Summertime blues

Hay una época de la vida durante la cual las horas pasan tan despacio que en sus jornadas incluso cabe lugar para el aburrimiento. Tardes ociosas, semanas interminables, meses de estival hibernación, veranos que, una vez han quedado atrás, nos revelan cuánto hemos crecido y madurado durante su transcurso. Esta visión temporal a largo plazo generalmente se encuentra en nuestra infancia o primera juventud, cuando la perspectiva nos muestra que nuestro tren apenas ha comenzado a recorrer la sinuosa vía de la existencia. Pero el tiempo, en su absoluta relatividad, valga la paradoja, y en su total carencia de una señalización adaptada a nuestra cronología biológica que nos pudiera indicar el preciso instante en el que los cambios que operan en nosotros llegan a su completa realización y que, por tanto, dan inicio con ello a una nueva etapa en la que el juego se desarrolla acorde a un reglamento diferente y en el que se espera por nuestra parte que respondamos de distinta forma de la que acostumbrábamos a hacer, mientras entre suspiros y bostezos analizamos aburridos el reflejo de nuestra imagen en la ventanilla del vagón, progresa con fingida parsimonia hasta que finalmente nos revela, como un desapasionado revisor, que hemos pasado de largo la parada que supuestamente era nuestro destino. El fenómeno no es tan extraño como usual. Cuando un tren abandona una estación avanza dificultosamente y su ritmo igualmente se ralentiza a la hora de afrontar un repecho o una falsa llanura en la que el horizonte se encuentra al final de una casi imperceptible pendiente, pero, del mismo modo, en cuanto las máquinas alcanzan su máxima potencia y la inclinación del terreno favorece la aceleración, los paisajes cambian entonces de forma vertiginosa en una inagotable sucesión ajena con frecuencia a la percepción de los pasajeros, presa todavía del cadencioso vaivén del inicio de la marcha. Las horas muertas, el aburrimiento de antaño, se transforma repentinamente en tiempo desperdiciado cuando el inflexible presente exige de forma inesperada que sean saldadas las deudas contraídas, y en ese contexto el arrepentimiento toma posiciones. El jarro de agua fría de la revelación ha despejado la vieja somnolencia, convertida ahora en una vigilia constante e involuntaria. Casi la mitad de mi vida se ha desvanecido ya sin que apenas haya comenzado a vivir. Uno de los versos más lúcidos escritos por Jim Morrison, incluido en “The Wasp (Texas Radio and the Big Beat)”, de L.A. Woman, y en “Stoned immaculate”, del póstumo An american prayer, abordaba, en absoluta coherencia con su particular modus vivendi, esta cuestión del aprovechamiento del tiempo. “No eternal reward will forgive us now for wasting the dawn”. El mantra perfecto para intentar conciliar el sueño cada noche. O para impedirlo.

Pero no nos regodeemos en las lamentaciones. El único modo de poder ver el rostro de las dificultades que van por delante de nosotros es sobrepasarlas y luego mirar atrás. No resulta para nada sencillo descifrar en tiempo real las claves de nuestro periplo vital, y aunque la intuición nos llevase a sospechar que tal vez haya algo que estemos haciendo mal no siempre disponemos de la fuerza, sabiduría, argumentos o madurez necesarios para saber hacer frente a dicha realidad. La lírica del joven Dylan Baldi, líder de Cloud Nothings, podría servir como paradigma de tal situación. Su último disco, Attack On Memory, publicado este mismo año, parece a ratos un completo catálogo de angustia juvenil, en el que quedan reflejadas muchas de las problemáticas propias del paso a la edad adulta. La extensa “Wasted days”, por ejemplo, retrata a la perfección la fatalista sensación de que una vez que has torcido tu rumbo ya nunca más podrás retomar el buen camino, ignorante todavía de que en la vida sí existe la posibilidad, no infinita, pero casi, de cambiar de hábitos y pareceres con tanta asiduidad como sea necesaria. Aunque también se entiende que no es exigible tal comprensión a ciertas edades en las que las determinaciones se rigen casi únicamente en términos absolutos. Ese error, en el que muchos hemos caído, y yo tan profundamente como el que más, puede acabar generando un círculo vicioso en el que la mayor pérdida de tiempo se produce a través de la constante revisión del tiempo perdido. “I know / I’m losing all my time / Can’t believe / That it was all mine”.

