. Más allá de la retrospectiva nostálgica, más allá de que apenas comulgue con los gustos y modas de las nuevas generaciones que ahora ocupan y profanan los lugares que son santuarios de mi juventud, está el hecho, comprobado y comprobable, de que ya casi nada queda de los tiempos en los que me movía entre el gentío buscando algo sin saber el qué. ¿Cómo explicarle a quienes ahora comienzan a salir que los cuatro locales a los que pueden ir antes eran muchos más? ¿Se creerían que en los años en los que muchos de ellos nacieron era casi necesario salir de vez en cuando a la calle para refrescarse porque los interiores estaban tan llenos que resultaban agobiantes? ¿Por qué la juventud de los alrededores ha dejado de acudir al pueblo y sale en otros lugares, aunque para ello tenga que irse más lejos? El pueblo está muerto. He escuchado esa frase cientos de veces en la última década. Tantas que al decirlo en la actualidad se recuerda el momento en el que comenzó a decirse como todavía una buena época. The Specials publicaron en 1981 un single grandioso titulado “Ghost town”, y ese pueblo fantasma al que ellos cantan guarda alguna similitud con el pueblo del que yo hablo. Clubes que han sido cerrados como consecuencia de una exigente e incomprensible política municipal, común a la de otros ayuntamientos colindantes, aunque en este pueblo mucho más estricta en su ejecución, con el subsiguiente perjuicio de quienes regentan los locales; menor actividad cultural, sobre todo a partir de este año, ya que la crisis económica se ha llevado por delante el festival que cada verano llenaba la famosa carballeira durante un fin de semana en el que este lugar al que me refiero se convertía en el epicentro musical de toda la comunidad autónoma. Situaciones parecidas, realmente, hoy más que nunca: government leaving the youth on the shelf / this place, is coming like a ghost town / no job to be found in this country”. Evidentemente, no sólo han influido en el proceso de abandono vital del pueblo estos factores, sino que también ha habido otros para los que no se puede hallar ningún responsable. Las modas cambian y con ellas los hábitos. Las personas que durante los noventa acudían al pueblo antes iban a otros lugares, ahora la situación es la contraria. De todos modos, por más que existan ciclos en la concentración de la vida social, nada parece indicar que este lugar en el que a mí me tocó crecer vaya a recobrar jamás ni la mitad de lo que ya ha perdido. El pueblo está muerto. Nos queda la coletilla. Y si la nostalgia nos acecha siempre podremos hablar de algo: “Do you remember the good old days before the ghost town?”

No puedo dejar de admitir mi parte de responsabilidad en el decaimiento del pueblo, pues el granito de arena que supondría mi presencia hace ya casi tres años que ha cambiado de costal. Sólo la costumbre me empujaba a él cada fin de semana, a sus contados pubs casi vacíos, aburridos, donde el exceso de confianza entre clientes y propietarios producía la sensación de estar en una fiesta privada en la que los elementos discordantes nos encontrábamos con frecuencia un tanto fuera de lugar. El pueblo había perdido no sólo afluencia, sino también la personalidad. El ambiente me parecía cada vez más vulgar y chabacano. Ya no me encontraba a casi nadie de la gente de mi época, y de los que había una gran parte parecía haber quedado atrapada en la ilusión de un pasado que ya no volverá, comportándose como quince años atrás. Por tanto, lo lógico para mí era no volver, abandonarlo antes de que el respeto desapareciese como desapareció el encanto. El cariño, sin embargo, y a pesar de los sinsabores, siempre perdurará. Como dicen The Beatles en “In my life”, sé que de vez en cuando me detendré a pensar en el pasado, en las personas que de alguna forma han jugado algún papel en mi vida, y cuando lo haga este pueblo en cuyo instituto decidí matricularme sin suponer que en él encontraría la amistad y el amor nunca faltará en mis recuerdos.

There are places I’ll remember
All my life though some have changed
Some forever not for better
Some have gone and some remain
All these places had their moments
With lovers and friends I still can recall
Some are dead and some are living
In my life I’ve loved them all

But of all these friends and lovers
There is no one compares with you
And these memories lose their meaning
When I think of love as something new
Though I know I’ll never lose affection
For people and things that went before
I know I’ll often stop and think about them
In my life I love you more

Though I know I’ll never lose affection
For people and things that went before
I know I’ll often stop and think about them
In my life I love you more
In my life I love you more

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Pegado a ti

No sabría decir cuándo, dónde, cómo, ni en cuántas ocasiones, pero puedo asegurar que la música me ha salvado la vida. Como un faro que ilumina mi camino, señalando aquellas rocas en las que podría encallar, o como un madero al compás de la corriente al que poderme aferrar cuando el naufragio ha sido inevitable, ella siempre ha estado conmigo.