Si bien lo anterior resulta casi inevitable a según qué edades, una vez que el mal ha sido diagnosticado la reincidencia en el mismo apenas tiene justificación. Malgastar el tiempo, cuando existe ya un amplio historial anterior en el mismo sentido, resulta cada vez más doloroso, al ser también ya más o menos conocidas las consecuencias que de ello pueden derivar. Todo esto surge a colación de que me he dado cuenta de que este verano que acabamos de despedir ha volado sobre mí como un sueño, fugaz e impalpable, sin que haya acontecido durante sus noventa y tres días y quince horas nada que probablemente vaya a anidar en mi memoria de forma permanente, nada que en el futuro me obligue a echar la vista atrás y recordar con agrado el verano del año 2012. Y lo peor de todo no es que crea que no ha sido la primera ocasión en la que eso sucede, sino que me temo que tampoco será la última. Pero bueno, más allá de mis agoreros presentimientos, lo cierto es que, como proclamaban los australianos The Triffids en 1983, ha sido un infierno de verano. Calor. Letargo. Aburrimiento. Pereza. Tristeza. Soledad. No cambian los tiempos, cambiamos las personas. O quizá no. Quizá, al contrario, sí cambiamos, pero no como tendríamos que cambiar. En la misma “Hell of a summer” el desaparecido David McComb también nos aconsejaba sabiamente: “What you have sir, dispose of at your will / What you cannot have sir, you must kill”.

Evidentemente, el concepto de lo que se puede entender como aprovechar el tiempo también difiere de unas personas a otras e incluso para un mismo individuo en función de su edad. ¿Se puede considerar que el trabajo es una forma apropiada de pasar el tiempo? ¿O no es más que una ineludible necesidad? ¿Un verano de esfuerzo puede resultar memorable? Eddie Cochran, desesperado por conseguir verse con su novia, lo tenía claro: “I’m gonna raise a fuss, I’m gonna raise a holler / about a workin’ all summer just to try to earn a dollar”. Claro está que su punto de vista se hallaba condicionado por la efervescencia de la juventud, por lo que no debe ser tomado como un modelo a seguir. De hecho, creo que la respuesta a las anteriores preguntas es bien sencilla y no encierra ninguna dificultad. La justa medida será aquélla, supongo, en la que exista un (no siempre posible) equilibrio entre el placer y el deber. Además, nuestra tendencia natural parece dirigirse siempre e inequívocamente hacia la queja. Quien tiene trabajo desea algo más de tiempo libre, mientras que a quien las horas de forzosa inoperancia se le antojan eternas le gustaría poder sentirse útil en alguna ocupación. Por tanto, llegados a este punto en el que se hace presente nuestra infranqueable insatisfacción, no se puede negar la gran verdad que encierra el gran éxito de este por siempre joven pionero del rock and roll: “Sometimes I wonder what I’m a gonna do / but there ain’t no cure for the summertime blues”.

Click, click, click, click

“Si no hay carrete, no hay recuerdos”, cantaba Aroah, nombre artístico de la granadina Irene Rodríguez Tremblay, en su lejano EP de debut, hace ya 12 años. Mucho han cambiado las cosas desde entonces. Las fotografías, en la era analógica, eran algo especial, un recurso limitado que era necesario saber administrar para no dejar de retratar alguna ocasión merecedora de ser recordada. Carretes de 24 ó 36 fotos, generalmente, que estaban presentes en todos los cumpleaños, fiestas, excursiones y fechas señaladas, pero que no solían acompañarnos en el día a día. Las escenas se escogían y se organizaban de un modo particular, con plena conciencia de que el momento que recogerían formaría parte desde entonces de la biografía de quienes en ella apareciesen, quedando como un ancla sujeta a un recuerdo. La revolución digital, pese a ser un enorme avance tecnológico, ha acabado con parte de ese encanto. La fotografía se ha banalizado y su valor como indicadora de un gran momento ha sido enormemente relativizado. Las cámaras digitales compactas y, sobre todo, los teléfonos móviles de última generación, otorgan la posibilidad de recoger casi cada instante de nuestra vida diaria con una capacidad de almacenamiento prácticamente ilimitada, y esa libertad para fotografiarlo todo de forma indiscriminada ha acarreado algunos efectos negativos.

“Lo que no se apunta se olvida”, se escucha en otra parte de “Recuerdos”, y probablemente sea cierto, aunque no lo es menos afirmar que la capacidad discriminatoria de la memoria es necesaria para distinguir entre las innumerables sensaciones que recibimos las que merecen ser almacenadas en forma de recuerdos. El feísmo y la trivialidad se han hecho un hueco en un terreno en el que antes no eran bien recibidos y los grandes momentos se diluyen entre la insustancialidad de la mayoría de las tomas. Como en casi todo, el abuso produce una disminución de la media de calidad, aunque es probable que el número de obras válidas también haya aumentado considerablemente al margen de lo prescindible. Pero no sólo ha cambiado el modo de realizar fotografías, sino que quizá lo más sorprendente del aspecto sociológico de la era digital sea el uso que hacemos de ellas. Hasta no hace demasiado tiempo las imágenes de nuestra vida pertenecían al ámbito privado y no solían estar al alcance más que de un reducido número de personas, las cuales integraban lo que se podría considerar nuestro círculo íntimo. Las capturas digitales, con la nada inocente complicidad de las redes sociales, han consolidado una creciente tendencia al exhibicionismo, sea éste narcisista, sentimental o simplemente excesivo o inadecuado, que fácilmente puede producir pudor entre quienes asisten a ello exentos de cualquier vinculación emocional con lo compartido.

En el extremo opuesto a la actual incontinencia fotográfica, temporal y culturalmente hablando, se encuentran las fotos antiguas. Personalmente, adoro esas pequeñas imágenes en sepia o blanco y negro, a menudo con los bordes troquelados, realizadas con sumo cuidado, perfectamente encuadradas, entre las que abundan jóvenes que visten uniformes militares, parejas el día de su boda, retratos de familia, bandas de música, escenas colectivas, días de fiesta… antepasados, en muchos casos, a los que mi generación no ha llegado a conocer y que disparan la imaginación de quienes a partir de esos testimonios gráficos pretenden desentrañar las vicisitudes de sus vidas. Natalie Merchant acompañó con su voz a Michael Stipe en una canción de R.E.M. titulada “Photograph”, en la que a partir del hallazgo casual de una vieja fotografía de una mujer, a la cual sitúan en el periodo de entre guerras basándose en sus ropas y su peinado, ambos se preguntan por las circunstancias de su existencia: “Was her childhood filled with rhymes, / Stolen hooks, impassioned crimes? / Was she innocent or blind / To the cruelty of her time? / Was she fearful in her day, / Was she hopeful, did she pray? / Were there skeletons inside, / Family secrets, sworn to hide? / Did she feel the beat that stirs, / The fall from grace of wayward girls? / Was she tempted to pretend, / The love and laughter, ‘til the end?