Recuerdo, de niño, poner la radio al acostarme y escuchar Plásticos y decibelios (nunca un programa de radio ha tenido un nombre igual de bueno) en Los 40 Principales, al tiempo que mis primeras musicasetes sonaban incansables en aquel magnetófono que no tardaría en dejar paso a un radiocasete de doble pletina, cambio que fomentó entre los amigos un creciente mercado de ida y vuelta de cintas que quedaba fielmente registrado en aquellas ya lejanas TDK de 90 minutos, proceso en el que se reservaban las cintas de cromo para los mejores álbumes. Era la segunda mitad de los años 80, y en televisión, en lugar de masacrarnos con publicidad, a menudo emitían unos minutos de vídeos musicales entre programa y programa. Eran, asimismo, los años de Tocata y, luego, de Rockopop. El cambio de década trajo consigo un nuevo formato y, de la mano de la flamante minicadena que llegó a mis manos en las navidades de 1990 (sin duda, el mejor regalo que he recibido), el disco de vinilo entró en mi vida. Por aquel entonces aguardaba el catálogo de Discoplay (y sus subsiguientes pedidos) con ansiedad. Poco después el disco compacto comenzó a adueñarse de mis estanterías con la presunción de verse como el formato definitivo, con un tamaño que lo hacía cómodo y manejable y amparado en la insuperable limpieza del sonido digital, aunque no tardarían en aparecer aquellos que añoraban el sonido de la aguja en el surco del vinilo. Y a partir de ahí, el efecto 2000: el mp3 y su inevitable relación amor/odio con el apasionado amante de la música. Todos los discos del mundo se hallaban de pronto al alcance de un click, mientras que todos los discos que a lo largo de tu vida se habían hecho un hueco en tu corazón se veían repentinamente relegados, condenados al ostracismo al encontrarse a la insalvable distancia de dos pasos de la silla del ordenador. Mi denodado fetichismo me mantiene, aún a día de hoy, sujeto al formato físico. Sigo necesitando transformar esa algarabía de ceros y unos en algo concreto, que pueda ver y tocar, que pueda llevar conmigo como un escudo frente a las adversidades, si bien, a pesar de todo, soy consciente de estar enfrascado en una batalla cuya única justificación es el romanticismo.

No toda la música que he escuchado en el pasado me sigue gustando a día de hoy. Cada etapa de mi vida ha tenido sus propios protagonistas, siendo estos en ocasiones antagonistas entre sí, y a los que yo con frecuencia convertía en extrañas parejas de alcoba, aunque esa no sea una cuestión relevante en realidad, sino la constatación de que siempre, en cualquier circunstancia, la música ha estado presente en mi día a día, aunque a veces la relación entre los distintos géneros pudiera resultar difícil de definir.

Son incontables las horas que he dedicado a cambiar impresiones sobre canciones, discos, músicos y géneros, en una continua permuta de información, algunas veces acertada y otras no. Y no me puedo olvidar, de ningún modo, de las amistades surgidas o fortalecidas al amparo de tales conversaciones. Palabras al servicio de una pasión, no siempre expresadas oralmente: las revistas musicales también han jugado un importante papel en esta educación sentimental; desde El Gran Musical hasta la virtual Pitchfork, pasando por Metal Hammer, la efímera Spiral, Factory y, cómo no, la ineludible Rockdelux, entre otras publicaciones y suplementos.

No deja de ser curioso, por cierto, que nunca haya tenido una guitarra, ni ningún otro instrumento, salvo una vieja trompeta de, para mí, incalculable valor, pese a tener rota la vara de acorde y, consecuentemente, no poder emitir ningún sonido. Aunque ese tema no es el que me ocupa en estos momentos.

Ha sido tal mi devoción, que en ocasiones me he planteado si yo tengo una colección de discos, o si, por el contrario, yo soy prisionero de ella. Y todo ello a expensas de que estos últimos años ha operado un cambio profundo, casi diría que de raíz, en el modo en que me aproximo a la música, pasando de hacerlo como un melómano a hacerlo ahora con un afán más propio de un investigador o (salvando las distancias) un antropólogo, aunque la realidad sea que después de tanto tiempo sigo siendo un aprendiz.

Por tanto, si, como parece, la música y yo vamos a pasar juntos el resto de mi vida, he llegado a la conclusión de que lo mejor será que la ame. Que la siga amando.