El paso del tiempo transforma el rol desempeñado por las fotografías que vamos acumulando. Cuando una persona deja de estar en nuestra vida, sea porque hemos tomado en ella diferentes caminos, sea porque sus días han llegado a su fin, sus retratos parecen convertirse automáticamente en una extensión de su ser. Los instantes capturados por la cámara parecen detenerse en el tiempo y su contemplación posee la capacidad de emocionarnos mediante la revitalización de los sentimientos que un día tuvimos. Este poder evocador Robert Smith lo reflejó en un corte de Disintegration, el disco más inspirado de The Cure, donde canta al inicio de “Pictures of you”: “I’ve been looking so long at these pictures of you / That I almost believe that they’re real / I’ve been living so long with my pictures of you / That I almost believe that the pictures are / All I can feel”. Con respecto a esto, yo únicamente puedo reconocer, no sin pena ni remordimientos, que hay fotos que han recibido más besos míos que las personas que en ellas aparecen retratadas, perpetuadas en un único gesto, en una única mirada, que para nosotros ya nunca podrá pertenecer a nadie más. Imágenes que adquieren un valor icónico, como estampas de una religión, a las que uno acude a confesarse o a suplicar una ayuda extraterrena, a las que nos dirigimos con la honestidad que nos hubiera gustado haber empleado en los tiempos en los que la escena fue para siempre atrapada en un rollo de película o una tarjeta de memoria, pero que sólo ahora somos capaces de mostrar, sabedores, en el fondo, de que una fotografía jamás nos censurará.

En otro orden de cosas, quisiera saber también cuántas fotos en las que aparezco existen sin que yo sepa de ellas. Y dónde se encuentran. Me refiero a esos instantes en los que la casualidad ha querido que se accionase el disparador en el preciso momento en el que yo me encontraba al lado, detrás o simplemente no lo suficientemente alejado del objeto de la fotografía como para no salir retratado. Solo en Japón, por ejemplo, creo que debe haber imágenes mías como para llenar un álbum. Aunque por supuesto que, aunque ésa no sea mi habitual forma de proceder, también hay quienes disfrutan, con mayor o menor gracia, colándose a propósito en las fotos de los demás. Bishop Allen publicaron en 2007 una divertidísima canción en la que su protagonista nos cuenta cómo refugiándose de la lluvia acabó entre los invitados de una boda, posando incluso en medio de los familiares y se imaginaba unos  años más tarde en los retratos enmarcados de unas personas que ni siquiera sabrían quién era él. Esto último viene a demostrar, en conclusión, que aunque las fotografías supongan un gran apoyo para los recuerdos, tampoco podemos confiar en ellas al cien por cien. Sin ir más lejos, y en esto probablemente la mayoría estemos de acuerdo, todos nosotros hemos sido, somos y seremos mucho más guapos de lo que ninguna cámara podrá registrar jamás. Y por eso no hay foto que nos haga justicia.

The greatest

La fecha de hoy, cuando era pequeño, era para mí una de las más especiales del año. La esperaba como sólo los niños saben esperar. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces y con él mi ilusión se ha ido desvaneciendo sin que con frecuencia yo me haya dado cuenta de que lo hacía. Porque quien ahora está escribiendo, el que medio encogido por un frío que no considera normal a día 1 de mayo permanece ante la pantalla del ordenador vistiendo un chándal mientras espera a que llegue la familia para que pueda dar comienzo el almuerzo, hubo un tiempo en que corría imparable en la carrera de la vida, antes de que ésta comenzara a disponer obstáculos a lo largo de su trayecto. Esas primeras dificultades, que fueron fácilmente sorteadas o superadas, nunca han dejado de aparecer, hasta que un día descubrí que no era necesario evitarlas todas para seguir avanzando. Regocijado, decidí no apartarme de mi camino y comencé a llevarme las vallas por delante, a empujarlas en lugar de saltarlas o rodearlas. Entonces supongo que pensaba que mi actitud era valiente y desafiante. Años después, cuando las vallas acumuladas ante mí ya eran tantas que mis fuerzas no eran suficientes para desplazar tanto peso, me di cuenta de la estupidez que había cometido. Y aunque en alguna ocasión haya intentado remontar la cumbre en la que se han convertido todas mis colinas, sé que ya nunca podré recuperar mi posición de privilegio, aquélla desde la que acometer el asalto a mis sueños infantiles. Sé que ya nunca podré ser el más grande. Como en esos tres minutos y medio para la eternidad de la canción de Cat Power, también para mí las estrellas de la noche se han convertido en polvo.

¿Pero qué se esconde tras la idea del éxito? La cuestión resulta más compleja de lo que a primera vista pudiera parecer. ¿El ego nace del triunfo o se alimenta de él? Es posible que la posesión de un alto concepto de la propia persona active un inconformismo que lleve a su poseedor a la lucha por lograr siempre lo máximo y que la consecución de ese mismo objetivo funcione igualmente como estímulo para abordar nuevos retos. Es decir, un círculo de ego y éxito impulsado por la ambición, en el cual el fin y el medio no dejan de intercambiar sus papeles. Aunque también existe un tipo de persona que mediante la asimilación del éxito particular a la notoriedad pública anhela el triunfo como justificación de la propia valía. La idea del éxito es extremadamente atractiva para las personas inseguras, que siempre parecen estar pendientes del reconocimiento de sus méritos por parte de los demás. Individuos que para poder sentirse totalmente realizados necesitan ser un indiscutido centro de atención y percibir la admiración de la multitud hacia su ser. Es éste un caso realmente miserable, el de quien reluce de cara al exterior pero que se descubre ante el espejo como un Dorian Gray corrupto y envejecido. Existe además otra motivación, mucho más mundana y superficial, que tanto puede actuar como principio en sí misma o como subsidiaria de cualquiera de las dos anteriores, y no es otra que la de aquel que persigue el éxito como un medio de vida, pensando en los lujos y beneficios que comúnmente se asocian a ese concepto de celebridad que identificamos como fama. Pero ninguna de estas vías es sencilla. Hal David pregunta sobre una partitura de Burt Bacharach cuál es el camino de vuelta a San Jose, y Dionne Warwick lo ha cantado como nadie. Tras descubrir que Hollywood no es la tierra prometida y que las dos semanas que se tardaría en convertirse en una estrella se transforman en años y que todos aquellos que no lo han logrado se ganan el pan aparcando coches o repartiendo gas, San Jose se presenta como el lugar adecuado para llevar una vida tranquila, en compañía de los viejos amigos.

Porque, realmente, ¿qué es el éxito? ¿En qué se basa? ¿En la felicidad? ¿En la paz, calma y sosiego? ¿En la riqueza? ¿En despertar admiración? ¿En ser envidiado? No hallo para esta cuestión ninguna respuesta convincente, a pesar incluso de haber expresado ya que también yo en el pasado soñaba con ser el más grande, el mejor… aun sin tener claro en qué. El fracaso, sin embargo, resulta mucho más reconocible. La falta de ilusiones, la inactividad, el hastío, la rutina, la soledad, el insomnio, el desperdicio del tiempo, todo ello es indicativo del fracaso. ¿Qué le queda, pues, a quien se ve anclado en este bucle de tiempo muerto? El remordimiento, el recuerdo de la primera valla que se decidió no saltar. Y la imaginación, la hermana pobre de la ilusión, ésa en la que se sueña sin dejar de ser consciente de que lo soñado nunca será realidad. Y poco más. Ese chico que no deja de equivocarse que Belle And Sebastian nos dio a conocer en 1996 también se pregunta qué podría hacer para corregir todos sus errores, al tiempo que de forma conmovedora asegura que él sólo quería cantar la más triste de las canciones y que si tú la cantases con él se sentiría algo más feliz.

No es fácil dar con la actitud adecuada para plantarse ante los obstáculos acumulados durante tanto tiempo y sería toda una proeza llevar a buen término ese enfrentamiento, por lo que, aunque resulte duro decirlo, es probable que lo más acertado sea intentar encontrar refugio en algún punto a medio camino entre la resignación y el conformismo, donde la humildad no se sienta humillada por los sueños desvanecidos. Alejarse de los focos para establecerse en un lugar en el que no falten las velas. Distanciarse de la gran victoria final y gozar de los minúsculos triunfos cotidianos, como el ver amanecer. Olvidarse del oro y centrarse en la carne. Y si a pesar de todo en algún momento la existencia se pone muy cuesta arriba, siempre se podrá actuar conforme a las enseñanzas del irrepetible Sergio Algora al frente de El niño gusano, quien poseía la clave para recuperar el sueño y dejar, de una vez para siempre, de comer en el plato del perro: “Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero”.